Catecismo Reformado · 1647

Catecismo Mayor
de Westminster

196 preguntas y respuestas para la edificación en la fe cristiana, con textos de prueba de las Sagradas Escrituras.

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P. 1. ¿Cuál es el fin principal y supremo del hombre?

R. El fin principal y supremo del hombre es glorificar a Dios y gozar plenamente de Él para siempre.

Rom. 11:36; 1 Cor. 10:31; Sal. 73:24-28; Juan 17:21-23.

P. 2. ¿Cómo se demuestra que hay un Dios?

R. La misma luz de la naturaleza en el hombre y las obras de Dios declaran claramente que hay un Dios; pero solo su Palabra y Espíritu lo revelan suficiente y eficazmente a los hombres para su salvación.

Rom. 1:19-20; Sal. 19:1-3; Hech. 17:28; 1 Cor. 2:9-10; 2 Tim. 3:15-17; Isa. 59:21.

P. 3. ¿Qué es la Palabra de Dios?

R. Las Sagradas Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento son la Palabra de Dios, la única regla de fe y obediencia.

2 Tim. 3:16; 2 Ped. 1:19-21; Ef. 2:20; Apoc. 22:18-19; Isa. 8:20; Luc. 16:29, 31; Gál. 1:8-9; 2 Tim. 3:15-16.

P. 4. ¿Cómo se demuestra que las Escrituras son la Palabra de Dios?

R. Las Escrituras se manifiestan a sí mismas como la Palabra de Dios por su majestad y pureza; por la armonía de todas sus partes y el propósito de todo el conjunto, que es dar toda la gloria a Dios; por su luz y poder para convencer y convertir a los pecadores, y para consolar y edificar a los creyentes para salvación. Pero el Espíritu de Dios, dando testimonio por medio de las Escrituras y juntamente con ellas en el corazón del hombre, es el único que puede persuadir plenamente de que ellas son verdaderamente la Palabra de Dios.

Os. 8:12; 1 Cor. 2:6-7, 13; Sal. 119:18, 129; Sal. 12:6; Sal. 119:140; Hech. 10:43; Hech. 26:22; Rom. 3:19, 27; Hech. 18:28; Heb. 4:12; Stg. 1:18; Sal. 19:7-9; Rom. 15:4; Hech. 20:32; Juan 16:13-14; 1 Juan 2:20, 27; Juan 20:31.

P. 5. ¿Qué enseñan principalmente las Escrituras?

R. R. Las Escrituras enseñan principalmente lo que el hombre debe creer acerca de Dios y el deber que Dios requiere del hombre.

2 Tim. 1:13.

P. 6. ¿Qué dan a conocer las Escrituras acerca de Dios?

R. Las Escrituras dan a conocer lo que Dios es, las personas en la Deidad, sus decretos y la ejecución de sus decretos.

Heb. 11:6; 1 Juan 5:7; Hech. 15:14-15, 18; Hech. 4:27-28.

P. 7. ¿Qué es Dios?

R. Dios es Espíritu, infinito en su ser, gloria, bienaventuranza y perfección; todo suficiente, eterno, inmutable, incomprensible, presente en todo lugar, todopoderoso, que conoce todas las cosas, sapientísimo, santísimo, justísimo, misericordioso y clemente, paciente y abundante en bondad y verdad.

Juan 4:24; Ex. 3:14; Job 11:7-9; Hech. 7:2; 1 Tim. 6:15; Mat. 5:48; Gén. 17:1; Sal. 90:2; Mal. 3:6; Stg. 1:17; 1 Rey. 8:27; Sal. 139:1-13; Apoc. 4:8; Heb. 4:13; Sal. 147:5; Rom. 16:27; Isa. 6:3; Apoc. 15:4; Deut. 32:4; Ex. 34:6.

P. 8. ¿Hay más de un Dios?

R. Hay un solo Dios, el Dios vivo y verdadero.

Deut. 6:4; 1 Cor. 8:4, 6; Jer. 10:10.

P. 9. ¿Cuántas personas hay en la Deidad?

R. Hay tres personas en la Deidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; y estas tres son un solo Dios verdadero y eterno, de la misma sustancia, iguales en poder y gloria, aunque distinguidas por sus propiedades personales.

1 Juan 5:7; Mat. 3:16-17; Mat. 28:19; 2 Cor. 13:14; Juan 10:30.

P. 10. 10. ¿Cuáles son las propiedades personales de las tres personas en la Deidad?

R. Es propio del Padre engendrar al Hijo, del Hijo ser engendrado por el Padre, y del Espíritu Santo proceder del Padre y del Hijo desde toda la eternidad.

Heb. 1:5-6, 8; Juan 1:14, 18; Juan 15:26; Gál. 4:6.

P. 11. ¿Cómo se demuestra que el Hijo y el Espíritu Santo son Dios, iguales con el Padre?

R. Las Escrituras manifiestan que el Hijo y el Espíritu Santo son Dios iguales al Padre, atribuyéndoles tales nombres, atributos, obras y adoración que son propios solamente de Dios.

Isa. 6:3, 5, 8; Juan 12:41; Hech. 28:25; 1 Juan 5:20; Hech. 5:3-4; Juan 1:1; Isa. 9:6; Juan 2:24-25; 1 Cor. 2:10-11; Col. 1:16; Gén. 1:2; Mat. 28:19; 2 Cor. 13:14.

P. 12. ¿Cuáles son los decretos de Dios?

R. Los decretos de Dios son los actos sabios, libres y santos del consejo de su voluntad, por los cuales, desde toda la eternidad, para su propia gloria, ha ordenado inmutablemente todo lo que acontece en el tiempo, especialmente en lo que concierne a los ángeles y a los hombres.

Ef. 1:11; Rom. 11:33; Rom. 9:14-15, 18; Ef. 1:4, 11; Rom. 9:22-23; Sal. 33:11.

P. 13. ¿Qué ha decretado Dios especialmente respecto de los ángeles y de los hombres?

R. Dios, por un decreto eterno e inmutable, de su puro amor, para alabanza de la gloria de su gracia, que sería manifestada en su debido tiempo, ha elegido a algunos ángeles para gloria; y en Cristo ha escogido a algunos hombres para vida eterna y los medios para alcanzarla. Asimismo, conforme a su poder soberano y al inescrutable consejo de su propia voluntad (por el cual concede o niega favor según le place), ha pasado por alto a los demás y los ha preordenado para deshonra y para ira, que les será infligida por su pecado, para alabanza de la gloria de su justicia.

1 Tim. 5:21; Ef. 1:4-6; 2 Tes. 2:13-14; Rom. 9:17-18, 21-22; Mat. 11:25-26; 2 Tim. 2:20; Jud. 1:4; 1 Ped. 2:8.

P. 14. ¿Cómo ejecuta Dios sus decretos?

R. Dios ejecuta sus decretos en las obras de la creación y de la providencia, conforme a su infalible presciencia y al libre e inmutable consejo de su propia voluntad.

Ef. 1:11; Rom. 11:33; Rom. 9:14-15, 18; Ef. 1:4, 11; Rom. 9:22-23; Sal. 33:11.

P. 15. ¿Qué es la obra de la creación?

R. La obra de la creación es aquella por la cual Dios, en el principio, por la palabra de su poder, hizo de la nada el mundo y todas las cosas que en él hay, para sí mismo, en el espacio de seis días, y todo muy bueno.

Gén. 1; Heb. 11:3; Prov. 16:4.

P. 16. ¿Cómo creó Dios a los ángeles?

R. Dios creó a todos los ángeles como espíritus, inmortales, santos, excelentes en conocimiento, poderosos en fuerza, para ejecutar sus mandamientos y alabar su nombre, aunque sujetos a cambio.

Col. 1:16; Sal. 104:4; Mat. 22:30; Mat. 25:31; 2 Sam. 14:17; Mat. 24:36; 2 Tes. 1:7; Sal. 103:20-21; 2 Ped. 2:4.

P. 17. ¿Cómo creó Dios al hombre?

R. Después que Dios hizo a todas las demás criaturas, creó al hombre, varón y hembra; formó el cuerpo del hombre del polvo de la tierra, y a la mujer de la costilla del hombre; los dotó de almas vivientes, racionales e inmortales; los hizo a su imagen, en conocimiento, justicia y santidad, teniendo la ley de Dios escrita en sus corazones y poder para cumplirla, con dominio sobre las criaturas; sin embargo, sujetos a caer.

Gén. 1:27; Gén. 2:7; Gén. 2:22; Job 35:11; Ecl. 12:7; Mat. 10:28; Luc. 23:43; Col. 3:10; Ef. 4:24; Rom. 2:14-15; Ecl. 7:29; Gén. 1:28; Gén. 3:6.

P. 18. ¿Cuáles son las obras de la providencia de Dios?

R. Las obras de la providencia de Dios son su preservación y gobierno santísimos, sabios y poderosos de todas sus criaturas, ordenándolas a ellas y a todas sus acciones para su propia gloria.

Sal. 145:17; Sal. 104:24; Isa. 28:29; Heb. 1:3; Sal. 103:19; Mat. 10:29-31; Gén. 45:7; Rom. 11:36; Isa. 63:14.

P. 19. ¿Cuál es la providencia de Dios hacia los ángeles?

R. Dios, por su providencia, permitió que algunos de los ángeles, voluntaria e irremediablemente, cayeran en pecado y condenación, limitando y ordenando ese hecho y todos sus pecados para su propia gloria; y estableció a los demás en santidad y bienaventuranza, empleándolos a todos, según su voluntad, en las administraciones de su poder, misericordia y justicia.

Jud. 1:6; 2 Ped. 2:4; Heb. 2:16; Juan 8:44; Job 1:12; Mat. 8:31; 1 Tim. 5:21; Mar. 8:38; Heb. 12:22; Sal. 104:4; 2 Rey. 19:35; Heb. 1:14.

P. 20. ¿Cuál fue la providencia de Dios hacia el hombre en el estado en que fue creado?

R. La providencia de Dios hacia el hombre en el estado en que fue creado consistió en ponerlo en el paraíso, asignarle el cuidado del mismo, darle libertad para comer del fruto de la tierra, poner las criaturas bajo su dominio, ordenar el matrimonio para su ayuda, concederle comunión consigo mismo, instituir el día de reposo, entrar en un pacto de vida con él bajo condición de obediencia personal, perfecta y perpetua, de la cual el árbol de la vida era una prenda; y prohibirle comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, bajo pena de muerte.

Gén. 2:8, 15-16; Gén. 1:28; Gén. 2:18; Gén. 1:26-29; Gén. 3:8; Gén. 2:3; Gál. 3:12; Rom. 10:5; Gén. 2:9, 17.

P. 21. ¿Permaneció el hombre en el estado en que Dios lo creó al principio?

R. Nuestros primeros padres, siendo dejados a la libertad de su propia voluntad, por la tentación de Satanás, transgredieron el mandamiento de Dios al comer del fruto prohibido, y así cayeron del estado de inocencia en que fueron creados.

Gén. 3:6-8, 13; Ecl. 7:29; 2 Cor. 11:3.

P. 22. ¿Cayó toda la humanidad en aquella primera transgresión?

R. El pacto habiendo sido hecho con Adán, como persona pública, no solo para sí mismo, sino para su posteridad; toda la humanidad que desciende de él por generación ordinaria, pecó en él y cayó con él en aquella primera transgresión.

Hech. 17:26; Gén. 2:16-17; Rom. 5:12-20; 1 Cor. 15:21-22.

P. 23. ¿A qué estado condujo la caída a la humanidad?

R. La caída llevó a la humanidad a un estado de pecado y miseria.

Rom. 5:12; Rom. 3:23.

P. 24. ¿Qué es el pecado?

R. El pecado es cualquier falta de conformidad con la ley de Dios, o transgresión de ella, dada como regla al ser racional.

1 Juan 3:4; Gál. 3:10, 12.

P. 25. ¿En qué consiste la pecaminosidad del estado en que el hombre cayó?

R. La pecaminosidad del estado en que el hombre cayó consiste en la culpa del primer pecado de Adán, la falta de aquella justicia en que fue creado, y la corrupción de su naturaleza, por la cual está completamente indispuesto, incapacitado y opuesto a todo bien espiritual, e inclinado enteramente a todo mal, y eso continuamente; lo cual se llama comúnmente pecado original, del cual proceden todas las transgresiones actuales.

Rom. 5:12, 19; Rom. 3:10-19; Ef. 2:1-3; Rom. 5:6; Rom. 8:7-8; Gén. 6:5; Stg. 1:14-15; Mat. 15:19.

P. 26. ¿Cómo se transmite el pecado original de nuestros primeros padres a su posteridad?

R. El pecado original se transmite de nuestros primeros padres a su posteridad por generación natural, de modo que todos los que proceden de ellos de esa manera son concebidos y nacidos en pecado.

Sal. 51:5; Job 14:4; Job 15:14; Juan 3:6.

P. 27. ¿Qué miseria trajo la caída sobre la humanidad?

R. La caída trajo sobre la humanidad la pérdida de la comunión con Dios, su desagrado y maldición; de modo que por naturaleza somos hijos de ira, esclavos del poder de Satanás, y justamente expuestos a todos los castigos en este mundo y en el venidero.

Gén. 3:8, 10, 24; Ef. 2:2-3; 2 Tim. 2:26; Gén. 2:17; Lam. 3:39; Rom. 6:23; Mat. 25:41, 46; Jud. 1:7.

P. 28. ¿Cuáles son los castigos del pecado en este mundo?

R. Los castigos del pecado en este mundo son, o bien internos, como ceguera de mente, sentido reprobado, fuertes engaños, dureza de corazón, horror de conciencia y afectos viles; o bien externos, como la maldición de Dios sobre las criaturas por causa nuestra, y todos los demás males que nos sobrevienen en nuestros cuerpos, nombres, estados, relaciones y ocupaciones, juntamente con la muerte misma.

Ef. 4:18; Rom. 1:28; 2 Tes. 2:11; Rom. 2:5; Isa. 33:14; Gén. 4:13; Mat. 27:4; Rom. 1:26; Gén. 3:17; Deut. 28:15-68; Rom. 6:21, 23.

P. 29. ¿Cuáles son los castigos del pecado en el mundo venidero?

R. Los castigos del pecado en el mundo venidero son la separación eterna de la presencia consoladora de Dios, y los más graves tormentos en alma y cuerpo, sin interrupción, en el fuego del infierno para siempre.

2 Tes. 1:9; Mar. 9:43-44, 46, 48; Luc. 16:24.

P. 30. ¿Deja Dios a toda la humanidad perecer en el estado de pecado y miseria?

R. Dios no deja a todos los hombres perecer en el estado de pecado y miseria en que cayeron por la violación del primer pacto, comúnmente llamado Pacto de Obras; sino que, por su puro amor y misericordia, libra a sus elegidos de ese estado y los introduce en un estado de salvación por el segundo pacto, comúnmente llamado Pacto de Gracia.

Ef. 2:4-5; 1 Tim. 1:15; 2 Pedro 3:9; Rom. 3:24; Gén. 15:6; Sal. 103:8-13.

P. 31. ¿Con quién fue hecho el pacto de gracia?

R. El pacto de gracia fue hecho con Cristo como el segundo Adán, y en Él con todos los elegidos como su simiente.

Gál. 3:16; Rom. 5:15-21; Isa. 53:10-11.

P. 32. ¿Cómo se manifiesta la gracia de Dios en el segundo pacto?

R. La gracia de Dios se manifiesta en el segundo pacto en que Él provee y ofrece gratuitamente a los pecadores un Mediador, y vida y salvación por medio de Él; y, requiriendo la fe como condición para tener parte en Él, promete y da su Espíritu Santo a todos sus elegidos, para obrar en ellos esa fe, juntamente con todas las demás gracias salvadoras; y para capacitarlos para toda obediencia santa, como evidencia de la verdad de su fe y gratitud a Dios, y como el camino que Él ha ordenado para su salvación.

Gén. 3:15; Isa. 42:6; Juan 6:27; 1 Juan 5:11-12; Juan 3:16; Juan 1:12; Prov. 1:23; 2 Cor. 4:13; Gál. 5:22-23; Ezeq. 36:27; Stg. 2:18, 22; 2 Cor. 5:14-15; Ef. 2:10.

P. 33. ¿Fue siempre administrado el pacto de gracia de una misma manera?

R. El pacto de gracia no siempre fue administrado de la misma manera, sino que sus administraciones bajo el Antiguo Testamento fueron diferentes de las del Nuevo.

2 Cor. 3:6-9.

P. 34. ¿Cómo fue administrado el pacto de gracia bajo el Antiguo Testamento?

R. El pacto de gracia fue administrado bajo el Antiguo Testamento por medio de promesas, profecías, sacrificios, la circuncisión, la pascua y otros tipos y ordenanzas, los cuales prefiguraban a Cristo que había de venir, y eran suficientes en aquel tiempo para edificar a los elegidos en la fe en el Mesías prometido, por quien entonces tenían plena remisión de pecados y salvación eterna.

Rom. 15:8; Hech. 3:20, 24; Heb. 10:1; Rom. 4:11; 1 Cor. 5:7; Heb. 8–10; 11:13; Gál. 3:7-9, 14.

P. 35. ¿Cómo se administra el pacto de gracia bajo el Nuevo Testamento?

R. Bajo el Nuevo Testamento, cuando Cristo, la sustancia, fue manifestado, el mismo pacto de gracia es administrado en la predicación de la Palabra y en la administración de los sacramentos del bautismo y de la Cena del Señor; en los cuales la gracia y la salvación se presentan con mayor plenitud, claridad y eficacia a todas las naciones.

Mar. 16:15; Mat. 28:19-20; 1 Cor. 11:23-25; 2 Cor. 3:6-18; Heb. 8:6, 10, 11; Mat. 28:19.

P. 36. ¿Quién es el Mediador del pacto de gracia?

R. El único Mediador del pacto de gracia es el Señor Jesucristo, quien, siendo el eterno Hijo de Dios, de una misma sustancia e igual al Padre, en el cumplimiento del tiempo se hizo hombre, y así fue y continúa siendo Dios y hombre, en dos naturalezas completas y distintas, y una sola persona, para siempre.

1 Tim. 2:5; Juan 1:1, 14; Juan 10:30; Fil. 2:6; Gál. 4:4; Luc. 1:35; Rom. 9:5; Col. 2:9; Heb. 7:24-25.

P. 37. ¿Cómo Cristo, siendo el Hijo de Dios, se hizo hombre?

R. Cristo, el Hijo de Dios, se hizo hombre tomando para sí un verdadero cuerpo y un alma racional, siendo concebido por el poder del Espíritu Santo en el vientre de la Virgen María, de su sustancia, y nacido de ella, pero sin pecado.

Juan 1:14; Mat. 26:38; Luc. 1:27, 31, 35, 42; Gál. 4:4; Heb. 4:15; Heb. 7:26.

P. 38. ¿Por qué era necesario que el Mediador fuera Dios?

R. Era necesario que el Mediador fuera Dios, para que pudiera sostener y preservar la naturaleza humana de sucumbir bajo la ira infinita de Dios y el poder de la muerte; dar valor y eficacia a sus sufrimientos, obediencia e intercesión; satisfacer la justicia de Dios, obtener su favor, adquirir un pueblo propio, darles su Espíritu, vencer a todos sus enemigos y llevarlos a la salvación eterna.

Hech. 2:24-25; Rom. 1:4; Rom. 4:25; Heb. 9:14; Hech. 20:28; Heb. 7:25-28; Rom. 3:24-26; Ef. 1:6; Mat. 3:17; Tito 2:13-14; Gál. 4:6; Luc. 1:68-69, 71, 74; Heb. 5:8-9; Heb. 9:11-15.

P. 39. ¿Por qué era necesario que el Mediador fuera hombre?

R. Era necesario que el Mediador fuera hombre, para que pudiera exaltar nuestra naturaleza, obedecer la ley, sufrir e interceder por nosotros en nuestra naturaleza, tener compasión de nuestras debilidades; y para que recibiéramos la adopción de hijos y tuviéramos consuelo y acceso confiado al trono de la gracia.

Heb. 2:16; Gál. 4:4; Heb. 2:14; Heb. 7:24-25; Heb. 4:15; Gál. 4:5; Heb. 4:16.

P. 40. ¿Por qué era necesario que el Mediador fuera Dios y hombre en una sola persona?

R. Era necesario que el Mediador, que había de reconciliar a Dios y al hombre, fuera él mismo Dios y hombre, y esto en una sola persona, para que las obras propias de cada naturaleza fueran aceptadas por Dios por nosotros y en las cuales nosotros pudiéramos confiar como obras de toda la persona.

Mat. 1:21, 23; Mat. 3:17; Heb. 9:14; 1 Ped. 2:6.

P. 41. ¿Por qué nuestro Mediador fue llamado Jesús?

R. Nuestro Mediador fue llamado Jesús, porque Él salva a su pueblo de sus pecados.

Mat. 1:21.

P. 42. ¿Por qué nuestro Mediador fue llamado Cristo?

R. Nuestro Mediador fue llamado Cristo, porque fue ungido con el Espíritu Santo sin medida; y así fue apartado y plenamente capacitado con toda autoridad y poder para ejecutar los oficios de profeta, sacerdote y rey de su Iglesia, tanto en su estado de humillación como de exaltación.

Juan 3:34; Sal. 45:7; Juan 6:27; Mat. 28:18-20; Hech. 3:21-22; Luc. 4:18, 21; Heb. 5:5-7; Heb. 4:14-15; Sal. 2:6; Mat. 21:5; Isa. 9:6-7; Fil. 2:8-11.

P. 43. ¿Cómo ejerce Cristo el oficio de profeta?

R. Cristo ejerce el oficio de profeta revelando a la Iglesia, en todos los tiempos, por su Espíritu y su Palabra, en diversas formas de administración, toda la voluntad de Dios en todas las cosas concernientes a su edificación y salvación.

Juan 1:18; 1 Ped. 1:10-12; Heb. 1:1-2; Juan 15:15; Hech. 20:32; Ef. 4:11-13; Juan 20:31.

P. 44. ¿Cómo ejerce Cristo el oficio de sacerdote?

R. Cristo ejerce el oficio de sacerdote al ofrecerse a sí mismo una vez como sacrificio sin mancha a Dios, para ser reconciliación por los pecados de su pueblo; y al hacer continua intercesión por ellos.

Heb. 9:14, 28; Heb. 2:17; Heb. 7:25.

P. 45. ¿Cómo ejerce Cristo el oficio de rey?

R. Cristo ejerce el oficio de rey al llamar del mundo a un pueblo para sí, y al darles oficiales, leyes y disciplina por medio de los cuales los gobierna visiblemente; al otorgar gracia salvadora a sus elegidos, recompensar su obediencia y corregirlos por sus pecados, preservarlos y sostenerlos en todas sus tentaciones y sufrimientos, refrenar y vencer a todos sus enemigos, y ordenar poderosamente todas las cosas para su propia gloria y el bien de ellos; y también al tomar venganza de los demás que no conocen a Dios ni obedecen el evangelio.

Hech. 15:14-16; Isa. 55:4-5; Gén. 49:10; Sal. 110:3; Ef. 4:11-12; 1 Cor. 12:28; Isa. 33:22; Mat. 18:17-18; 1 Cor. 5:4-5; Hech. 5:31; Apoc. 22:12; Apoc. 2:10; Apoc. 3:19; Isa. 63:9; 1 Cor. 15:25; Sal. 110:1-7; Rom. 14:10-11; Rom. 8:28; 2 Tes. 1:8-9; Sal. 2:8-9.

P. 46. ¿Cuál fue el estado de humillación de Cristo?

R. El estado de humillación de Cristo fue aquella condición baja en la cual, por nosotros, despojándose de su gloria, tomó forma de siervo en su concepción y nacimiento, vida, muerte y después de su muerte, hasta su resurrección.

Fil. 2:6-8; Luc. 1:31; 2 Cor. 8:9; Hech. 2:24.

P. 47. ¿Cómo se humilló Cristo en su concepción y nacimiento?

R. Cristo se humilló en su concepción y nacimiento en que, siendo desde toda la eternidad el Hijo de Dios, en el seno del Padre, quiso en el cumplimiento del tiempo hacerse hijo del hombre, nacido de mujer de humilde condición, y nacer de ella, con diversas circunstancias de humillación extraordinaria.

Juan 1:14, 18; Gál. 4:4; Luc. 2:7.

P. 48. ¿Cómo se humilló Cristo en su vida?

R. Cristo se humilló en su vida al someterse a la ley, la cual cumplió perfectamente; y al sufrir las indignidades del mundo, las tentaciones de Satanás y las debilidades de su carne, ya fueran comunes a la naturaleza humana o propias de su condición humilde.

Gál. 4:4; Mat. 5:17; Rom. 5:19; Sal. 22:6; Heb. 12:2-3; Mat. 4:1-12; Luc. 4:13; Heb. 2:17-18; Heb. 4:15; Isa. 52:13-14.

P. 49. ¿Cómo se humilló Cristo en su muerte?

R. Cristo se humilló en su muerte en que, habiendo sido traicionado por Judas, abandonado por sus discípulos, despreciado y rechazado por el mundo, condenado por Pilato y atormentado por sus perseguidores; habiendo también enfrentado los terrores de la muerte y los poderes de las tinieblas, sintió y llevó el peso de la ira de Dios, y entregó su vida como ofrenda por el pecado, soportando la dolorosa, vergonzosa y maldita muerte de la cruz.

Mat. 27:4; Mat. 26:56; Isa. 53:2-3; Mat. 27:26-50; Juan 19:34; Luc. 22:44; Mat. 27:46; Isa. 53:10; Fil. 2:8; Heb. 12:2; Gál. 3:13.

P. 50. ¿En qué consistió la humillación de Cristo después de su muerte?

R. La humillación de Cristo después de su muerte consistió en ser sepultado, y permanecer en el estado de los muertos y bajo el poder de la muerte hasta el tercer día, lo cual ha sido expresado de otra manera con estas palabras: descendió a los infiernos.

1 Cor. 15:3-4; Sal. 16:10; Hech. 2:24-27, 31; Rom. 6:9; Mat. 12:40.

P. 51. ¿Cuál fue el estado de la exaltación de Cristo?

R. El estado de la exaltación de Cristo comprende su resurrección, ascensión, su sesión a la diestra del Padre y su venida para juzgar al mundo.

1 Cor. 15:4; Mar. 16:19; Ef. 1:20; Hech. 1:11; Hech. 17:31.

P. 52. ¿Cómo fue exaltado Cristo en su resurrección?

R. Cristo fue exaltado en su resurrección en que, no habiendo visto corrupción en la muerte (de la cual no era posible que fuese retenido), y teniendo el mismo cuerpo en que sufrió, con sus propiedades esenciales (pero sin mortalidad ni otras debilidades comunes de esta vida), realmente unido a su alma, resucitó de entre los muertos al tercer día por su propio poder; por lo cual se declaró Hijo de Dios, habiendo satisfecho la justicia divina, vencido la muerte y al que tenía el poder de ella, y siendo Señor de vivos y muertos. Todo esto lo hizo como persona pública, cabeza de su Iglesia, para su justificación, vivificación en gracia, apoyo contra sus enemigos y para asegurarles su resurrección en el último día.

Hech. 2:24, 27; Luc. 24:39; Rom. 6:9; Apoc. 1:18; Juan 10:18; Rom. 1:4; Rom. 8:34; Heb. 2:14; Rom. 14:9; 1 Cor. 15:21-22; Ef. 1:20, 22-23; Col. 1:18; Rom. 4:25; Ef. 2:1, 5-6; Col. 2:12; 1 Cor. 15:25-27; 1 Cor. 15:20.

P. 53. ¿Cómo fue exaltado Cristo en su ascensión?<

R. Cristo fue exaltado en su ascensión en que, después de su resurrección, habiéndose aparecido muchas veces a sus apóstoles y conversado con ellos acerca del reino de Dios, y habiéndoles dado comisión de predicar el evangelio a todas las naciones, cuarenta días después de su resurrección, en nuestra naturaleza y como nuestra cabeza, triunfando sobre sus enemigos, ascendió visiblemente a los cielos más altos, para recibir dones para los hombres, elevar nuestros afectos hacia allí y preparar lugar para nosotros, donde Él está y permanecerá hasta su segunda venida al fin del mundo.

Hech. 1:2-3; Mat. 28:19-20; Heb. 6:20; Ef. 4:8; Hech. 1:9-11; Ef. 4:10; Sal. 68:18; Col. 3:1-2; Juan 14:3; Hech. 3:21.

P. 54. ¿Cómo es exaltado Cristo en su sesión a la diestra de Dios?

R. Cristo es exaltado en su sesión a la diestra de Dios en que, como Dios-hombre, ha sido elevado al más alto favor con Dios el Padre, con toda plenitud de gozo, gloria y poder sobre todas las cosas en el cielo y en la tierra; y reúne y defiende a su Iglesia, somete a sus enemigos, equipa a sus ministros y pueblo con dones y gracias, e intercede por ellos.

Fil. 2:9; Hech. 2:28; Sal. 16:11; Juan 17:5; Ef. 1:22; 1 Ped. 3:22; Ef. 4:10-12; Sal. 110:1; Rom. 8:34.

P. 55. ¿Cómo intercede Cristo?

R. Cristo intercede apareciendo continuamente en nuestra naturaleza delante del Padre en el cielo, en virtud del mérito de su obediencia y sacrificio en la tierra, declarando su voluntad de que esto sea aplicado a todos los creyentes; respondiendo a todas las acusaciones contra ellos, y obteniéndoles tranquilidad de conciencia, a pesar de sus faltas diarias, acceso con confianza al trono de la gracia y aceptación de sus personas y servicios.

Heb. 9:12, 24; Heb. 1:3; Juan 3:16; Juan 17:9, 20, 24; Rom. 8:33-34; Rom. 5:1-2; 1 Juan 2:1-2; Heb. 4:16; Ef. 1:6; 1 Ped. 2:5.

P. 56. ¿Cómo será exaltado Cristo en su venida para juzgar al mundo?

R. Cristo será exaltado en su venida para juzgar al mundo en que Él, quien fue injustamente juzgado y condenado por hombres impíos, vendrá de nuevo en el último día con gran poder y en la plena manifestación de su propia gloria y de la del Padre, con todos sus santos ángeles, con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, para juzgar al mundo con justicia.

Hech. 3:14-15; Mat. 24:30; Luc. 9:26; Mat. 25:31; 1 Tes. 4:16; Hech. 17:31.

P. 57. ¿Qué beneficios ha obtenido Cristo por su mediación?

R. Cristo, por su mediación, ha obtenido la redención, juntamente con todos los demás beneficios del pacto de gracia.

Heb. 9:12; 2 Cor. 1:20.

P. 58. ¿Cómo llegamos a ser partícipes de los beneficios que Cristo ha obtenido?

R. Llegamos a ser partícipes de los beneficios que Cristo ha obtenido mediante su aplicación a nosotros, la cual es obra especialmente de Dios el Espíritu Santo.

Juan 1:11-12; Tito 3:5-6.

P. 59. ¿Quiénes son hechos partícipes de la redención por medio de Cristo?

R. La redención es ciertamente aplicada y eficazmente comunicada a todos aquellos para quienes Cristo la ha comprado, quienes en el tiempo son capacitados por el Espíritu Santo para creer en Cristo conforme al evangelio.

Ef. 1:13-14; Juan 6:37, 39; Juan 10:15-16; Ef. 2:8; 2 Cor. 4:13.

P. 60. ¿Pueden ser salvos aquellos que nunca han oído el evangelio, y así no conocen a Jesucristo ni creen en Él, viviendo según la luz de la naturaleza?

R. Aquellos que, no habiendo oído el evangelio, no conocen a Jesucristo ni creen en Él, no pueden ser salvos, por más diligentes que sean en conformar sus vidas a la luz de la naturaleza o a las leyes de la religión que profesen; porque no hay salvación en ningún otro, sino en Cristo solamente, quien es el único Salvador de su cuerpo, la Iglesia.

Rom. 10:14; 2 Tes. 1:8-9; Ef. 2:12; Juan 1:10-12; Juan 8:24; Mar. 16:16; 1 Cor. 1:20-24; Juan 4:22; Rom. 9:31-32; Fil. 3:4-9; Hech. 4:12; Ef. 5:23.

P. 61. ¿Son salvos todos los que oyen el evangelio y viven en la Iglesia?

R. No todos los que oyen el evangelio y viven en la Iglesia visible son salvos, sino solamente aquellos que son verdaderos miembros de la Iglesia invisible.

Juan 12:38-40; Rom. 9:6; Mat. 22:14; Mat. 7:21; Rom. 11:7.

P. 62. ¿Qué es la Iglesia visible?

R. La Iglesia visible es una sociedad compuesta por todos aquellos que, en todos los tiempos y lugares del mundo, profesan la verdadera religión, juntamente con sus hijos.

1 Cor. 1:2; 1 Cor. 12:13; Rom. 15:9-12; Apoc. 7:9; Sal. 2:8; Sal. 22:27-31; Sal. 45:17; Mat. 28:19-20; Isa. 59:21; 1 Cor. 7:14; Hech. 2:39; Rom. 11:16; Gén. 17:7.

P. 63. ¿Cuáles son los privilegios especiales de la Iglesia visible?

R. La Iglesia visible tiene el privilegio de estar bajo el cuidado y gobierno especial de Dios; de ser protegida y preservada en todas las edades, a pesar de la oposición de todos sus enemigos; y de gozar de la comunión de los santos, de los medios ordinarios de salvación y de las ofertas de gracia por medio de Cristo a todos sus miembros en el ministerio del evangelio, testificando que todo aquel que cree en Él será salvo, sin excluir a ninguno que quiera venir a Él.

Isa. 4:5-6; 1 Tim. 4:10; Sal. 115:1-18; Isa. 31:4-5; Zac. 12:2-4, 8-9; Hech. 2:39, 42; Sal. 147:19-20; Rom. 9:4; Ef. 4:11-12; Mar. 16:15-16; Juan 6:37.

P. 64. ¿Qué es la Iglesia invisible?

R. La Iglesia invisible es el número total de los elegidos, que han sido, son o serán reunidos en uno bajo Cristo como cabeza.

Ef. 1:10, 22-23; Juan 10:16; Juan 11:52.

P. 65. ¿Qué beneficios especiales disfrutan en Cristo los miembros de la Iglesia invisible?

R. Los miembros de la Iglesia invisible, por medio de Cristo, disfrutan unión y comunión con Él en gracia y en gloria.

Juan 17:21; Ef. 2:5-6; Juan 17:24.

P. 66. ¿Qué es esa unión que los elegidos tienen con Cristo?

R. La unión que los elegidos tienen con Cristo es la obra de la gracia de Dios, por la cual son espiritual y místicamente, pero real e inseparablemente, unidos a Cristo como su cabeza y esposo; lo cual se realiza en su llamamiento eficaz.

Ef. 1:22; Ef. 2:6-8; 1 Cor. 6:17; Juan 10:28; Ef. 5:23, 30; 1 Ped. 5:10; 1 Cor. 1:9.

P. 67. ¿Qué es el llamamiento eficaz?

R. El llamamiento eficaz es la obra del poder y la gracia omnipotentes de Dios, por la cual (de su amor libre y especial hacia sus elegidos, y no por nada que haya en ellos que lo mueva a ello), en su tiempo aceptado, los invita y los atrae a Jesucristo por su Palabra y Espíritu; iluminando salvadoramente sus mentes, renovando y determinando poderosamente sus voluntades, de tal manera que, aunque en sí mismos estén muertos en pecado, son así hechos dispuestos y capaces de responder libremente a su llamamiento, y de aceptar y abrazar la gracia ofrecida y comunicada en él.

Juan 5:25; Ef. 1:18-20; 2 Tim. 1:8-9; Tito 3:4-5; Ef. 2:4-5, 7-9; Rom. 9:11; 2 Cor. 5:20; 2 Cor. 6:1-2; Juan 6:44; 2 Tes. 2:13-14; Hech. 26:18; 1 Cor. 2:10, 12; Ezeq. 11:19; Ezeq. 36:26-27; Juan 6:45; Ef. 2:5; Fil. 2:13; Deut. 30:6.

P. 68. ¿Son solo los elegidos los que son llamados eficazmente?

R. Todos los elegidos, y solo ellos, son llamados eficazmente; aunque otros pueden ser, y a menudo lo son, llamados externamente por el ministerio de la Palabra, y tener algunas operaciones comunes del Espíritu; pero, por su negligencia voluntaria y desprecio de la gracia que se les ofrece, siendo justamente dejados en su incredulidad, nunca llegan verdaderamente a Jesucristo.

Hech. 13:48; Mat. 22:14; Mat. 7:22; Mat. 13:20-21; Heb. 6:4-6; Juan 12:38-40; Hech. 28:25-27; Juan 6:64-65; Sal. 81:11-12.

P. 69. ¿Qué es la comunión en gracia que los miembros de la Iglesia invisible tienen con Cristo?

R. La comunión en gracia que los miembros de la Iglesia invisible tienen con Cristo es su participación en la virtud de su mediación, en su justificación, adopción, santificación y todo lo demás que en esta vida manifiesta su unión con Él.

Rom. 8:30; Ef. 1:5; 1 Cor. 1:30.

P. 70. ¿Qué es la justificación?

R. La justificación es un acto de la libre gracia de Dios hacia los pecadores, por el cual perdona todos sus pecados y acepta y considera sus personas como justas delante de Él; no por algo obrado en ellos o hecho por ellos, sino únicamente por la perfecta obediencia y plena satisfacción de Cristo, imputada a ellos por Dios y recibida por la fe sola.

Rom. 3:22, 24-25; Rom. 4:5; 2 Cor. 5:19, 21; Rom. 3:22, 24-25, 27-28; Tito 3:5, 7; Ef. 1:7; Rom. 5:17-19; Rom. 4:6-8; Hech. 10:43; Gál. 2:16; Fil. 3:9.

P. 71. ¿Cómo es la justificación un acto de la libre gracia de Dios?

R. Aunque Cristo, por su obediencia y muerte, hizo una satisfacción propia, real y plena a la justicia de Dios en favor de aquellos que son justificados, sin embargo, en cuanto Dios acepta la satisfacción de un fiador, la cual podría haber exigido de ellos, y proveyó este fiador, su propio Hijo unigénito, imputándoles su justicia y no requiriendo nada de ellos para su justificación sino la fe, la cual también es don suyo, su justificación es para ellos de pura gracia.

Rom. 5:8-10, 19; 1 Tim. 2:5-6; Heb. 10:10; Mat. 20:28; Dan. 9:24, 26; Isa. 53:4-6; Isa. 53:10-12; Heb. 7:22; Rom. 8:32; 1 Ped. 1:18-19; 2 Cor. 5:21; Rom. 3:24-25; Ef. 2:8; Ef. 1:7.

P. 72. ¿Qué es la fe justificadora?

R. La fe justificadora es una gracia salvadora, obrada en el corazón del pecador por el Espíritu y la Palabra de Dios, por la cual, siendo convencido de su pecado y miseria, y de su incapacidad en sí mismo y en todas las criaturas para sacarlo de su estado perdido, no solo asiente a la verdad de la promesa del evangelio, sino que recibe y descansa en Cristo y en su justicia allí ofrecida, para perdón de pecado y para que su persona sea aceptada y considerada justa delante de Dios para salvación.

Heb. 10:39; 2 Cor. 4:13; Ef. 1:17-19; Rom. 10:14, 17; Hech. 2:37; Hech. 16:30; Juan 16:8-9; Rom. 5:6; Ef. 2:1; Hech. 4:12; Ef. 1:13; Juan 1:12; Hech. 16:31; Hech. 10:43; Fil. 3:9; Hech. 15:11.

P. 73. ¿Cómo justifica la fe al pecador delante de Dios?

R. La fe justifica al pecador delante de Dios, no por aquellas otras gracias que siempre la acompañan, ni por las buenas obras que son fruto de ella, ni como si la gracia de la fe, o algún acto de ella, le fuese imputado para su justificación; sino únicamente como instrumento por el cual recibe y aplica a Cristo y su justicia.

Gál. 3:11; Rom. 3:28; Rom. 4:5; Rom. 10:10; Juan 1:12; Fil. 3:9; Gál. 2:16.

P. 74. ¿Qué es la adopción?

R. La adopción es un acto de la libre gracia de Dios, en y por su Hijo unigénito Jesucristo, por el cual todos los que son justificados son recibidos en el número de sus hijos, tienen su nombre puesto sobre ellos, reciben el Espíritu de su Hijo, están bajo su cuidado y gobierno paternal, son admitidos a todas las libertades y privilegios de los hijos de Dios, hechos herederos de todas las promesas y coherederos con Cristo en gloria.

1 Juan 3:1; Ef. 1:5; Gál. 4:4-5; Juan 1:12; 2 Cor. 6:18; Apoc. 3:12; Gál. 4:6; Sal. 103:13; Prov. 14:26; Mat. 6:32; Heb. 6:12; Rom. 8:17.

P. 75. ¿Qué es la santificación?

R. La santificación es una obra de la gracia de Dios, por la cual aquellos a quienes Dios ha escogido desde antes de la fundación del mundo para ser santos, son en el tiempo, por la poderosa operación de su Espíritu, aplicándoles la muerte y resurrección de Cristo, renovados en todo su ser conforme a la imagen de Dios; teniendo implantadas en sus corazones las semillas del arrepentimiento para vida y de todas las demás gracias salvadoras, las cuales son avivadas, aumentadas y fortalecidas, de tal manera que cada vez más mueren al pecado y viven para justicia.

Ef. 1:4; 1 Cor. 6:11; 2 Tes. 2:13; Rom. 6:4-6; Ef. 4:23-24; Hech. 11:18; 1 Juan 3:9; Jud. 1:20; Heb. 6:11-12; Ef. 3:16-19; Col. 1:10-11; Rom. 6:4, 6, 14; Gál. 5:24.

P. 76. ¿Qué es el arrepentimiento para vida?

R. El arrepentimiento para vida es una gracia salvadora, obrada en el corazón del pecador por el Espíritu y la Palabra de Dios, por la cual, al percibir y sentir no solo el peligro sino también la inmundicia y aborrecibilidad de sus pecados, y al comprender la misericordia de Dios en Cristo para los que se arrepienten, se duele y aborrece sus pecados de tal manera que se aparta de todos ellos hacia Dios, proponiéndose y esforzándose constantemente en andar con Él en todos los caminos de nueva obediencia.

2 Tim. 2:25; Zac. 12:10; Hech. 11:18, 20-21; Ezeq. 18:28, 30, 32; Luc. 15:17-18; Os. 2:6-7; Ezeq. 36:31; Isa. 30:22; Joel 2:12-13; Jer. 31:18-19; 2 Cor. 7:11; Hech. 26:18; Ezeq. 14:6; 1 Rey. 8:47-48; Sal. 119:6, 59, 128; Luc. 1:6; 2 Rey. 23:25.

P. 77. ¿En qué se diferencian la justificación y la santificación?

R. Aunque la santificación está inseparablemente unida a la justificación, difieren en que en la justificación Dios imputa la justicia de Cristo, mientras que en la santificación su Espíritu infunde gracia y capacita para su ejercicio; en la primera, el pecado es perdonado; en la segunda, es dominado; la una libra igualmente a todos los creyentes de la ira vengadora de Dios, y eso perfectamente en esta vida, de modo que nunca caen en condenación; la otra no es igual en todos ni es perfecta en ninguno en esta vida, sino que crece hacia la perfección.

1 Cor. 6:11; 1 Cor. 1:30; Rom. 4:6, 8; Ezeq. 36:27; Rom. 3:24-25; Rom. 6:6, 14; Rom. 8:33-34; 1 Juan 2:12-14; Heb. 5:12-14; 1 Juan 1:8, 10; 2 Cor. 7:1; Fil. 3:12-14.

P. 78. ¿De dónde proviene la imperfección de la santificación en los creyentes?

R. La imperfección de la santificación en los creyentes proviene de los restos de pecado que permanecen en cada parte de ellos y de los continuos deseos de la carne contra el espíritu, por lo cual a menudo son vencidos por tentaciones, caen en muchos pecados, son impedidos en todos sus servicios espirituales, y sus mejores obras son imperfectas y contaminadas delante de Dios.

Rom. 7:18, 23; Mar. 14:66-72; Gál. 2:11-12; Heb. 12:1; Isa. 64:6; Ex. 28:38.

P. 79. ¿Pueden los verdaderos creyentes, por causa de sus imperfecciones y las muchas tentaciones y pecados en que caen, apartarse del estado de gracia?

R. Los verdaderos creyentes, por causa del amor inmutable de Dios, su decreto y pacto de darles perseverancia, su unión inseparable con Cristo, su continua intercesión por ellos y el Espíritu y simiente de Dios que permanece en ellos, no pueden caer total ni finalmente del estado de gracia, sino que son guardados por el poder de Dios mediante la fe para salvación.

Jer. 31:3; 2 Tim. 2:19; Heb. 13:20-21; 2 Sam. 23:5; 1 Cor. 1:8-9; Heb. 7:25; Luc. 22:32; 1 Juan 3:9; 1 Juan 2:27; Jer. 32:40; Juan 10:28; 1 Ped. 1:5.

P. 80. ¿Pueden los verdaderos creyentes estar infaliblemente seguros de que están en estado de gracia y que perseverarán hasta la salvación?

R. Aquellos que verdaderamente creen en Cristo y procuran andar delante de Él con buena conciencia pueden, sin revelación extraordinaria, mediante la fe fundada en la verdad de las promesas de Dios, y por el Espíritu que les capacita para discernir en sí mismos aquellas gracias a las que se hacen las promesas de vida, y que da testimonio con su espíritu de que son hijos de Dios, estar infaliblemente seguros de que están en estado de gracia y perseverarán hasta la salvación.

1 Juan 2:3; 1 Cor. 2:12; 1 Juan 3:14, 18-19, 21, 24; 1 Juan 4:13, 16; Heb. 6:11-12; Rom. 8:16; 1 Juan 5:13.

P. 81. ¿Están todos los verdaderos creyentes en todo tiempo seguros de su estado de gracia y de que serán salvos?

R. La seguridad de gracia y salvación no es de la esencia de la fe, por lo cual los verdaderos creyentes pueden esperar mucho tiempo antes de alcanzarla; y, después de haberla disfrutado, puede debilitarse e interrumpirse por diversas aflicciones, pecados, tentaciones y abandonos; sin embargo, nunca quedan sin tal presencia y apoyo del Espíritu de Dios que los guarda de caer en desesperación total.

Ef. 1:13; Isa. 1:10; Sal. 88:1-18; Sal. 77:1-12; Cant. 5:2-3, 6; Sal. 51:8, 12; Sal. 31:22; Sal. 22:1; 1 Juan 3:9; Job 13:15; Sal. 73:15, 23; Isa. 54:7-10.

P. 82. ¿Cuál es la comunión en gloria que los miembros de la Iglesia invisible tienen con Cristo?

R. La comunión en gloria que los miembros de la Iglesia invisible tienen con Cristo es en esta vida, inmediatamente después de la muerte, y finalmente perfeccionada en la resurrección y el día del juicio.

2 Cor. 3:18; Luc. 23:43; 1 Tes. 4:17.

P. 83. ¿Cuál es la comunión en gloria con Cristo que los miembros de la Iglesia invisible disfrutan en esta vida?

R. Los miembros de la Iglesia invisible participan en esta vida de las primicias de la gloria con Cristo, como miembros de Él, su cabeza, y así tienen parte en aquella gloria que Él posee plenamente; y, como anticipo de ello, disfrutan del sentido del amor de Dios, paz de conciencia, gozo en el Espíritu Santo y esperanza de gloria; mientras que, por el contrario, el sentido de la ira vengadora de Dios, el horror de conciencia y la expectación temerosa del juicio son para los impíos el comienzo de los tormentos que sufrirán después de la muerte.

Ef. 2:6; Rom. 5:5 con 2 Cor. 1:22; Rom. 5:1-2; Rom. 14:17; Gén. 4:13; Mat. 27:4; Heb. 10:27; Rom. 2:9; Mar. 9:44.

P. 84. ¿Han de morir todos los hombres?

R. Sí, todos los hombres han de morir una sola vez, por cuanto todos han pecado.

Rom. 6:23; Heb. 9:27; Rom. 5:12.

P. 85. Si la muerte es la paga del pecado, ¿por qué los justos no son librados de la muerte, ya que todos sus pecados son perdonados en Cristo?

R. Los justos serán librados de la muerte misma en el último día, y aun en la muerte son librados de su aguijón y maldición; de modo que, aunque mueren, esto es por amor de Dios, para librarlos perfectamente del pecado y la miseria, y hacerlos capaces de mayor comunión con Cristo en gloria, en la cual entonces entran.

1 Cor. 15:26, 55-57; Heb. 2:15; Isa. 57:1-2; 2 Rey. 22:20; Apoc. 14:13; Ef. 5:27; Luc. 23:43; Fil. 1:23.

P. 86. ¿Cuál es la comunión en gloria con Cristo que los miembros de la Iglesia invisible disfrutan inmediatamente después de la muerte?

R. La comunión en gloria con Cristo que los miembros de la Iglesia invisible disfrutan inmediatamente después de la muerte consiste en que sus almas son entonces perfeccionadas en santidad y recibidas en los más altos cielos, donde contemplan el rostro de Dios en luz y gloria, esperando la plena redención de sus cuerpos, los cuales, aun en la muerte, permanecen unidos a Cristo y reposan en sus sepulcros como en sus lechos, hasta que en el último día sean nuevamente unidos a sus almas. En cambio, las almas de los impíos, al morir, son arrojadas al infierno, donde permanecen en tormentos y en completa oscuridad; y sus cuerpos son guardados en sus sepulcros como en prisiones hasta la resurrección y el juicio del gran día.

Heb. 12:23; 2 Cor. 5:1, 6, 8; Fil. 1:23; Hech. 3:21; Ef. 4:10; 1 Juan 3:2; 1 Cor. 13:12; Rom. 8:23; Sal. 16:9; 1 Tes. 4:14; Isa. 57:2; Job 19:26-27; Luc. 16:23-24; Hech. 1:25; Jud. 1:6-7.

P. 87. ¿Qué debemos creer acerca de la resurrección?

R. Debemos creer que, en el último día, habrá una resurrección general de los muertos, tanto de los justos como de los injustos; y que los que entonces estén vivos serán transformados en un instante; y los mismos cuerpos de los muertos que fueron depositados en el sepulcro, siendo nuevamente unidos a sus almas para siempre, serán resucitados por el poder de Cristo. Los cuerpos de los justos, por el Espíritu de Cristo y en virtud de su resurrección como su cabeza, serán resucitados en poder, espirituales, incorruptibles y hechos semejantes a su cuerpo glorioso; y los cuerpos de los impíos serán resucitados en deshonra por Él, como juez ofendido.

Hech. 24:15; 1 Cor. 15:51-53; 1 Tes. 4:15-17; Juan 5:28-29; 1 Cor. 15:21-23, 42-44; Fil. 3:21; Juan 5:27-29; Mat. 25:33.

P. 88. ¿Qué seguirá inmediatamente después de la resurrección?

R. Inmediatamente después de la resurrección seguirá el juicio general y final de ángeles y hombres; cuyo día y hora nadie conoce, para que todos velen y oren, y estén siempre preparados para la venida del Señor.

2 Ped. 2:4; Jud. 1:6-7, 14-15; Mat. 25:46; Mat. 24:36, 42, 44; Luc. 21:35-36.

P. 89. ¿Qué será hecho a los impíos en el día del juicio?

R. En el día del juicio, los impíos serán colocados a la izquierda de Cristo, y, con evidencia clara y plena convicción de sus propias conciencias, se pronunciará contra ellos la temible pero justa sentencia de condenación; y serán arrojados de la presencia favorable de Dios y de la gloriosa comunión con Cristo, sus santos y todos sus santos ángeles, al infierno, para ser castigados con tormentos indecibles tanto en cuerpo como en alma, juntamente con el diablo y sus ángeles para siempre.

Mat. 25:33; Rom. 2:15-16; Mat. 25:41-43; Luc. 16:26; 2 Tes. 1:8-9.

P. 90. ¿Qué será hecho a los justos en el día del juicio?

R. En el día del juicio, los justos, siendo arrebatados para encontrarse con Cristo en las nubes, serán colocados a su derecha, y allí, públicamente reconocidos y absueltos, participarán con Él en el juicio de los ángeles y hombres reprobados, y serán recibidos en el cielo, donde serán completamente y para siempre librados de todo pecado y miseria; llenos de gozos inconcebibles, hechos perfectamente santos y bienaventurados tanto en cuerpo como en alma, en compañía de innumerables santos y ángeles santos, y especialmente en la visión y comunión inmediata de Dios el Padre, de nuestro Señor Jesucristo y del Espíritu Santo, por toda la eternidad. Y esta es la comunión perfecta y plena que los miembros de la Iglesia invisible disfrutarán con Cristo en gloria, en la resurrección y en el día del juicio.

1 Tes. 4:17; Mat. 25:33; Mat. 10:32; 1 Cor. 6:2-3; Mat. 25:34, 46; Ef. 5:27; Apoc. 14:13; Sal. 16:11; Heb. 12:22-23; 1 Juan 3:2; 1 Cor. 13:12; 1 Tes. 4:17-18.

P. 91. ¿Cuál es el deber que Dios requiere del hombre?

R. El deber que Dios requiere del hombre es la obediencia a su voluntad revelada.

Rom. 12:1-2; Miq. 6:8; 1 Sam. 15:22.

P. 92. ¿Qué reveló Dios al principio al hombre como regla de su obediencia?

R. La regla de obediencia revelada a Adán en el estado de inocencia, y a toda la humanidad en él, además de un mandamiento especial de no comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal, fue la ley moral.

Gén. 1:26-27; Rom. 2:14-15; Rom. 10:5; Gén. 2:17.

P. 93. ¿Qué es la ley moral?

R. La ley moral es la declaración de la voluntad de Dios a la humanidad, dirigiendo y obligando a cada uno a una conformidad y obediencia personal, perfecta y perpetua a ella, en la disposición de todo el hombre, alma y cuerpo, y en el cumplimiento de todos aquellos deberes de santidad y justicia que debe a Dios y al prójimo; prometiendo vida por su cumplimiento y amenazando muerte por su transgresión.

Deut. 5:1-3, 31, 33; Luc. 10:26-27; Gál. 3:10; 1 Tes. 5:23; Luc. 1:75; Hech. 24:16; Rom. 10:5; Gál. 3:10, 12.

P. 94. ¿Tiene algún uso la ley moral para el hombre después de la caída?

R. Aunque ningún hombre, después de la caída, puede alcanzar justicia y vida por la ley moral, sin embargo, tiene gran utilidad, tanto común a todos los hombres como particular para los no regenerados y para los regenerados.

Rom. 8:3; Gál. 2:16; 1 Tim. 1:8.

P. 95. ¿De qué sirve la ley moral a todos los hombres?

R. La ley moral sirve a todos los hombres para informarles de la naturaleza santa y la voluntad de Dios, y de su deber, obligándolos a andar conforme a ella; para convencerlos de su incapacidad para guardarla y de la contaminación pecaminosa de su naturaleza, corazón y vida; para humillarlos en el sentido de su pecado y miseria, y así ayudarles a ver más claramente su necesidad de Cristo y la perfección de su obediencia.

Lev. 11:44-45; Lev. 20:7-8; Rom. 7:12; Miq. 6:8; Stg. 2:10-11; Sal. 19:11-12; Rom. 3:20; Rom. 7:7; Rom. 3:9, 23; Gál. 3:21-22; Rom. 10:4.

P. 96. ¿Qué uso particular tiene la ley moral para los no regenerados?

R.La ley moral sirve a los no regenerados para despertar sus conciencias a huir de la ira venidera y conducirlos a Cristo; o, si perseveran en su estado y camino de pecado, dejarlos sin excusa y bajo su maldición.

1 Tim. 1:9-10; Gál. 3:24; Rom. 1:20; Rom. 2:15; Gál. 3:10.

P. 97. ¿Qué uso especial tiene la ley moral para los regenerados?

R. Aunque los regenerados y creyentes en Cristo están libres de la ley moral como pacto de obras, de modo que por ella no son ni justificados ni condenados, sin embargo, además de sus usos generales comunes a todos los hombres, tiene un uso especial para mostrarles cuánto deben a Cristo por haberla cumplido y haber sufrido su maldición en su lugar y para su bien; y así estimularlos a mayor gratitud y a expresarla en mayor cuidado de conformarse a ella como regla de su obediencia.

Rom. 6:14; Rom. 7:4, 6; Gál. 4:4-5; Rom. 3:20; Gál. 5:23; Rom. 8:1; Rom. 7:24-25; Gál. 3:13-14; Rom. 8:3-4; Luc. 1:68-69, 74-75; Col. 1:12-14; Rom. 7:22; Rom. 12:2; Tito 2:11-14.

P. 98. ¿Dónde se resume la ley moral?

R. En los diez mandamientos.

Deut. 10:4; Ex. 34:1-4; Mat. 22:37-40.

P. 99. ¿Qué reglas deben observarse para entender correctamente los diez mandamientos?

R. Para el correcto entendimiento de los diez mandamientos deben observarse estas reglas:

  • Que la ley es perfecta y obliga a todos a una conformidad plena de todo el hombre a su justicia y a una obediencia completa para siempre, de modo que exige la máxima perfección en cada deber y prohíbe el más mínimo grado de todo pecado.
  • Que es espiritual, y por tanto alcanza el entendimiento, la voluntad, los afectos y todas las demás facultades del alma, así como las palabras, obras y gestos.
  • Que una misma cosa, en diversos aspectos, es requerida o prohibida en varios mandamientos.
  • Que, donde se manda un deber, se prohíbe el pecado contrario; y donde se prohíbe un pecado, se manda el deber contrario; así como, donde hay una promesa, se incluye la amenaza contraria, y donde hay una amenaza, se incluye la promesa contraria.
  • Que lo que Dios prohíbe no debe hacerse en ningún momento; lo que manda es siempre nuestro deber; sin embargo, no todo deber particular debe hacerse en todo momento.
  • Que bajo un mismo pecado o deber se incluyen todos los del mismo tipo, junto con todas sus causas, medios, ocasiones, apariencias y provocaciones.
  • Que lo que se prohíbe o manda a nosotros, estamos obligados, según nuestra posición, a procurar que otros también lo eviten o lo practiquen según su deber.
  • Que en lo que se manda a otros, estamos obligados, según nuestra vocación, a ayudarles, y a cuidarnos de no participar con ellos en lo que les está prohibido.


Sal. 19:7; Stg. 2:10; Mat. 5:21-22; Rom. 7:14; Deut. 6:5; Mat. 22:37-39; Mat. 5:27-28, 33-34, 37-39, 43-44; Col. 3:5; Amós 8:5; Prov. 1:19; 1 Tim. 6:10; Isa. 58:13; Deut. 6:13; Mat. 4:9-10; Mat. 15:4-6; Mat. 5:21-24; Ef. 4:28; Ex. 20:12; Prov. 30:17; Jer. 18:7-8; Ex. 20:7; Sal. 15:1, 4-5; Sal. 24:4-5; Job 13:7-8; Rom. 3:8; Job 36:21; Heb. 11:25; Deut. 4:8-9; Mat. 12:7; Mat. 5:21-22, 27-28; Mat. 15:4-6; Heb.

P. 100. ¿Qué cosas especiales debemos considerar en los diez mandamientos?

R. Debemos considerar en los diez mandamientos el prefacio, la sustancia de los mandamientos mismos y las diversas razones añadidas a algunos de ellos para reforzarlos.

P. 101. ¿Cuál es el prefacio de los diez mandamientos?

R. El prefacio de los diez mandamientos está contenido en estas palabras: Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. En las cuales Dios manifiesta su soberanía, siendo Jehová, el Dios eterno, inmutable y todopoderoso, que tiene su ser en sí mismo y por sí mismo, y da ser a todas sus palabras y obras; y que es un Dios de pacto, como lo fue con Israel antiguamente, así también con todo su pueblo, quien, así como los sacó de su esclavitud en Egipto, así nos libra de nuestra esclavitud espiritual; y que, por tanto, estamos obligados a tomarle a Él solo por nuestro Dios y a guardar todos sus mandamientos.

Ex. 20:2; Isa. 44:6; Ex. 3:14; Ex. 6:3; Hech. 17:24, 28; Gén. 17:7; Rom. 3:29; Luc. 1:74-75; 1 Ped. 1:15-18; Lev. 18:30; Lev. 19:37.

P. 102. ¿Cuál es el resumen de los cuatro mandamientos que contienen nuestro deber hacia Dios?

R. El resumen de los cuatro mandamientos que contienen nuestro deber hacia Dios es: Amarás a Jehová tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. En los cuales se requiere que amemos a Dios con todo nuestro ser, por cuanto Él es el único Dios verdadero, el creador, sustentador y soberano de todas las cosas; y que lo amemos más que a todo lo demás, y que lo amemos con un amor ferviente, constante e inquebrantable.

Luc. 10:27.

P. 103. ¿Cuál es el primer mandamiento?

R. El primer mandamiento es: No tendrás dioses ajenos delante de mí.

Ex. 20:3.

P. 104. ¿Cuáles son los deberes requeridos en el primer mandamiento?

R. Los deberes requeridos en el primer mandamiento son: conocer y reconocer a Dios como el único Dios verdadero y como nuestro Dios; y adorarlo y glorificarlo como tal, mediante pensamientos, meditación, recuerdo, alta estima, honra, adoración, elección, amor, deseo, temor de Él; creer en Él; confiar, esperar, deleitarse y regocijarse en Él; tener celo por Él; invocarlo; darle toda alabanza y acción de gracias, y rendirle toda obediencia y sumisión con todo el ser; procurar agradarle en todo, dolerse cuando en algo es ofendido y andar humildemente con Él.

1 Crón. 28:9; Deut. 26:17; Isa. 43:10; Jer. 14:22; Sal. 95:6-7; Mat. 4:10; Sal. 29:2; Mal. 3:16; Sal. 63:6; Ecl. 12:1; Sal. 71:19; Mal. 1:6; Isa. 45:23; Jos. 24:15, 22; Deut. 6:5; Sal. 123:25; Isa. 8:13; Ex. 14:31; Isa. 26:4; Sal. 130:7; Sal. 37:4; Sal. 32:11; Rom. 12:11; Núm. 25:11; Fil. 4:6; Jer. 7:23; Stg. 4:7; 1 Juan 3:22; Jer. 31:18; Sal. 119:136; Miq. 6:8.

P. 105. ¿Cuáles son los pecados prohibidos en el primer mandamiento?

R. Los pecados prohibidos en el primer mandamiento son: el ateísmo, al negar o no tener a Dios; la idolatría, al tener o adorar más dioses que uno, o cualquiera junto con el verdadero Dios o en lugar de Él; no tenerlo ni reconocerlo como Dios y como nuestro Dios; la omisión o descuido de cualquier cosa debida a Él; la ignorancia, olvido, falsas concepciones, opiniones erróneas y pensamientos indignos y perversos acerca de Él; la curiosidad temeraria en investigar sus secretos; toda profanidad, odio a Dios; amor propio desordenado, búsqueda egoísta y toda fijación desmedida en otras cosas; credulidad vana, incredulidad, herejía, error, desconfianza, desesperación, dureza de corazón; orgullo, presunción, seguridad carnal; tentar a Dios; usar medios ilícitos o confiar indebidamente en medios lícitos; deleites carnales; celo corrupto o imprudente; tibieza y frialdad en las cosas de Dios; apartarse y apostatar de Dios; rendir culto religioso a santos, ángeles u otras criaturas; pactos con el diablo; hacer a los hombres señores de nuestra fe y conciencia; despreciar a Dios y sus mandamientos; resistir y entristecer su Espíritu; descontento ante sus providencias; atribuirle injustamente males; y atribuir el bien a la fortuna, ídolos, nosotros mismos u otras criaturas.

Sal. 14:1; Ef. 2:12; Jer. 2:27-28; 1 Tes. 1:9; Sal. 81:11; Isa. 43:22-24; Jer. 4:22; Os. 4:1, 6; Jer. 2:32; Hech. 17:23, 29; Isa. 40:18; Sal. 1:21; Deut. 29:29; Tito 1:16; Heb. 12:16; Rom. 1:30; 2 Tim. 3:2; Fil. 2:21; 1 Juan 2:15-16; 1 Sam. 2:29; Col. 3:2, 5; 1 Juan 4:1; Heb. 3:12; Gál. 5:20; Tito 3:10; Hech. 26:9; Sal. 78:22; Gén. 4:13; Jer. 5:3; Isa. 42:25; Rom. 2:5; Jer. 13:15; Sal. 19:13; Sof. 1:12; Mat. 4:7; Rom. 3:8; Jer. 17:5; 2 Tim. 3:4; Gál. 4:17; Juan 16:2; Rom. 10:2; Luc. 9:54-55; Apoc. 3:16; Apoc. 3:1; Ezeq. 14:5; Isa. 1:4-5; Rom. 10:13-14; Os. 4:12; Hech. 10:25-26; Apoc. 19:10; Mat. 4:10; Col. 2:18; Rom. 1:25; Lev. 20:6; 1 Sam. 28:7, 11; 1 Crón. 10:13-14; Hech. 5:3; 2 Cor. 1:24; Mat. 23:9; Deut. 32:15; 2 Sam. 12:9; Prov. 13:13; Hech. 7:51; Ef. 4:30; Sal. 73:2-3, 13-15, 22; Job 1:22; 1 Sam. 6:7-9; Dan. 5:23; Deut. 8:17; Dan. 4:30; Hab. 1:16.

P. 106. ¿Qué se nos enseña especialmente con estas palabras (delante de mí) en el primer mandamiento?

R. Estas palabras (delante de mí o ante mi rostro) nos enseñan que Dios, quien ve todas las cosas, presta especial atención al pecado de tener otros dioses y se disgusta profundamente por ello; lo cual debe disuadirnos de ese pecado y hacernos ver su gravedad, así como motivarnos a actuar siempre como en su presencia.

Ezeq. 8:5-18; Sal. 44:20-21; 1 Crón. 28:9.

P. 107. ¿Cuál es el segundo mandamiento?

R. El segundo mandamiento es: No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas ni las servirás; porque yo Jehová tu Dios soy Dios celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.

Ex. 20:4-6.

P. 108. ¿Cuáles son los deberes requeridos en el segundo mandamiento?

R. R. Los deberes requeridos en el segundo mandamiento son recibir, observar y conservar puro e íntegro todo el culto religioso y las ordenanzas que Dios ha instituido en su Palabra; particularmente la oración y acción de gracias en el nombre de Cristo; la lectura, predicación y escucha de la Palabra; la administración y recepción de los sacramentos; el gobierno y disciplina de la Iglesia; el ministerio y su sostenimiento; el ayuno religioso; jurar por el nombre de Dios y hacer votos a Él; así como desaprobar, detestar y oponerse a todo culto falso, y, según la posición de cada uno, eliminarlo junto con todo vestigio de idolatría.

Deut. 32:46-47; Mat. 28:20; Hech. 2:42; 1 Tim. 6:13-14; Fil. 4:6; Ef. 5:20; Deut. 17:18-19; Hech. 15:21; 2 Tim. 4:2; Stg. 1:21-22; Hech. 10:33; Mat. 28:19; 1 Cor. 11:23-30; Mat. 18:15-17; Mat. 16:19; 1 Cor. 5:1-13; 1 Cor. 12:28; Ef. 4:11-12; 1 Tim. 5:17-18; 1 Cor. 9:7-15; Joel 2:12-13; 1 Cor. 7:5; Deut. 6:13; Isa. 19:21; Sal. 76:11; Hech. 17:16-17; Sal. 16:4; Deut. 7:5; Isa. 30:22.

P. 109. ¿Cuáles son los pecados prohibidos en el segundo mandamiento?

R. Los pecados prohibidos en el segundo mandamiento son: toda invención, aprobación o práctica de culto no instituido por Dios; tolerar religión falsa; hacer representaciones de Dios o de cualquiera de las tres personas; adorar tales imágenes; supersticiones; añadir o quitar al culto de Dios; simonía; sacrilegio; negligencia, desprecio u oposición al culto ordenado por Dios.

Núm. 15:39; Deut. 13:6-8; Os. 5:11; Miq. 6:16; 1 Rey. 11:33; 1 Rey. 12:33; Deut. 12:30-32; Deut. 13:6-12; Zac. 13:2-3; Apoc. 2:2, 14-15, 20; Apoc. 17:12, 16-17; Deut. 4:15-19; Hech. 17:29; Rom. 1:21-23, 25; Dan. 3:18; Gál. 4:8; Ex. 32:5; Ex. 32:8; 1 Rey. 18:26, 28; Isa. 65:11; Hech. 17:22; Col. 2:21-23; Mal. 1:7-8, 14; Deut. 4:2; Sal. 106:39; Mat. 15:9; 1 Ped. 1:18; Jer. 44:17; Isa. 65:3-5; Gál. 1:13-14; 1 Sam. 13:11-12; 1 Sam. 15:21; Hech. 8:18; Rom. 2:22; Mal. 3:8; Ex. 4:24-26; Mat. 22:5; Mal. 1:7, 13; Mat. 23:13; Hech. 13:44-45; 1 Tes. 2:15-16.

P. 110. ¿Cuáles son las razones añadidas al segundo mandamiento para reforzarlo?

R. Las razones añadidas al segundo mandamiento son la soberanía de Dios sobre nosotros, su derecho sobre nosotros, su celo por su culto, su indignación contra la idolatría como adulterio espiritual, su castigo a los que le aborrecen hasta varias generaciones y su promesa de misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos.

Ex. 20:5-6; Sal. 45:11; Apoc. 15:3-4; Ex. 34:13-14; 1 Cor. 10:20-22; Jer. 7:18-20; Ezeq. 16:26-27; Deut. 32:16-20; Os. 2:2-4; Deut. 5:29.

P. 111. ¿Cuál es el tercer mandamiento?

R. El tercer mandamiento es: No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque Jehová no dará por inocente al que tome su nombre en vano.

Ex. 20:7.

P. 112. ¿Qué se requiere en el tercer mandamiento?

R. El tercer mandamiento requiere que el nombre de Dios, sus títulos, atributos, ordenanzas, la Palabra, los sacramentos, la oración, los juramentos, los votos, los sorteos, sus obras y todo aquello por lo cual Él se da a conocer, sea usado santa y reverentemente en pensamiento, meditación, palabra y escritura; mediante una santa profesión y una conducta correspondiente, para la gloria de Dios y el bien nuestro y de otros.

Mat. 6:9; Deut. 28:58; Sal. 29:2; Sal. 68:4; Apoc. 15:3-4; Mal. 1:14; Ecl. 5:1; Sal. 138:2; 1 Cor. 11:24-25, 28-29; 1 Tim. 2:8; Jer. 4:2; Ecl. 5:2, 4-6; Hech. 1:24, 26; Job 36:24; Mal. 3:16; Sal. 8:1, 3-4, 9; Col. 3:17; Sal. 105:2, 5; Sal. 102:18; 1 Ped. 3:15; Miq. 4:5; Fil. 1:27; 1 Cor.

P. 113. ¿Cuáles son los pecados prohibidos en el tercer mandamiento?

R. Los pecados prohibidos en el tercer mandamiento son: no usar el nombre de Dios como se requiere, y abusar de él en menciones ignorantes, vanas, irreverentes, profanas, supersticiosas o impías de sus títulos, atributos, ordenanzas u obras; la blasfemia, el perjurio; toda maldición pecaminosa, juramentos, votos y sorteos ilícitos; quebrantar juramentos y votos lícitos, o cumplir los ilícitos; murmurar contra las providencias de Dios; escudriñar curiosamente sus decretos; tergiversar o aplicar mal la Palabra; usarla para burlas, disputas inútiles o doctrinas falsas; abusar de ella o de las criaturas para prácticas pecaminosas; despreciar la verdad de Dios; profesar religión hipócritamente o por fines torcidos; avergonzarse de ella o vivir de manera indigna.

Mal. 2:2; Hech. 17:23; Prov. 30:9; Mal. 1:6-7, 12; Mal. 3:14; 1 Sam. 4:3-5; Jer. 7:4, 9-10, 14, 31; Col. 2:20-22; 2 Rey. 18:30, 35; Ex. 5:2; Sal. 139:20; Sal. 1:16-17; Isa. 5:12; 2 Rey. 19:22; Lev. 24:11; Zac. 5:4; Zac. 8:17; 1 Sam. 17:43; 2 Sam. 16:5; Jer. 5:7; Jer. 23:10; Deut. 23:18; Hech. 23:12, 14; Est. 3:7; Est. 9:24; Sal. 22:18; Sal. 24:4; Ezeq. 17:16, 18-19; Mar. 6:26; 1 Sam. 25:22, 32-34; Rom. 9:14, 19-20; Deut. 29:29; Rom. 3:5, 7; Rom. 6:1-2; Ecl. 8:11; Ecl. 9:3; Sal. 39:1-13; Mat. 5:21-28; Ezeq. 13:22; 2 Ped. 3:16; Mat. 22:24-31; Isa. 22:13; Jer. 23:34, 36, 38; 1 Tim. 1:4, 6-7; 1 Tim. 6:4-5, 20; 2 Tim. 4:3-4; Rom. 13:13-14; 1 Rey. 21:9-10; Jud. 1:4; Hech. 13:45; 1 Juan 3:12; Sal. 1:1; 2 Ped. 3:3; 1 Ped. 4:4; Hech. 13:45-46, 50; Hech. 4:18; Hech. 19:9; 1 Tes. 2:16; Heb. 10:29; 2 Tim. 3:5; Mat. 23:14; Mat. 6:1-2, 5, 16; Mar. 8:38; Sal. 73:14-15; 1 Cor. 6:5-6; Ef. 5:15-17; Isa. 5:4; 2 Ped. 1:8-9; Rom. 2:23-24; Gál. 3:1, 3; Heb. 6:6; 2 Tim. 2:14; Tito 3:9; Deut. 18:10-14; Hech. 19:13.

P. 114. ¿Qué razones se añaden al tercer mandamiento?

R. Las razones añadidas son que Él es el Señor nuestro Dios, y por tanto su nombre no debe ser profanado; y que no dejará sin castigo a quien lo tome en vano, aunque escape del juicio de los hombres.

Ex. 20:7; Lev. 19:12; Ezeq. 36:21-23; Deut. 28:58-59; Zac. 5:2-4; 1 Sam. 2:12, 17, 22, 24; 1 Sam. 3:13.

P. 115. ¿Cuál es el cuarto mandamiento?

R. El cuarto mandamiento es: Acuérdate del día de reposo para santificarlo...

Ex. 20:8-11.

P. 116. ¿Qué se requiere en el cuarto mandamiento?

R. Se requiere santificar para Dios los tiempos señalados en su Palabra, especialmente un día completo de cada siete.

Deut. 5:12-14; Gén. 2:2-3; 1 Cor. 16:1-2; Hech. 20:7; Mat. 5:17-18; Isa. 56:2, 4, 6-7; Apoc. 1:10.

P. 117. ¿Cómo debe santificarse el día del Señor?

R. Debe santificarse mediante descanso santo todo el día y dedicación al culto público y privado.

Ex. 20:8, 10; Ex. 16:25-28; Neh. 13:15-22; Jer. 17:21-22; Mat. 12:1-13; Isa. 58:13; Luc. 4:16; Hech. 20:7; 1 Cor. 16:1-2; Sal. 92; Isa. 66:23; Lev. 23:3; Ex. 20:8; Luc. 23:54, 56; Ex. 16:22, 25-26, 29; Neh. 13:19.

P. 118. ¿Por qué se dirige especialmente este mandamiento a los superiores?

R. Porque deben guardarlo ellos y hacer que otros también lo guarden.

Ex. 20:10; Jos. 24:15; Neh. 13:15, 17; Jer. 17:20-22; Ex. 23:12.

P. 119. ¿Qué pecados se prohíben en el cuarto mandamiento?

R. Se prohíben la negligencia, el descuido, la profanación del día y el ocuparse innecesariamente en asuntos mundanos.

Ezeq. 22:26; Hech. 20:7, 9; Ezeq. 33:30-32; Amós 8:5; Mal. 1:13; Ezeq. 23:38; Jer. 17:24, 27; Isa. 58:13.

P. 120. ¿Qué razones se añaden al cuarto mandamiento?

R. Las razones son la equidad del mandato, el derecho especial de Dios sobre el día, su ejemplo en la creación y la bendición que le dio.

Ex. 20:9; Ex. 20:10; Ex. 20:11.

P. 121. ¿Por qué se pone la palabra “acuérdate” al comienzo del cuarto mandamiento?

R. La palabra acuérdate se pone al comienzo del cuarto mandamiento, en parte por el gran beneficio de recordarlo, pues así somos ayudados en nuestra preparación para guardarlo; y, al guardarlo, a guardar mejor todos los demás mandamientos, y a mantener un recuerdo agradecido de los dos grandes beneficios de la creación y la redención, que contienen un breve compendio de la religión; y en parte porque somos muy propensos a olvidarlo, ya que hay menos luz de la naturaleza para él, y sin embargo restringe nuestra libertad natural en cosas que en otros tiempos son lícitas; porque viene solo una vez cada siete días, y muchos asuntos mundanos se interponen, desviando nuestra mente de pensar en él, ya sea para prepararnos o para santificarlo; y porque Satanás y sus instrumentos trabajan mucho para borrar su gloria e incluso su memoria, para introducir toda irreligión e impiedad.

Ex. 20:8; Ex. 16:23; Luc. 23:54, 56; Mar. 15:42; Neh. 13:19; Sal. 92 (título), Sal. 92:13-14; Ezeq. 20:12, 19-20; Gén. 2:2-3; Sal. 118:22, 24; Hech. 4:10-11; Apoc. 1:10; Ezeq. 22:26; Neh. 9:14; Ex. 34:21; Deut. 5:14-15; Amós 8:5; Lam. 1:7; Jer. 17:21-23; Neh. 13:15-23.

P. 122. ¿Cuál es el resumen de los seis mandamientos que contienen nuestro deber hacia el hombre?

R. El resumen de los seis mandamientos que contienen nuestro deber hacia el hombre es amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, y hacer a los demás lo que queremos que ellos hagan con nosotros.

Mat. 22:39; Mat. 7:12.

P. 123. ¿Cuál es el quinto mandamiento?

R. El quinto mandamiento es: Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.

Ex. 20:12.

P. 124. ¿Quiénes se entienden por padre y madre en el quinto mandamiento?

R. Por padre y madre se entienden no solo los padres naturales, sino todos los superiores en edad y dones; y especialmente aquellos que, por orden de Dios, están sobre nosotros en autoridad, ya sea en la familia, la iglesia o la sociedad.

Prov. 23:22, 25; Ef. 6:1-2; 1 Tim. 5:1-2; Gén. 4:20-22; Gén. 45:8; 2 Rey. 5:13; 2 Rey. 2:12; 2 Rey. 13:14; Gál. 4:19; Isa. 49:23.

P. 125. ¿Por qué a los superiores se les llama padre y madre?

R. A los superiores se les llama padre y madre para enseñarles a ejercer sus deberes con amor y ternura, como padres naturales; y para mover a los inferiores a cumplir sus deberes con mayor disposición y agrado.

Ef. 6:4; 2 Cor. 12:14; 1 Tes. 2:7-8, 11; Núm. 11:11-12; 1 Cor. 4:14-16; 2 Rey. 5:13.

P. 126. ¿Cuál es el propósito general del quinto mandamiento?

R. El propósito general es el cumplimiento de los deberes mutuos en nuestras diversas relaciones: como inferiores, superiores o iguales.

Ef. 5:21; 1 Ped. 2:17; Rom. 12:10.

P. 127. ¿Qué honra deben los inferiores a sus superiores?

R. Deben mostrar reverencia en corazón, palabra y conducta; orar por ellos; imitar sus virtudes; obedecer sus mandatos legítimos; someterse a su disciplina; defender su autoridad; soportar sus debilidades y cubrirlas con amor.

Mal. 1:6; Lev. 19:3; Prov. 31:28; 1 Ped. 3:6; Lev. 19:32; 1 Rey. 2:19; 1 Tim. 2:1-2; Heb. 13:7; Fil. 3:17; Ef. 6:1-2, 5-7; 1 Ped. 2:13-14; Rom. 13:1-5; Heb. 13:17; Prov. 4:3-4; Prov. 23:22; Ex. 18:19, 24; Heb. 12:9; 1 Ped. 2:18-20; Tito 2:9-10; 1 Sam. 26:15-16; 2 Sam. 18:3; Est. 6:2; Mat. 22:21; Rom. 13:6-7; 1 Tim. 5:17-18; Gál. 6:6; Gén. 45:11; Gén. 47:12; 1 Ped. 2:18; Prov. 23:22; Gén. 9:23; Sal. 127:3-5; Prov. 31:23.

P. 128. ¿Cuáles son los pecados de los inferiores contra sus superiores?

R. Son descuidar sus deberes, despreciar, rebelarse, maldecir, burlarse y comportarse de manera deshonrosa.

Mat. 15:4-6; Núm. 11:28-29; 1 Sam. 8:7; Isa. 3:5; 2 Sam. 15:1-12; Ex. 21:15; 1 Sam. 10:27; 1 Sam. 2:25; Deut. 21:18-21; Prov. 30:11, 17; Prov. 19:26.

P. 129. ¿Qué se requiere de los superiores hacia los inferiores?

R. Amar, orar por ellos, instruirlos, corregirlos, recompensarlos, protegerlos y vivir de manera ejemplar.

Col. 3:19; Tito 2:4; 1 Sam. 12:23; Job 1:5; 1 Rey. 8:55-56; Heb. 7:7; Gén. 49:28; Deut. 6:6-7; Ef. 6:4; 1 Ped. 3:7; 1 Ped. 2:14; Rom. 13:3; Est. 6:3; Rom. 13:3-4; Prov. 29:15; 1 Ped. 2:14; Job 29:12-17; Isa. 1:10, 17; Ef. 6:4; 1 Tim. 5:8; 1 Tim. 4:12; Tito 2:3-5; 1 Rey. 3:28; Tito 2:15.

P. 130. ¿Cuáles son los pecados de los superiores?

R. Negligencia, abuso de autoridad, buscar su propio beneficio, mandar lo indebido, provocar injustamente, o comportarse de manera indebida.

Ezeq. 34:2-4; Fil. 2:21; Juan 5:44; Juan 7:18; Isa. 56:10-11; Deut. 17:17; Dan. 3:4-6; Hech. 4:17-18; Ex. 5:10-18; Mat. 23:2, 4; Mat. 14:8; Mar. 6:24; 2 Sam. 13:28; 1 Sam. 3:13; Juan 7:46-49; Col. 3:21; Ex. 5:17; 1 Ped. 2:18-20; Heb. 12:10; Deut. 25:3; Gén. 38:11, 26; Hech. 18:17; Ef. 6:4; Gén. 9:21; 1 Rey. 12:13-16; 1 Rey. 1:6; 1 Sam. 2:29-31.

P. 131. ¿Cuáles son los deberes de los iguales?

R. Los deberes de los iguales son reconocer la dignidad y valor unos de otros, dándose honor mutuamente; y gozarse en los dones y el progreso de los demás como si fueran propios.

1 Ped. 2:17; Rom. 12:10; Rom. 12:15-16; Fil. 2:3-4.

P. 132. ¿Cuáles son los pecados de los iguales?

R. Los pecados de los iguales son, además del descuido de los deberes requeridos, menospreciar el valor de otros, envidiar sus dones, entristecerse por su prosperidad o progreso, y usurpar preeminencia unos sobre otros.

Rom. 13:8; 2 Tim. 3:3; Hech. 7:9; Gál. 5:26; Núm. 12:2; Est. 6:12-13; 3 Juan 1:9; Luc. 22:24.

P. 133. ¿Cuál es la razón añadida al quinto mandamiento para reforzarlo?

R. La razón añadida en estas palabras, “para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da”, es una promesa expresa de larga vida y prosperidad, en la medida en que sirva para la gloria de Dios y el bien de quienes guardan este mandamiento.

Ex. 20:12; Deut. 5:16; 1 Rey. 8:25; Ef. 6:2-3.

P. 134. ¿Cuál es el sexto mandamiento?

R. El sexto mandamiento es: No matarás.

Ex. 20:13.

P. 135. ¿Cuáles son los deberes requeridos en el sexto mandamiento?

R. Los deberes requeridos en el sexto mandamiento son todos los esfuerzos diligentes y medios lícitos para preservar la vida propia y la de otros; resistiendo pensamientos y propósitos pecaminosos, dominando las pasiones, evitando ocasiones de violencia; defendiéndonos legítimamente; soportando pacientemente la mano de Dios; manteniendo paz interior; moderación en comida, bebida, descanso y trabajo; mostrando amor, compasión, mansedumbre y bondad; hablando y actuando pacíficamente; perdonando ofensas; haciendo bien por mal; consolando a los afligidos y protegiendo a los inocentes.

Ef. 5:28-29; 1 Rey. 18:4; Jer. 26:15-16; Hech. 23:12, 16-17, 21, 27; Ef. 4:26-27; 2 Sam. 2:22; Deut. 22:8; Mat. 4:6-7; Prov. 1:10-11, 15-16; 1 Sam. 24:12; 1 Sam. 26:9-11; Gén. 37:21-22; Sal. 82:4; Prov. 24:11-12; 1 Sam. 14:45; Stg. 5:7-11; Heb. 12:9; 1 Tes. 4:11; 1 Ped. 3:3-4; Sal. 37:8-11; Prov. 17:22; Prov.

P. 136. ¿Cuáles son los pecados prohibidos en el sexto mandamiento?

R. Los pecados prohibidos son quitar la vida propia o ajena injustamente; descuidar los medios para preservarla; ira pecaminosa, odio, envidia, deseos de venganza; pasiones desordenadas; excesos; palabras provocadoras; opresión, violencia y todo lo que conduzca a la destrucción de la vida.

Hech. 16:28; Gén. 9:6; Núm. 35:31, 33; Jer. 48:10; Deut. 20:1-20; Ex. 22:2-3; Mat. 25:42-43; Stg. 2:15-16; Ecl. 6:1-2; Mat. 5:22; 1 Juan 3:15; Lev. 19:17; Prov. 14:30; Rom. 12:19; Ef. 4:31; Mat. 6:31, 34; Luc. 21:34; Rom. 13:13; Ecl. 12:12; Ecl. 2:22-23; Isa. 5:12; Prov. 15:1; Prov. 12:18; Ezeq. 18:18; Ex. 1:14; Gál. 5:15; Prov. 23:29; Núm. 35:16-18, 21; Ex. 21:18-36.

P. 137. ¿Cuál es el séptimo mandamiento?

R. El séptimo mandamiento es: No cometerás adulterio.

Ex. 20:14.

P. 138. ¿Cuáles son los deberes requeridos en el séptimo mandamiento?

R. Los deberes requeridos son la pureza en cuerpo, mente, afectos, palabras y conducta; preservarla en nosotros y en otros; vigilancia de los sentidos; templanza; compañía casta; modestia; matrimonio cuando sea necesario; amor conyugal; diligencia en el trabajo; y evitar toda ocasión de impureza.

1 Tes. 4:4; Job 31:1; 1 Cor. 7:34; Col. 4:6; 1 Ped. 3:2; 1 Cor. 7:2, 35-36; Job 31:1; Hech. 24:24-25; Prov. 2:16-20; 1 Tim. 2:9; 1 Cor. 7:2, 9; Prov. 5:19-20; 1 Ped. 3:7; Prov. 31:11, 27-28; Prov. 5:8; Gén. 39:8-10.

P. 139. ¿Cuáles son los pecados prohibidos en el séptimo mandamiento?

R. Son el adulterio, fornicación, impurezas, pensamientos y actos inmorales, lenguaje corrupto, conducta indecente, vestimenta provocativa, prácticas sexuales ilícitas y todo lo que promueva la impureza.

Prov. 5:7; Heb. 13:4; Gál. 5:19; 2 Sam. 13:14; 1 Cor. 5:1; Rom. 1:24, 26-27; Lev. 20:15-16; Mat. 5:28; Mat. 15:19; Col. 3:5; Ef. 5:3-4; Prov. 7:5, 21-22; Isa. 3:16; 2 Ped. 2:14; Prov. 7:10, 13; 1 Tim. 4:3; Lev. 18:1-21; Mar. 6:18; Mal. 2:11-12; 1 Rey. 15:12; 2 Rey. 23:7; Deut. 23:17-18; Lev. 19:29; Jer. 5:7; Prov. 7:24-27; Mat. 19:10-11; 1 Cor. 7:7-9; Gén. 38:26; Mal. 2:14-15; Mat. 19:5; Mal. 2:16; Mat. 5:32; 1 Cor. 7:12-13; Ezeq. 16:49; Prov. 23:30-33; Gén. 39:10; Prov. 5:8; Ef. 5:4; Ezeq. 23:14-16; Isa. 23:15-17; Isa. 3:16; Mar. 6:22; Rom. 13:13; 1 Ped. 4:3; 2 Rey. 9:30; Jer. 4:30; Ezeq. 23:40.

P. 140. ¿Cuál es el octavo mandamiento?

R. El octavo mandamiento es: No hurtarás.

Ex. 20:15.

P. 141. ¿Cuáles son los deberes requeridos en el octavo mandamiento?

R. Los deberes requeridos en el octavo mandamiento son: la verdad, la fidelidad y la justicia en los contratos y en el comercio entre hombre y hombre; dar a cada uno lo que le corresponde; la restitución de los bienes retenidos injustamente a sus legítimos dueños; dar y prestar libremente, conforme a nuestras capacidades y a las necesidades de otros; moderación en nuestros juicios, voluntad y afectos respecto a los bienes materiales; un cuidado prudente y diligente por adquirir, conservar, usar y disponer de aquellas cosas necesarias y convenientes para el sustento de nuestra naturaleza y conforme a nuestra condición; una vocación lícita y diligencia en ella; frugalidad; evitar pleitos innecesarios y fianzas u otros compromisos semejantes; y procurar, por todos los medios justos y lícitos, promover, preservar y aumentar el bienestar y la condición externa de otros, así como la nuestra propia.

Sal. 15:2, 4; Zac. 7:4, 10; Zac. 8:16-17; Rom. 13:7; Lev. 6:2-5; Luc. 19:8; Luc. 6:30, 38; 1 Juan 3:17; Ef. 4:28; Gál. 6:10; 1 Tim. 6:6-9; Gál. 6:14; 1 Tim. 5:8; Prov. 27:23-27; Ecl. 2:24; Ecl. 3:12-13; 1 Tim. 6:17-18; Isa. 38:1; Mat. 11:8; 1 Cor. 7:20; Gén. 2:15; Gén. 3:19; Ef. 4:28; Prov. 10:4; Juan 6:12; Prov. 21:20; 1 Cor. 6:1-9; Prov. 6:1-6; Prov. 11:15; Lev. 25:35; Deut. 22:1-4; Ex. 23:4-5; Gén. 47:14, 20; Fil. 2:4; Mat. 22:39.

P. 142. ¿Cuáles son los pecados prohibidos en el octavo mandamiento?

R. Los pecados prohibidos en el octavo mandamiento, además del descuido de los deberes requeridos, son: el hurto, el robo, el secuestro de personas y recibir cosas robadas; prácticas fraudulentas; pesas y medidas falsas; mover linderos; injusticia e infidelidad en contratos o depósitos; opresión; extorsión; usura; soborno; pleitos abusivos; apropiación injusta de tierras; monopolizar bienes para subir precios; ocupaciones ilícitas; y todas las demás formas injustas de quitar o retener lo que pertenece a otro o de enriquecernos; la codicia; el amor desordenado a los bienes materiales; preocupaciones ansiosas; envidia; ociosidad; derroche; juegos destructivos; y todo lo que perjudica nuestra propia condición externa.

Stg. 2:15-16; 1 Juan 3:17; Ef. 4:28; Sal. 62:10; 1 Tim. 1:10; Prov. 29:24; Sal. 15:5; 1 Tes. 4:6; Prov. 11:1; Prov. 20:10; Deut. 19:14; Prov. 23:10; Amós 8:5; Sal. 37:21; Luc. 16:10-12; Ezeq. 22:29; Lev. 25:17; Mat. 23:25; Ezeq. 22:12; Sal. 15:5; Job 15:34; 1 Cor. 6:6-8; Prov. 3:29-30; Isa. 5:8; Miq. 2:2; Prov. 11:26; Hech. 19:19, 24-25; Job 20:19; Stg. 5:4; Prov. 21:6; Luc. 12:15; 1 Tim. 6:5; Col. 3:2; Prov. 23:5; Sal. 62:10; Mat. 6:25, 31, 34; Ecl. 5:12; Sal. 73:3; Sal. 37:1, 7; 2 Tes. 3:11; Prov. 18:9; Prov. 21:17; Prov. 23:20-21; Prov. 28:19; Ecl. 4:8; Ecl. 6:2; 1 Tim. 5:8.

P. 143. ¿Cuál es el noveno mandamiento?

R. El noveno mandamiento es: No darás falso testimonio contra tu prójimo.

Ex. 20:16.

P. 144. ¿Cuáles son los deberes requeridos en el noveno mandamiento?

R. Los deberes requeridos son preservar y promover la verdad y el buen nombre del prójimo y el nuestro; hablar la verdad con sinceridad; defender la justicia; estimar caritativamente a los demás; alegrarnos en su buen nombre; cubrir sus faltas; reconocer sus dones; rechazar chismes; cuidar nuestro propio buen nombre; cumplir promesas; y practicar todo lo verdadero, honorable y digno.

Zac. 8:16; 3 Juan 1:12; Prov. 31:8-9; Sal. 15:2; 2 Crón. 19:9; 1 Sam. 19:4-5; Jos. 7:19; 2 Sam. 14:18-20; Lev. 19:15; Prov. 14:5, 25; 2 Cor. 1:17-18; Ef. 4:25; Heb. 6:9; 1 Cor. 13:7; Rom. 1:8; 2 Juan 1:4; 3 Juan 1:3-4; 1 Cor. 1:4-5, 7; 2 Tim. 1:4-5; 1 Sam. 22:14; 1 Cor. 13:6-7; Sal. 15:3; Prov. 25:23; Prov. 26:24-25; Sal. 101:5; Prov. 22:1; Juan 8:49; Sal. 15:4; Fil. 4:8; 2 Cor. 2:4; 2 Cor. 12:21; Prov. 17:9; 1 Ped. 4:8.

P. 145. ¿Cuáles son los pecados prohibidos en el noveno mandamiento?

R. Son todos los que perjudican la verdad y el buen nombre, como falso testimonio, mentira, calumnia, chismes, juicios injustos, hipocresía, exageraciones, encubrimientos indebidos, sospechas injustas, envidia, burla, y todo lo que daña la reputación.

1 Sam. 17:28; 2 Sam. 16:3; 2 Sam. 1:9-10, 15-16; Lev. 19:15; Hab. 1:4; Prov. 19:5; Prov. 6:16, 19; Hech. 6:13; Jer. 9:3, 5; Hech. 24:2, 5; Sal. 12:3-4; Sal. 52:1-4; Prov. 17:15; 1 Rey. 21:9-14; Isa. 5:23; Sal. 119:69; Luc. 19:8; Luc. 16:5-7; Lev. 5:1; Deut. 13:8; Hech. 5:3, 8-9; 2 Tim. 4:16; 1 Rey. 1:6; Lev. 19:17; Isa. 59:4; Prov. 29:11; 1 Sam. 22:9-10; Sal. 52:1-5; Sal. 56:5; Juan 2:19; Mat. 26:60-61; Gén. 3:5; Gén. 26:7, 9; Isa. 59:13; Lev. 19:11; Col. 3:9; Sal. 50:20; Sal. 15:3; Stg. 4:11; Jer. 38:4; Lev. 19:16; Rom. 1:29-30; Gén. 21:9; Gál. 4:29; 1 Cor. 6:10; Mat. 7:1; Hech. 28:4; Gén. 38:24; Rom. 2:1; Neh. 6:6-8; Rom. 3:8; Sal. 69:10; 1 Sam. 1:13-15; 2 Sam. 10:3; Sal. 12:2-3; 2 Tim. 3:2; Luc. 18:9, 11; Rom. 12:16; 1 Cor. 4:6; Hech. 12:22; Ex. 4:10-14; Job 27:5-6; Job 4:6; Mat. 7:3-5; Prov. 28:13; Prov. 30:20; Gén. 3:12-13; Jer. 2:35; 2 Rey. 5:25; Gén. 4:9; Gén. 9:22; Prov. 25:9-10; Ex. 23:1; Prov. 29:12; Hech. 7:56-57; Job 31:13-14; 1 Cor. 13:5; 1 Tim. 6:4; Núm. 11:29; Mat. 21:15; Esd. 4:12-13; Jer. 48:27; Sal. 35:15-16, 21; Mat. 27:28-29; Jud. 1:16; Hech. 12:22; Rom. 1:31; 2 Tim. 3:3; 1 Sam. 2:24; 2 Sam. 13:12-13; Prov. 5:8-9; Prov. 6:33.

P. 146. ¿Cuál es el décimo mandamiento?

R. El décimo mandamiento es: No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo.

Ex. 20:17.

P. 147. ¿Cuáles son los deberes requeridos en el décimo mandamiento?

R. Los deberes requeridos en el décimo mandamiento son: un pleno contentamiento con nuestra propia condición, y una disposición caritativa de toda el alma hacia nuestro prójimo, de tal manera que todos nuestros movimientos internos y afectos hacia él tiendan a promover todo el bien que le pertenece.

Heb. 13:5; 1 Tim. 6:6; Job 31:29; Rom. 12:15; Sal. 122:7-9; 1 Tim. 1:5; Est. 10:3; 1 Cor. 13:4-7.

P. 148. ¿Cuáles son los pecados prohibidos en el décimo mandamiento?

R. Los pecados prohibidos en el décimo mandamiento son: el descontento con nuestra propia condición; la envidia y el pesar por el bien de nuestro prójimo, juntamente con todos los movimientos y afectos desordenados hacia cualquier cosa que le pertenece.

1 Rey. 21:4; Est. 5:13; 1 Cor. 10:10; Gál. 5:26; Stg. 3:14, 16; Sal. 112:9-10; Neh. 2:10; Rom. 7:7-8; Rom. 13:9; Col. 3:5; Deut. 5:21.

P. 149. ¿Es algún hombre capaz de guardar perfectamente los mandamientos de Dios?

R. Ningún hombre es capaz, ni por sí mismo ni por ninguna gracia recibida en esta vida, de guardar perfectamente los mandamientos de Dios, sino que diariamente los quebranta en pensamiento, palabra y obra.

Stg. 3:2; Juan 15:5; Rom. 8:3; Ecl. 7:20; 1 Juan 1:8, 10; Gál. 5:17; Rom. 7:18-19; Gén. 6:5; Gén. 8:21; Rom. 3:9-19; Stg. 3:2-13.

P. 150. ¿Son todas las transgresiones de la ley de Dios igualmente graves en sí mismas y delante de Dios?

R. Todas las transgresiones de la ley de Dios no son igualmente graves; sino que algunos pecados, en sí mismos y por razón de diversas agravantes, son más graves delante de Dios que otros.

Juan 19:11; Ezeq. 8:6, 13, 15; 1 Juan 5:16; Sal. 78:17, 32, 56.

P. 151. ¿Cuáles son esas agravantes que hacen algunos pecados más graves que otros?

R. Los pecados reciben sus agravantes:

  • Por las personas que pecan: si son de mayor edad, experiencia o gracia; eminentes por su profesión, dones, posición u oficio; guías de otros, y cuyo ejemplo es probable que otros sigan.
  • Por las personas ofendidas: si es directamente contra Dios, sus atributos y culto; contra Cristo y su gracia; contra el Espíritu Santo, su testimonio y obra; contra superiores, personas eminentes, o aquellos con quienes tenemos relación special; contra cualquiera de los santos, especialmente los débiles; contra sus almas o las de otros; y contra el bien común de muchos.
  • Por la naturaleza y calidad del pecado: si es contra la letra expresa de la ley; si quebranta muchos mandamientos; si incluye muchos pecados; si no solo se concibe en el corazón sino que se expresa en palabras y hechos; si escandaliza; si no admite reparación; si es contra medios, misericordias, juicios, luz natural, convicción de conciencia, amonestaciones, censuras o castigos; si es contra nuestras oraciones, promesas, votos o pactos; si es deliberado, voluntario, presuntuoso, descarado, frecuente, obstinado, con deleite o reincidente.
  • Por las circunstancias de tiempo y lugar: si ocurre en el día del Señor o en tiempos de culto; antes o después de estos; en público o delante de otros, provocando a otros al pecado.


Jer. 2:8; Job 32:7, 9; Ecl. 4:13; 1 Rey. 11:4, 9; 2 Sam. 12:14; 1 Cor. 5:1; Stg. 4:17; Luc. 12:47-48; Jer. 5:4-5; 2 Sam. 12:7-9; Ezeq. 8:11-12; Rom. 2:17-24; Gál. 2:11-14; Mat. 21:38-39; 1 Sam. 2:25; Hech. 5:4; Sal. 51:4; Rom. 2:4; Mal. 1:8, 14; Heb. 2:2-3; Heb. 12:25; Heb. 10:29; Mat. 12:31-32; Ef. 4:30; Heb. 6:4-6; Jud. 1:8; Núm. 12:8-9; Isa. 3:5; Prov. 30:17; 2 Cor. 12:15; Sal. 55:12-15; Sof. 2:8, 10-11; Mat. 18:6; 1 Cor. 6:8; Apoc. 17:6; 1 Cor. 8:11-12; Rom. 14:13, 15, 21; Ezeq. 13:19; 1 Cor. 8:12; Apoc. 18:12-13; Mat. 23:15; 1 Tes. 2:15-16; Jos. 22:20; Prov. 6:30-33; Esd. 9:10-12; 1 Rey. 11:9-10; Col. 3:5; 1 Tim. 6:10; Prov. 5:8-12; Prov. 6:32-33; Jos. 7:21; Stg. 1:14-15; Mat. 5:22; Miq. 2:1; Mat. 18:7; Rom. 2:23-24; Deut. 22:22, 28-29; Prov. 6:32-35; Mat. 11:21-24; Juan 15:22; Isa. 1:3; Deut. 32:6; Amós 4:8-11; Jer. 5:3; Rom. 1:26-27; Rom. 1:32; Dan. 5:22; Tito 3:10-11; Prov. 29:1; Tito 3:10; Mat. 18:17; Prov. 27:22; Prov. 23:35; Sal. 78:34-37; Jer. 2:20; Jer. 42:5-6, 20-21; Ecl. 5:4-6; Prov. 20:25; Lev. 26:25; Prov. 2:17; Ezeq. 17:18-19; Sal. 36:4; Jer. 6:16; Núm. 15:30; Ex. 21:14; Jer. 3:3; Prov. 7:13; Sal. 52:1; 3 Juan 1:10; Núm. 14:22; Zac. 7:11-12; Prov. 2:14; Isa. 57:17; Jer. 34:8-11; 2 Ped. 2:20-22; 2 Rey. 5:26; Jer. 7:10; Isa. 26:10; Ezeq. 23:37-39; Isa. 58:3-5; Núm. 25:6-7; 1 Cor. 11:20-21; Jer. 7:8-10; Prov. 7:14-15; Juan 13:27, 30; Esd. 9:13-14; 2 Sam. 16:22; 1 Sam. 2:22-24.

P. 152. ¿Qué merece todo pecado de parte de Dios?

R. Todo pecado, aun el más pequeño, siendo contra la soberanía, bondad y santidad de Dios, y contra su ley justa, merece su ira y maldición, tanto en esta vida como en la venidera; y no puede ser expiado sino por la sangre de Cristo.

Stg. 2:10-11; Ex. 20:1-2; Hab. 1:13; Lev. 10:3; Lev. 11:44-45; 1 Juan 3:4; Rom. 7:12; Ef. 5:6; Gál. 3:10; Lam. 3:39; Deut. 28:15-68; Mat. 25:41; Heb. 9:22; 1 Ped. 1:18-19.

P. 153. ¿Qué requiere Dios de nosotros para que escapemos de su ira y maldición, debidas a nosotros por causa de la transgresión de la ley?

R. Para que escapemos de la ira y maldición de Dios, debidas a nosotros por causa de la transgresión de la ley, Él requiere de nosotros arrepentimiento para con Dios, fe para con nuestro Señor Jesucristo y el uso diligente de los medios externos por los cuales Cristo nos comunica los beneficios de su mediación.

Hech. 20:21; Mat. 3:7-8; Luc. 13:3, 5; Hech. 16:30-31; Juan 3:16, 18; Prov. 2:1-5; Prov. 8:33-36.

P. 154. ¿Cuáles son los medios externos por los cuales Cristo nos comunica los beneficios de su mediación?

R. Los medios externos y ordinarios por los cuales Cristo comunica a su Iglesia los beneficios de su mediación son todas sus ordenanzas; especialmente la Palabra, los sacramentos y la oración; todos los cuales son hechos eficaces para la salvación de los elegidos.

Mat. 28:19-20; Hech. 2:42, 46-47.

P. 155. ¿Cómo es hecha eficaz la Palabra para salvación?

R. El Espíritu de Dios hace de la lectura, pero especialmente de la predicación de la Palabra, un medio eficaz para alumbrar, convencer y humillar a los pecadores; para sacarlos de sí mismos y atraerlos a Cristo; para conformarlos a su imagen y sujetarlos a su voluntad; para fortalecerlos contra tentaciones y corrupciones; para edificarlos en gracia y afirmar sus corazones en santidad y consuelo, por medio de la fe para salvación.

Neh. 8:8; Hech. 26:18; Sal. 19:8; 1 Cor. 14:24-25; 2 Crón. 34:18-19, 26-28; Hech. 2:37, 41; Hech. 8:27-39; 2 Cor. 3:18; 2 Cor. 10:4-6; Rom. 6:17; Mat. 4:4, 7, 10; Ef. 6:16-17; Sal. 19:11; 1 Cor. 10:11; Hech. 20:32; 2 Tim. 3:15-17; Rom. 16:25; 1 Tes. 3:2, 10-11, 13; Rom. 15:4; Rom. 10:13-17; Rom. 1:16.

P. 156. ¿Debe la Palabra de Dios ser leída por todos?

R. Aunque no se debe permitir que todos lean públicamente la Palabra a la congregación, sin embargo, toda clase de personas está obligada a leerla aparte por sí misma y con sus familias; y con ese fin, las Santas Escrituras han de ser traducidas de las lenguas originales a las lenguas vernáculas.

Deut. 31:9, 11-13; Neh. 8:2-3; Neh. 9:3-5; Deut. 17:19; Apoc. 1:3; Juan 5:39; Isa. 34:16; Deut. 6:6-9; Gén. 18:17, 19; Sal. 78:5-7; 1 Cor. 14:6, 9, 11-12, 15-16, 24, 27-28.

P. 157. ¿Cómo debe ser leída la Palabra de Dios?

R. Las Santas Escrituras han de ser leídas con una alta y reverente estima de ellas; con firme persuasión de que son la verdadera Palabra de Dios y de que solo Él puede capacitarnos para entenderlas; con deseo de conocer, creer y obedecer la voluntad de Dios revelada en ellas; con diligencia y atención a su contenido y propósito; con meditación, application, negación de nosotros mismos y oración.

Sal. 19:10; Neh. 8:3-10; Ex. 24:7; 2 Crón. 34:27; Isa. 66:2; 2 Ped. 1:19-21; Luc. 24:45; 2 Cor. 3:13-16; Deut. 17:19-20; Hech. 17:11; Hech. 8:30, 34; Luc. 10:26-28; Sal. 1:2; Sal. 119:97; 2 Crón. 34:21; Prov. 3:5; Deut. 33:3; Prov. 2:1-6; Sal. 119:18; Neh. 8:6, 8.

P. 158. ¿Por quién debe ser predicada la Palabra de Dios?

R. La Palabra de Dios ha de ser predicada solamente por aquellos que estén suficientemente dotados y que además hayan sido debidamente aprobados y llamados a ese oficio.

1 Tim. 3:2, 6; Ef. 4:8-11; Os. 4:6; Mal. 2:7; 2 Cor. 3:6; Jer. 14:15; Rom. 10:15; Heb. 5:4; 1 Cor. 12:28-29; 1 Tim. 3:10; 1 Tim. 4:14; 1 Tim. 5:22.

P. 159. ¿Cómo debe ser predicada la Palabra de Dios por aquellos que son llamados a ello?

R. Los que son llamados a trabajar en el ministerio de la Palabra han de predicar sana doctrina, diligentemente, a tiempo y fuera de tiempo; claramente, no con palabras persuasivas de sabiduría humana, sino con demostración del Espíritu y de poder; fielmente, dando a conocer todo el consejo de Dios; sabiamente, aplicándose a las necesidades y capacidades de los oyentes; celosamente, con ferviente amor a Dios y a las almas de su pueblo; sinceramente, procurando su gloria y la conversión, edificación y salvación de ellos.

Tito 2:1, 8; Hech. 18:25; 2 Tim. 4:2; 1 Cor. 14:19; 1 Cor. 2:4; Jer. 23:28; 1 Cor. 4:1-2; Hech. 20:27; Col. 1:28; 2 Tim. 2:15; 1 Cor. 3:2; Heb. 5:12-14; Luc. 12:42; Hech. 18:25; 2 Cor. 5:13-14; Fil. 1:15-17; Col. 4:12; 2 Cor. 12:15; 2 Cor. 2:17; 2 Cor. 4:2; 1 Tes. 2:4-6; Juan 7:18; 1 Cor. 9:19-22; 2 Cor.

P. 160. ¿Qué se requiere de aquellos que oyen la Palabra predicada?

R. Se requiere de aquellos que oyen la Palabra predicada que atiendan a ella con diligencia, preparación y oración; que examinen por las Escrituras lo que oyen; que reciban la verdad con fe, amor, mansedumbre y prontitud de ánimo, como la Palabra de Dios; que mediten en ella y hablen de ella; que la escondan en sus corazones y den fruto de ella en sus vidas.

Prov. 8:34; 1 Ped. 2:1-2; Luc. 8:18; Sal. 119:18; Ef. 6:18-19; Hech. 17:11; Heb. 4:2; 2 Tes. 2:10; Stg. 1:21; Hech. 17:11; 1 Tes. 2:13; Luc. 9:44; Heb. 2:1; Luc. 24:14; Deut. 6:6-7; Prov. 2:1; Sal. 119:11; Luc. 8:15; Stg. 1:25.

P. 161. ¿Cómo llegan a ser los sacramentos medios eficaces de salvación?

R. Los sacramentos llegan a ser medios eficaces de salvación, no por ningún poder que haya en ellos mismos, ni por alguna virtud derivada de la piedad o intención de quien los administra, sino únicamente por la obra del Espíritu Santo y la bendición de Cristo, por quien fueron instituidos.

1 Ped. 3:21; Hech. 8:13, 23; 1 Cor. 3:6-7; 1 Cor. 12:13.

P. 162. ¿Qué es un sacramento?

R. Un sacramento es una ordenanza santa instituida por Cristo en su Iglesia, para significar, sellar y comunicar a aquellos que están dentro del pacto de gracia los beneficios de su mediación; para fortalecer e incrementar su fe y todas las demás gracias; para obligarlos a la obediencia; para testificar y fomentar su amor y comunión unos con otros; y para distinguirlos de los que están fuera.

Gén. 17:7, 10; Ex. 12:1-51; Mat. 28:19; Mat. 26:26-28; Rom. 4:11; 1 Cor. 11:24-25; Rom. 15:8; Ex. 12:48; Hech. 2:38; 1 Cor. 10:16; Rom. 4:11; Gál. 3:27; Rom. 6:3-4; 1 Cor. 10:21; Ef. 4:2-5; 1 Cor. 12:13; Ef. 2:11; Gén. 34:14.

P. 163. ¿Cuáles son las partes de un sacramento?

R. R. Las partes de un sacramento son dos: una, un signo externo y sensible usado conforme a la institución de Cristo; la otra, una gracia interna y espiritual significada por medio de él.

Mat. 3:11; 1 Ped. 3:21; Rom. 2:28-29.

P. 164. ¿Cuántos sacramentos instituyó Cristo en su Iglesia bajo el Nuevo Testamento?

R. Bajo el Nuevo Testamento, Cristo ha instituido en su Iglesia solamente dos sacramentos: el Bautismo y la Cena del Señor.

Mat. 28:19; 1 Cor. 11:20, 23; Mat. 26:26-28.

P. 165. ¿Qué es el Bautismo?

R. El Bautismo es un sacramento del Nuevo Testamento, en el cual Cristo ha ordenado el lavamiento con agua en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, como señal y sello de nuestra unión con Él, de la remisión de pecados por su sangre y de la regeneración por su Espíritu; de la adopción y de la resurrección para vida eterna; y por medio del cual los bautizados son solemnemente admitidos en la Iglesia visible y entran en un compromiso abierto y profesado de ser enteramente del Señor.

Mat. 28:19; 2 Cor. 11:20, 23; Mat. 26:26-28; Mat. 5:26; Gál. 3:26-27; 1 Cor. 15:29; Rom. 6:5; 1 Cor. 12:13; Rom. 6:4.

P. 166. ¿A quiénes debe administrarse el Bautismo?

R. El Bautismo no debe administrarse a ninguno que esté fuera de la Iglesia visible, y por tanto extraño al pacto de la promesa, hasta que profesen su fe en Cristo y obediencia a Él; pero los niños descendientes de padres, ya sean ambos o uno solo, que profesen fe en Cristo y obediencia a Él, en ese sentido están dentro del pacto y deben ser bautizados.

Hech. 8:36-37; Hech. 2:38; Gén. 17:7, 9; Gál. 3:9, 14; Col. 2:11-12; Hech. 2:38-39; Rom. 4:11-12; 1 Cor. 7:14; Mat. 28:19; Luc. 18:15-16; Rom. 11:16.

P. 167. ¿Cómo debemos aprovechar nuestro Bautismo?

R. El necesario pero muy descuidado deber de aprovechar nuestro Bautismo debe practicarse durante toda nuestra vida, especialmente en tiempos de tentación y cuando presenciamos su administración a otros, mediante una seria y agradecida consideración de su naturaleza y de los fines para los cuales Cristo lo instituyó, de los privilegios y beneficios que confiere y sella, y de nuestro solemne voto hecho en él; humillándonos por nuestra contaminación pecaminosa y por no haber vivido conforme a la gracia del Bautismo; creciendo en la seguridad del perdón de pecados y de todas las bendiciones selladas en él; sacando fuerza de la muerte y resurrección de Cristo para mortificar el pecado y vivificar la gracia; y esforzándonos por vivir por fe, en santidad y justicia, como quienes han entregado su nombre a Cristo, y andando en amor fraternal como miembros de un mismo cuerpo.

Col. 2:11-12; Rom. 6:4, 6, 11; Rom. 6:3-5; 1 Cor. 1:11-13; Rom. 6:2-3; Rom. 4:11-12; 1 Ped. 3:21; Rom. 6:3-5; Gál. 3:26-27; Rom. 6:22; Hech. 2:38; 1 Cor. 12:13, 25-27.

P. 168. ¿Qué es la Cena del Señor?

R. La Cena del Señor es un sacramento del Nuevo Testamento, en el cual, mediante el dar y recibir pan y vino conforme a la institución de Jesucristo, se anuncia su muerte; y los que participan dignamente se alimentan de su cuerpo y sangre para su nutrición espiritual y crecimiento en gracia; tienen confirmada su unión y comunión con Él; testifican y renuevan su gratitud y compromiso con Dios; y su amor y comunión mutua como miembros del mismo cuerpo místico.

Luc. 22:20; Mat. 26:26-28; 1 Cor. 11:23-26; 1 Cor. 10:16; 1 Cor. 11:24; 1 Cor. 10:14-16, 21; 1 Cor. 10:17.

P. 169. ¿Cómo ha ordenado Cristo que se den y reciban el pan y el vino en la Cena del Señor?

R. Cristo ha ordenado que los ministros de su Palabra, al administrar este sacramento, aparten el pan y el vino del uso común mediante la palabra de institución, la acción de gracias y la oración; que tomen y partan el pan, y que den tanto el pan como el vino a los participantes; quienes, por la misma ordenanza, deben tomar y comer el pan y beber el vino, recordando con gratitud que el cuerpo de Cristo fue quebrantado y dado, y su sangre derramada por ellos.

1 Cor. 11:23-24; Mat. 26:26-28; Mar. 14:22-24; Luc. 22:19-20.

P. 170. ¿Cómo se alimentan del cuerpo y la sangre de Cristo los que participan dignamente en la Cena del Señor?

R. El cuerpo y la sangre de Cristo no están presentes corporal ni carnalmente en, con o bajo el pan y el vino; sin embargo, están espiritualmente presentes a la fe del que los recibe, tan verdadera y realmente como los elementos lo están a los sentidos externos; de modo que quienes participan dignamente se alimentan de Cristo no de manera corporal, sino espiritual, recibiéndolo y aplicándolo por fe, junto con todos los beneficios de su muerte.

Hech. 3:21; Mat. 26:26, 28; 1 Cor. 11:24-29; 1 Cor. 10:16.

P. 171. ¿Cómo deben prepararse antes de venir a la Cena del Señor los que reciben el sacramento de la Cena del Señor?

R. Los que reciben el sacramento de la Cena del Señor deben, antes de venir a él, prepararse examinándose a sí mismos acerca de si están en Cristo; acerca de sus pecados y necesidades; acerca de la verdad y medida de su conocimiento, fe, arrepentimiento, amor a Dios y a los hermanos, caridad para con todos los hombres, perdonando a los que les han hecho mal; acerca de sus deseos de Cristo y de su nueva obediencia; y renovando el ejercicio de estas gracias mediante seria meditación y ferviente oración.

1 Cor. 11:28; 2 Cor. 13:5; 1 Cor. 5:7; Ex. 12:15; 1 Cor. 11:29; 2 Cor. 13:5; Mat. 26:28; Zac. 12:10; 1 Cor. 11:31; 1 Cor. 10:16-17; Hech. 2:46-47; 1 Cor. 5:8; 1 Cor. 11:18, 20; Mat. 5:23-24; Isa. 55:1; Juan 7:37; 1 Cor. 5:7-8; 1 Cor. 11:25-26, 28; Heb. 10:21-22, 24; Sal. 26:6; 1 Cor.

P. 172. ¿Puede uno que duda de estar en Cristo, o de su debida preparación, venir a la Cena del Señor?

R. Uno que duda de estar en Cristo, o de su debida preparación para el sacramento de la Cena del Señor, puede tener verdadero interés en Cristo, aunque aún no esté asegurado de ello; y, delante de Dios, lo tiene, si está debidamente afectado por la aprensión de su falta, y desea sinceramente ser hallado en Cristo y apartarse de la iniquidad. En tal caso, porque las promesas son hechas y este sacramento es ordenado para alivio aun de cristianos débiles y dudosos, debe lamentar su incredulidad y procurar que sus dudas sean resueltas; y haciéndolo así, puede y debe venir a la Cena del Señor, para ser más fortalecido.

Isa. 1:10; 1 Juan 5:13; Sal. 88:1-18; Sal. 77:1-12; Jon. 2:4, 7; Isa. 54:7-10; Mat. 5:3-4; Sal. 31:22; Sal. 73:13, 22-23; Fil. 3:8-9; Sal. 10:17; Sal. 42:1-2, 5, 11; 2 Tim. 2:19; Isa. 1:10; Sal. 66:18-20; Isa. 40:11, 29, 31; Mat. 11:28; Mat. 12:20; Mat. 26:28; Mar. 9:24; Hech. 2:37; Hech. 16:30; Rom. 4:11; 1 Cor. 11:28.

P. 173. ¿Puede ser apartado de la Cena del Señor alguno que profesa la fe y desea venir a ella?

R. Aquellos que sean hallados ignorantes o escandalosos, a pesar de su profesión de fe y de su deseo de venir a la Cena del Señor, pueden y deben ser apartados de ese sacramento, por el poder que Cristo ha dejado en su Iglesia, hasta que reciban instrucción y manifiesten su reforma.

1 Cor. 11:27-34; Mat. 7:6; 1 Cor. 5:1-13; Jud. 1:23; 1 Tim. 5:22; 2 Cor. 2:7.

P. 174. ¿Qué se requiere de los que reciben el sacramento de la Cena del Señor durante el tiempo de su administración?

R. Se requiere de los que reciben el sacramento de la Cena del Señor que, durante el tiempo de su administración, con toda santa reverencia y atención esperen en Dios en esa ordenanza; observen diligentemente los elementos y acciones sacramentales; disciernan cuidadosamente el cuerpo del Señor; y mediten afectuosamente en su muerte y padecimientos, excitándose así a un vigoroso ejercicio de sus gracias: juzgándose a sí mismos y doliéndose por el pecado; teniendo hambre y sed sinceras de Cristo; alimentándose de Él por la fe; recibiendo de su plenitud; confiando en sus méritos; regocijándose en su amor; dando gracias por su gracia; renovando su pacto con Dios y su amor a todos los santos.

Lev. 10:3; Heb. 12:28; Sal. 5:7; 1 Cor. 11:17, 26-27; Ex. 24:8; Mat. 26:28; 1 Cor. 11:29; Luc. 22:19; 1 Cor. 11:26; 1 Cor. 10:3-5, 11, 14; 1 Cor. 11:31; Zac. 12:10; Apoc. 22:17; Juan 6:35; Juan 1:16; Fil. 3:9; Sal. 63:4-5; 2 Crón. 30:21; Sal. 22:26; Jer. 1:5; Sal. 1:5; Hech. 2:42.

P. 175. ¿Cuál es el deber de los cristianos después que han recibido el sacramento de la Cena del Señor?

R. El deber de los cristianos, después que han recibido el sacramento de la Cena del Señor, es considerar seriamente cómo se han comportado en él y con qué resultado; si encuentran avivamiento y consuelo, bendecir a Dios por ello, pedir la continuación de ello, velar contra recaídas, cumplir sus votos y animarse a una frecuente participación en esa ordenanza; pero si no hallan beneficio presente, revisar con mayor exactitud su preparación para el sacramento y su conducta en él. En ambos casos, si pueden aprobarse a sí mismos delante de Dios y de sus propias conciencias, deben esperar el fruto de ello a su debido tiempo; pero si ven que han fallado en cualquiera de los dos, deben humillarse y atender a ello después con mayor cuidado y diligencia.

Sal. 28:7; Sal. 85:8; 1 Cor. 11:17, 30-31; 2 Crón. 30:21-23, 25-26; Hech. 2:42, 46-47; Sal. 36:10; Cant. 3:4; 1 Crón. 29:18; 1 Cor. 10:3-5, 12; Sal. 1:14; 1 Cor. 11:25-26; Hech. 2:42, 46; Cant. 5:1-6; Ecl. 5:1-6; Sal. 73:1-2; Sal. 42:5, 8; Sal. 43:3-5; 2 Crón. 30:18-19; Isa. 1:16, 18; 2 Cor. 7:11; 1 Crón. 15:12-14.

P. 176. ¿En qué concuerdan los sacramentos del Bautismo y de la Cena del Señor?

R. Los sacramentos del Bautismo y de la Cena del Señor concuerdan en que el autor de ambos es Dios; la parte espiritual de ambos es Cristo y sus beneficios; ambos son sellos del mismo pacto, han de ser administrados por ministros del evangelio y por ningún otro; y han de continuar en la Iglesia de Cristo hasta su segunda venida.

Mat. 28:19; 1 Cor. 11:23; Rom. 6:3-4; 1 Cor. 10:16; Rom. 4:11; Col. 2:12; Mat. 26:27-28; Juan 1:33; Mat. 28:19; 1 Cor. 11:23; 1 Cor. 4:1; Heb. 5:4; Mat. 28:19-20; 1 Cor. 11:26.

P. 177. ¿En qué difieren los sacramentos del Bautismo y de la Cena del Señor?

R. Los sacramentos del Bautismo y de la Cena del Señor difieren en que el Bautismo debe administrarse una sola vez, con agua, para ser señal y sello de nuestra regeneración y de nuestra unión con Cristo, y esto aun a los infantes; mientras que la Cena del Señor debe administrarse frecuentemente, en los elementos de pan y vino, para representar y comunicar a Cristo como alimento espiritual para el alma, y para confirmar nuestra permanencia y crecimiento en Él, y esto solo a aquellos que tengan edad y capacidad para examinarse a sí mismos.

Mat. 3:11; Tito 3:5; Gál. 3:27; Gén. 17:7, 9; Hech. 2:38-39; 1 Cor. 7:14; 1 Cor. 11:23-26; 1 Cor. 10:16; 1 Cor. 11:28-29.

P. 178. ¿Qué es la oración?

R. La oración es la presentación de nuestros deseos ante Dios, en el nombre de Cristo, con la ayuda de su Espíritu, con confesión de nuestros pecados y agradecido reconocimiento de sus misericordias.

Sal. 62:8; Juan 16:23; Rom. 8:26; Sal. 32:5-6; Dan. 9:4; Fil. 4:6.

P. 179. ¿Debemos orar solamente a Dios?

R. Siendo solo Dios capaz de escudriñar los corazones, oír las peticiones, perdonar los pecados y cumplir los deseos de todos, y siendo solo Él quien debe ser creído y adorado con culto religioso, la oración, que es una parte especial de ese culto, debe ser hecha por todos solamente a Él y a ningún otro.

1 Rey. 8:39; Hech. 1:24; Rom. 8:27; Sal. 65:2; Miq. 7:18; Sal. 145:18-19; Rom. 10:14; Mat. 4:10; 1 Cor. 1:2; Sal. 50:15; Rom. 10:14.

P. 180. ¿Qué es orar en el nombre de Cristo?

R. Orar en el nombre de Cristo es, en obediencia a su mandamiento y confiando en sus promesas, pedir misericordia por causa de Él; no por la mera mención de su nombre, sino derivando de Cristo y de su mediación nuestro aliento para orar, y nuestra confianza, fortaleza y esperanza de ser aceptados en la oración.

Juan 14:13-14; Juan 16:24; Dan. 9:17; Mat. 7:21; Heb. 4:14-16; 1 Juan 5:13-15.

P. 181. ¿Por qué debemos orar en el nombre de Cristo?

R. La pecaminosidad del hombre, y su alejamiento de Dios por causa de ella, son tan grandes, que no podemos tener acceso a su presencia sin un mediador; y no habiendo nadie en el cielo ni en la tierra designado para, o apto para, esa gloriosa obra sino solo Cristo, no debemos orar en ningún otro nombre sino únicamente en el suyo.

Juan 14:6; Isa. 59:2; Ef. 3:12; Juan 6:27; Heb. 7:25-27; 1 Tim. 2:5; Col. 3:17; Heb. 13:15.

P. 182. ¿Cómo nos ayuda el Espíritu a orar?

R. No sabiendo nosotros qué pedir como conviene, el Espíritu ayuda nuestras debilidades, capacitándonos para entender por quiénes, qué cosas y cómo debe hacerse la oración; y obrando y avivando en nuestros corazones, aunque no en todas las personas ni en todo tiempo en la misma medida, aquellas percepciones, afectos y gracias que son requeridos para el cumplimiento correcto de ese deber.

Rom. 8:26-27; Sal. 10:17; Zac. 12:10.

P. 183. ¿Por quiénes debemos orar?

R. Debemos orar por toda la Iglesia de Cristo sobre la tierra; por los magistrados y ministros; por nosotros mismos, por nuestros hermanos, e incluso por nuestros enemigos; y por toda clase de hombres que ahora viven o que vivirán en el futuro; pero no por los muertos, ni por aquellos que se sabe que han cometido el pecado de muerte.

Ef. 6:18; Sal. 28:9; 1 Tim. 2:1-2; Col. 4:3; Gén. 32:11; Stg. 5:16; Mat. 5:44; 1 Tim. 2:1-2; Juan 17:20; 2 Sam. 7:29; 2 Sam. 12:21-23; 1 Juan 5:16.

P. 184. ¿Por qué cosas debemos orar?

R. Debemos orar por todas las cosas que tienden a la gloria de Dios, al bienestar de la Iglesia y al bien nuestro o de otros; pero no por cosa alguna que sea ilícita.

Mat. 6:9; Sal. 51:18; Sal. 122:6; Mat. 7:11; Sal. 125:4; 1 Juan 5:14.

P. 185. ¿Cómo debemos orar?

R. Debemos orar con una reverente conciencia de la majestad de Dios, y con un profundo sentido de nuestra indignidad, necesidades y pecados; con corazones arrepentidos, agradecidos y ensanchados; con entendimiento, fe, sinceridad, fervor, amor y perseverancia, esperando en Él, con humilde sumisión a su voluntad.

Ecl. 5:1; Gén. 18:27; Gén. 32:10; Luc. 15:17-19; Luc. 18:13-14; Sal. 51:17; Fil. 4:6; 1 Sam. 1:15; 1 Sam. 2:1; 1 Cor. 14:15; Mar. 11:24; Stg. 1:6; Sal. 145:18; Sal. 17:1; Stg. 5:16; 1 Tim. 2:8; Ef. 6:18; Miq. 7:7; Mat. 26:39.

P. 186. ¿Qué regla ha dado Dios para guiarnos en el deber de la oración?

R. Toda la Palabra de Dios es útil para guiarnos en el deber de la oración; pero la regla especial de dirección es aquella forma de oración que nuestro Salvador Cristo enseñó a sus discípulos, comúnmente llamada el Padrenuestro.

1 Juan 5:14; Mat. 6:9-13; Luc. 11:2-4.

P. 187. ¿Cómo debe usarse el Padrenuestro?

R. El Padrenuestro no es solamente para dirección, como un modelo conforme al cual debemos hacer otras oraciones, sino que también puede ser usado como oración, siempre que se haga con entendimiento, fe, reverencia y las demás gracias necesarias para el correcto cumplimiento del deber de la oración.

Mat. 6:9; Luc. 11:2.

P. 188. ¿De cuántas partes consta el Padrenuestro?

R. El Padrenuestro consta de tres partes: un prefacio, peticiones y una conclusión.

P. 189. ¿Qué nos enseña el prefacio del Padrenuestro?

R. El prefacio del Padrenuestro, contenido en estas palabras: Padre nuestro que estás en los cielos, nos enseña, cuando oramos, a acercarnos a Dios con confianza en su bondad paternal y en nuestro interés en ella; con reverencia, y con todas las demás disposiciones propias de hijos, afectos celestiales y debidas percepciones de su poder soberano, majestad y graciosa condescendencia; así también, a orar con y por otros.

Mat. 6:9; Luc. 11:13; Rom. 8:15; Isa. 64:9; Sal. 123:1; Lam. 3:41; Isa. 63:15-16; Neh. 1:4-6; Hech. 12:5.

P. 190. ¿Qué pedimos en la primera petición?

R. En la primera petición, que es: Santificado sea tu nombre, reconociendo la total incapacidad e indisposición que hay en nosotros y en todos los hombres para honrar rectamente a Dios, oramos que Dios por su gracia nos capacite y nos incline, a nosotros y a otros, a conocerle, reconocerle y estimarle altamente a Él, sus títulos, atributos, ordenanzas, Palabra, obras y todo aquello por lo cual le ha placido darse a conocer; y a glorificarle en pensamiento, palabra y obra; que prevenga y quite el ateísmo, la ignorancia, la idolatría, la profanidad y todo aquello que le deshonra; y que, por su providencia soberana, dirija y disponga todas las cosas para su propia gloria.

Mat. 6:9; 2 Cor. 3:5; Sal. 51:15; Sal. 67:2-3; Sal. 83:18; Sal. 86:10-13, 15; 2 Tes. 3:1; Sal. 147:19-20; Sal. 138:1-3; 2 Cor. 2:14-15; Sal. 145:1-21; Sal. 8; Sal. 103:1; Sal. 19:14; Fil. 1:9, 11; Sal. 67:1-4; Ef. 1:17-18; Sal. 97:7; Sal. 74:18, 22-23; 2 Rey. 19:15-16; 2 Crón. 20:6, 10-12; Sal. 83:1-18; Sal. 140:4-8.

P. 191. ¿Qué pedimos en la segunda petición?

R. En la segunda petición, que es: Venga tu reino, reconociendo que nosotros y toda la humanidad estamos por naturaleza bajo el dominio del pecado y de Satanás, oramos que el reino del pecado y de Satanás sea destruido; que el evangelio sea propagado por todo el mundo; que los judíos sean llamados, y que la plenitud de los gentiles sea traída; que la Iglesia sea provista de todos los oficiales y ordenanzas del evangelio, purgada de corrupción, favorecida y sostenida por los magistrados civiles; que las ordenanzas de Cristo sean administradas con pureza y hechas eficaces para la conversión de aquellos que todavía están en sus pecados, y para la confirmación, consolación y edificación de aquellos que ya están convertidos; que Cristo reine en nuestros corazones aquí, y apresure el tiempo de su segunda venida y de nuestro reinar con Él para siempre; y que le plazca ejercer de tal modo el reino de su poder en todo el mundo, que mejor conduzca a estos fines.

Mat. 6:10; Ef. 2:2-3; Sal. 68:1, 18; Apoc. 12:10-11; 2 Tes. 3:1; Rom. 10:1; Juan 17:9, 20; Rom. 11:25-26; Sal. 67:1-7; Mat. 9:38; 2 Tes. 3:1; Mal. 1:11; Sof. 3:9; 1 Tim. 2:1-2; Hech. 4:29-30; Ef. 3:14-20; Apoc. 22:20; Isa. 64:1-2; Apoc. 4:8-11; Ef. 6:18-20; Rom. 15:29-30, 32; 2 Tes. 1:11; 2 Tes. 2:16-17.

P. 192. ¿Qué pedimos en la tercera petición?

R. En la tercera petición, que es: Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra, reconociendo que por naturaleza nosotros y todos los hombres no solo somos totalmente incapaces y no estamos dispuestos a conocer y hacer la voluntad de Dios, sino que somos propensos a rebelarnos contra su Palabra, a quejarnos y murmurar contra su providencia, y completamente inclinados a hacer la voluntad de la carne y del diablo, oramos que Dios, por su Espíritu, quite de nosotros mismos y de otros toda ceguera, debilidad, indisposición y perversidad de corazón; y que por su gracia nos haga capaces y dispuestos a conocer, hacer y someternos a su voluntad en todas las cosas, con la misma humildad, alegría, fidelidad, diligencia, celo, sinceridad y constancia con que los ángeles lo hacen en el cielo.

Mat. 6:10; Rom. 7:18; Job 21:14; 1 Cor. 2:14; Rom. 8:7; Ex. 17:7; Núm. 14:2; Ef. 2:2; Ef. 1:17-18; Ef. 3:16; Mat. 26:40-41; Jer. 31:18-19; Sal. 119:1, 8, 35-36; Hech. 21:14; Miq. 6:8; Sal. 100:2; Job 1:21; 2 Sam. 15:25-26; Isa. 38:3; Sal. 119:4-5; Rom. 12:11; Sal. 119:80; Sal. 119:112; Isa. 6:2-3; Sal. 103:20-21; Mat. 18:10.

P. 193. ¿Qué pedimos en la cuarta petición?

R. En la cuarta petición, que es: El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy, reconociendo que en Adán, y por nuestro propio pecado, hemos perdido nuestro derecho a todas las bendiciones externas de esta vida, y merecemos ser totalmente privados de ellas por Dios, y que sean malditas para nosotros en su uso; y que ni ellas por sí mismas pueden sostenernos, ni nosotros podemos merecerlas, ni procurarlas por nuestra propia diligencia, sino que somos propensos a desearlas, obtenerlas y usarlas ilícitamente, oramos por nosotros y por otros, que tanto ellos como nosotros, esperando cada día en la providencia de Dios en el uso de medios lícitos, podamos disfrutar por su libre don, y según lo que a su sabiduría paternal le parezca mejor, de una porción conveniente de ellas, y que estas nos sean continuadas y bendecidas en su uso santo y consolador, y con contentamiento en ellas; y que seamos guardados de todas las cosas que son contrarias a nuestro sustento y consuelo temporal.

Mat. 6:11; Gén. 2:17; Gén. 3:17; Rom. 8:20-22; Jer. 5:25; Deut. 28:15-68; Deut. 8:3; Gén. 32:10; Deut. 8:17-18; Jer. 6:13; Mar. 7:21-22; Os. 12:7; Stg. 4:3; Gén. 43:12-14; Gén. 28:20; Ef. 4:28; 2 Tes. 3:11-12; Fil. 4:6; 1 Tim. 4:3-5; 1 Tim. 6:6-8; Prov. 30:8-9.

P. 194. ¿Qué pedimos en la quinta petición?

R. En la quinta petición, que es: Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores, reconociendo que nosotros y todos los demás somos culpables tanto del pecado original como del actual, y que por ello nos hacemos deudores a la justicia de Dios; y que ni nosotros ni ninguna otra criatura podemos dar la más mínima satisfacción por esa deuda, oramos por nosotros y por otros, para que Dios, por su libre gracia, mediante la obediencia y satisfacción de Cristo, aprehendida y aplicada por la fe, nos absuelva tanto de la culpa como del castigo del pecado, nos acepte en su Amado, continúe su favor y gracia para con nosotros, perdone nuestras faltas diarias y nos llene de paz y gozo, dándonos cada día más y más seguridad del perdón; lo cual somos tanto más animados a pedir, y alentados a esperar, cuando tenemos en nosotros este testimonio: que de corazón perdonamos a otros sus ofensas.

Mat. 6:12; Rom. 3:9-22; Mat. 18:24-25; Sal. 130:3-4; Rom. 3:24-26; Heb. 9:22; Ef. 1:6-7; 2 Ped. 1:2; Os. 14:2; Jer. 14:7; Rom. 15:13; Sal. 51:7-10, 12; Luc. 11:4; Mat. 6:14-15; Mat. 18:35.

P. 195. ¿Qué pedimos en la sexta petición?

R. En la sexta petición, que es: Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal, reconociendo que el Dios sapientísimo, justo y misericordioso, para diversos fines santos y justos, puede ordenar las cosas de tal manera que seamos asaltados, vencidos y por un tiempo llevados cautivos por las tentaciones; que Satanás, el mundo y la carne están poderosamente dispuestos a desviarnos y enredarnos; y que nosotros, aun después del perdón de nuestros pecados, por razón de nuestra corrupción, debilidad y falta de vigilancia, no solo estamos sujetos a ser tentados y somos propensos a exponernos a las tentaciones, sino que también somos por nosotros mismos incapaces y no dispuestos a resistirlas, a recobrarnos de ellas y a aprovecharlas, y merecemos ser dejados bajo su poder; oramos que Dios gobierne de tal manera el mundo y todo lo que hay en él, subyugue la carne y refrene a Satanás, ordene todas las cosas, conceda y bendiga todos los medios de gracia, y nos avive a velar en el uso de ellos, para que nosotros y todo su pueblo, por su providencia, seamos guardados de ser tentados al pecado; o, si somos tentados, que por su Espíritu seamos poderosamente sostenidos y capacitados para permanecer firmes en la hora de la tentación; o, cuando hayamos caído, seamos levantados otra vez y recobrados de ella, y tengamos un uso y provecho santificado de la misma; y que nuestra santificación y salvación sean perfeccionadas, Satanás sea hollado debajo de nuestros pies, y seamos plenamente librados del pecado, de la tentación y de todo mal para siempre.

Mat. 6:13; 2 Crón. 32:31; 1 Crón. 21:1; Luc. 21:34; Mar. 4:19; Stg. 1:14; Gál. 5:17; Mat. 26:41; Mat. 26:69-72; Gál. 2:11-14; 2 Crón. 18:3; 2 Crón. 19:2; Rom. 7:23-24; 1 Crón. 21:1-4; 2 Crón. 16:7-10; Sal. 81:11-12; Juan 17:15; Sal. 51:10; Sal. 119:133; 2 Cor. 12:7-8; 1 Cor. 10:12-13; Heb. 13:20-21; Mat. 26:41; Sal. 19:13; Ef. 3:14-17; 1 Tes. 3:13; Jud. 1:24; Sal.51:12; 1 Ped.5:8-10;2 Cor.13:7,9; Rom.16:20; Zac.3:2; Luc.12:31-32; Juan.17:15;1 Tes.5:23.

P. 196. ¿Qué nos enseña la conclusión del Padrenuestro?

R. La conclusión del Padrenuestro, que es: Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén, nos enseña a reforzar nuestras peticiones con argumentos, que no deben tomarse de ningún mérito en nosotros mismos ni en ninguna otra criatura, sino de Dios; y a unir alabanzas con nuestras oraciones, atribuyendo solo a Dios la soberanía eterna, la omnipotencia y la excelencia gloriosa; por lo cual, así como Él puede y quiere ayudarnos, así también nosotros, por la fe, somos animados a suplicarle que lo haga, y a descansar tranquilamente en que cumplirá nuestras peticiones. Y para testificar este nuestro deseo y seguridad, decimos: Amén.

Mat. 6:13; Rom. 15:30; Dan. 9:4, 7-9, 16-19; Fil. 4:6; 1 Crón. 29:10-13; Ef. 3:20-21; Luc. 11:13; 2 Crón. 20:6, 11; 2 Crón. 14:11; 1 Cor. 14:16; Apoc. 22:20-21.