Cánones Reformados · 1618–1619

Cánones
de Dort

Formulados por el Sínodo de Dordrecht en defensa de la gracia soberana de Dios en la salvación. La tercera de las Tres Formas de Unidad.

Volver a Credos y Confesiones
Primer punto principal de doctrina

De la divina elección y reprobación

El juicio acerca de la predestinación divina que el Sínodo declara conforme a la Palabra de Dios y aceptado hasta el presente en las iglesias reformadas, expuesto en varios artículos.

Artículo 1 El derecho de Dios a condenar a todos los seres humanos

Puesto que todos los seres humanos han pecado en Adán y han quedado bajo la sentencia de maldición y muerte eterna, Dios no habría cometido injusticia contra nadie si hubiera sido su voluntad dejar a todo el género humano en el pecado y bajo la maldición, y condenarlo por causa de su pecado. Como dice el apóstol: “El mundo entero está sujeto a la condenación de Dios” (Romanos 3:19); “Todos han pecado y están privados de la gloria de Dios” (Romanos 3:23); y “La paga del pecado es la muerte” (Romanos 6:23).

Artículo 2 La manifestación del amor de Dios

Pero Dios manifestó su amor de esta manera: envió a su Hijo unigénito al mundo, para que todo aquel que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna (1 Juan 4:9; Juan 3:16).

Artículo 3 La predicación del evangelio

Para que las personas lleguen a la fe, Dios, en su misericordia, envía mensajeros de esta gozosa noticia a quienes él quiere y en el momento que él quiere. Por medio de este ministerio, las personas son llamadas al arrepentimiento y a la fe en Cristo crucificado. Pues “¿cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin alguien que predique? ¿Y cómo predicarán si no han sido enviados?” (Romanos 10:14–15).

Artículo 4 Dos respuestas al evangelio

La ira de Dios permanece sobre quienes no creen este evangelio. Pero quienes lo aceptan y abrazan a Jesús el Salvador con una fe verdadera y viva son librados, por medio de él, de la ira de Dios y de la perdición, y reciben el don de la vida eterna.

Artículo 5 El origen de la incredulidad y de la fe

La causa de esta incredulidad y la culpa por ella, así como por todos los demás pecados, no se encuentran en absoluto en Dios, sino en el ser humano. Sin embargo, la fe en Jesucristo y la salvación por medio de él son un don gratuito de Dios. Como dice la Escritura: “Por gracia han sido salvados, mediante la fe; y esto no procede de ustedes mismos, sino que es un don de Dios” (Efesios 2:8). Asimismo: “Se les ha concedido gratuitamente creer en Cristo” (Filipenses 1:29).

Artículo 6 El decreto eterno de Dios

El hecho de que algunos reciban de Dios el don de la fe en el transcurso del tiempo y otros no lo reciban procede de su decreto eterno. Pues "Dios conoce todas sus obras desde la eternidad" (Hechos 15:18; Efesios 1:11). Conforme a este decreto, Dios, por su gracia, ablanda los corazones de los elegidos, por duros que sean, y los inclina a creer; pero, por un juicio justo, deja en su maldad y dureza de corazón a quienes no han sido elegidos. En esto se nos revela especialmente el acto de Dios de distinguir entre personas igualmente perdidas: un acto insondable, tan misericordioso como justo. Este es el conocido decreto de elección y reprobación revelado en la Palabra de Dios. Los malvados, impuros e inconstantes lo tergiversan para su propia ruina, pero a las almas santas y piadosas les proporciona un consuelo que supera toda expresión.

Artículo 7 La elección

La elección es el propósito inmutable de Dios, mediante el cual hizo lo siguiente:

Antes de la fundación del mundo, por pura gracia y según el libre beneplácito de su voluntad, Dios escogió en Cristo para la salvación a un número determinado de personas concretas de entre todo el género humano, que por su propia culpa había caído de su inocencia original en el pecado y la ruina. Los elegidos no eran mejores ni más merecedores que los demás, sino que compartían con ellos la misma miseria. Dios hizo esto en Cristo, a quien también designó desde la eternidad como mediador, cabeza de todos los elegidos y fundamento de su salvación.

Así, Dios decretó dar a Cristo a los elegidos para la salvación, y llamarlos y atraerlos eficazmente a la comunión con Cristo por medio de la Palabra y del Espíritu. Es decir, Dios decretó concederles la verdadera fe en Cristo, justificarlos, santificarlos y, finalmente, después de preservarlos poderosamente en la comunión con el Hijo, glorificarlos.

Dios hizo todo esto para manifestar su misericordia, para alabanza de las riquezas de su gloriosa gracia. Como dice la Escritura: "Dios nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables ante él en amor; nos predestinó para adoptarnos como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de su gloriosa gracia, por la cual nos hizo gratuitamente agradables a él en su Amado" (Efesios 1:4–6). Y en otro lugar: "A quienes predestinó, también los llamó; a quienes llamó, también los justificó; y a quienes justificó, también los glorificó" (Romanos 8:30).

Artículo 8 Un único decreto de elección

Esta elección no es de diversas clases, sino una y la misma para todos los que habían de ser salvos, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Pues la Escritura declara que hay un único beneplácito, propósito y designio de la voluntad de Dios, mediante el cual nos escogió desde la eternidad tanto para la gracia como para la gloria, tanto para la salvación como para el camino de la salvación, que Dios preparó de antemano para que anduviéramos en él.

Artículo 9 La elección no se basa en la fe prevista

Esta misma elección no tuvo lugar sobre la base de una fe prevista, de la obediencia de la fe, de la santidad ni de ninguna otra buena cualidad o disposición, como si dependiera de una causa o condición previa en la persona que habría de ser elegida, sino con el propósito de producir la fe, la obediencia de la fe, la santidad y las demás virtudes. Por tanto, la elección es la fuente de todo bien que conduce a la salvación. La fe, la santidad y los demás dones de la salvación, y finalmente la vida eterna misma, proceden de la elección como sus frutos y efectos. Como dice el apóstol: "Nos escogió" (no porque lo fuéramos, sino) "para que fuéramos santos e irreprochables ante él en amor" (Efesios 1:4).

Artículo 10 La elección se basa en el beneplácito de Dios

La causa de esta elección inmerecida es exclusivamente el beneplácito de Dios. Esto no consiste en que Dios escoja ciertas cualidades o acciones humanas de entre todas las posibles como condición de la salvación, sino en que adopte a determinadas personas de entre la masa común de pecadores para hacerlas suyas. Como dice la Escritura: "Cuando los hijos aún no habían nacido ni habían hecho nada bueno ni malo…, se le dijo a ella (Rebeca): 'El mayor servirá al menor'. Como está escrito: 'A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí'" (Romanos 9:11–13). Asimismo: "Todos los que habían sido destinados a la vida eterna creyeron" (Hechos 13:48).

Artículo 11 La elección es inmutable

Así como Dios es sumamente sabio, inmutable, omnisciente y todopoderoso, la elección que él ha hecho no puede ser suspendida, alterada, revocada ni anulada; tampoco pueden sus elegidos ser rechazados ni reducirse su número.

Artículo 12 La certeza de la elección

A los elegidos se les concede, a su debido tiempo, la certeza de su elección eterna e inmutable para la salvación, aunque en distintas etapas y en diferente medida. Esta certeza no se obtiene indagando con curiosidad en las cosas ocultas y profundas de Dios, sino al reconocer en sí mismos, con gozo espiritual y santo deleite, los frutos inequívocos de la elección señalados en la Palabra de Dios, tales como una fe verdadera en Cristo, un temor filial de Dios, un dolor piadoso por sus pecados, hambre y sed de justicia, y otros semejantes.

Artículo 13 El fruto de esta certeza

Al ser conscientes de esta elección y tener certeza de ella, los hijos de Dios encuentran cada día mayores motivos para humillarse ante Dios, adorar la profundidad insondable de sus misericordias, purificarse y corresponder con amor ferviente a aquel que primero los amó tan intensamente. Esto está lejos de significar que esta enseñanza acerca de la elección, y la reflexión sobre ella, hagan que los hijos de Dios sean negligentes en la observancia de sus mandamientos o que descansen en una seguridad carnal. Por el justo juicio de Dios, esto suele sucederles a quienes dan por sentada, con ligereza, la gracia de la elección, o hablan de ella de manera vana y descarada, pero no están dispuestos a andar en los caminos de los elegidos.

Artículo 14 La enseñanza adecuada de la elección

Según el sabio designio de Dios, esta enseñanza acerca de la elección divina fue proclamada por medio de los profetas, de Cristo mismo y de los apóstoles, en los tiempos del Antiguo y del Nuevo Testamento. Posteriormente quedó consignada por escrito en las Sagradas Escrituras. Del mismo modo, hoy también debe exponerse esta enseñanza en la iglesia de Dios, para la cual fue destinada expresamente, con discreción, de manera piadosa y santa, en el momento y lugar apropiados, sin indagar con curiosidad en los caminos del Altísimo. Esto debe hacerse para la gloria del santísimo nombre de Dios y para el consuelo vivificante de su pueblo.

Artículo 15 La reprobación

Además, la Sagrada Escritura destaca de manera especial esta gracia eterna e inmerecida de nuestra elección y nos la muestra con mayor claridad al dar testimonio de que no todos han sido elegidos, sino que algunos no han sido elegidos o han sido pasados por alto en la elección eterna de Dios. Estos son aquellos acerca de quienes Dios, conforme a su beneplácito enteramente libre, justísimo, irreprochable e inmutable, decretó lo siguiente:

dejarlos en la miseria común en la que, por su propia culpa, se han sumido; no concederles la fe salvadora ni la gracia de la conversión; y, finalmente, condenar y castigar eternamente a quienes han sido dejados en sus propios caminos y bajo el justo juicio de Dios, no solo por su incredulidad, sino también por todos sus demás pecados, para manifestar su justicia.

Este es el decreto de reprobación, que de ningún modo hace de Dios el autor del pecado (¡un pensamiento blasfemo!), sino su temible, irreprochable y justo juez y vengador.

Artículo 16 Las respuestas a la enseñanza de la reprobación

Quienes todavía no experimentan de manera activa en sí mismos una fe viva en Cristo, una firme confianza de corazón, paz de conciencia, celo por una obediencia filial y el gloriarse en Dios por medio de Cristo, pero que, sin embargo, utilizan los medios por los cuales Dios ha prometido obrar estas cosas en nosotros, no deben alarmarse ante la mención de la reprobación ni contarse entre los réprobos. Por el contrario, deben perseverar diligentemente en el uso de esos medios, desear fervientemente un tiempo de gracia más abundante y esperarlo con reverencia y humildad. Por otra parte, quienes desean sinceramente volverse a Dios, agradar únicamente a él y ser librados del cuerpo de muerte, pero todavía no pueden avanzar en el camino de la piedad y de la fe tanto como quisieran, deben temer aún menos la enseñanza acerca de la reprobación, pues nuestro Dios misericordioso ha prometido no apagar la mecha que humea ni quebrar la caña magullada.* Sin embargo, quienes se han olvidado de Dios y de su Salvador Jesucristo y se han entregado por completo a los afanes del mundo y a los placeres de la carne tienen toda razón para temer esta enseñanza mientras no se vuelvan sinceramente a Dios.

*Isaías 42:3.

Artículo 17 La salvación de los hijos de los creyentes que mueren en la infancia

Puesto que debemos juzgar la voluntad de Dios a partir de su Palabra, la cual da testimonio de que los hijos de los creyentes son santos, no por naturaleza, sino en virtud del pacto de gracia en el que están incluidos junto con sus padres, los padres piadosos no deben dudar de la elección y la salvación de sus hijos a quienes Dios llama de esta vida durante la infancia.

Artículo 18 La actitud adecuada ante la elección y la reprobación

A quienes se quejan de esta gracia de una elección inmerecida y de la severidad de una reprobación justa, les respondemos con las palabras del apóstol: "¿Quién eres tú, hombre, para replicar a Dios?" (Romanos 9:20), y con las palabras de nuestro Salvador: "¿Acaso no tengo derecho a hacer lo que quiero con lo que es mío?" (Mateo 20:15). Nosotros, sin embargo, adorando con reverencia estas cosas ocultas, exclamamos con el apóstol: "¡Oh, la profundidad de las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e imposibles de rastrear sus caminos! Pues ¿quién ha conocido la mente del Señor? ¿O quién ha sido su consejero? ¿O quién le ha dado primero a Dios, para que Dios deba recompensarlo? Porque de él, por medio de él y para él son todas las cosas. ¡A él sea la gloria por siempre! Amén" (Romanos 11:33–36).

Rechazo de los errores que desde hace algún tiempo han perturbado a las iglesias neerlandesas

Habiendo expuesto la enseñanza ortodoxa acerca de la elección y la reprobación, el Sínodo rechaza los errores de quienes:

I. Enseñan que la voluntad de Dios de salvar a quienes creerían y perseverarían en la fe y en la obediencia de la fe constituye la totalidad de la decisión de elegir para la salvación, y que nada más acerca de esta decisión ha sido revelado en la Palabra de Dios.

Pues engañan a los sencillos y contradicen claramente el testimonio de la Sagrada Escritura de que Dios no solo desea salvar a quienes creerían, sino que también ha escogido desde la eternidad a determinadas personas a quienes, en lugar de a otras, concedería en el transcurso del tiempo la fe en Cristo y la perseverancia. Como dice la Escritura: "He revelado tu nombre a quienes me diste" (Juan 17:6). Asimismo: "Todos los que habían sido destinados a la vida eterna creyeron" (Hechos 13:48), y "Nos escogió antes de la fundación del mundo para que fuéramos santos…" (Efesios 1:4).

II. Enseñan que la elección de Dios para la vida eterna es de diversas clases: una general e indefinida, y otra particular y definida; y que esta última, a su vez, es incompleta, revocable y condicional, o bien completa, irrevocable y absoluta. Asimismo, enseñan que hay una elección para la fe y otra para la salvación, de modo que puede haber una elección para la fe justificadora sin una elección incondicional para la salvación.

Pues esto es una invención de la mente humana, ideada al margen de las Escrituras, que distorsiona la enseñanza acerca de la elección y rompe esta cadena de oro de la salvación: "A quienes predestinó, también los llamó; a quienes llamó, también los justificó; y a quienes justificó, también los glorificó" (Romanos 8:30).

III. Enseñan que el beneplácito y el propósito de Dios, mencionados en la enseñanza de la Escritura acerca de la elección, no consisten en que Dios escoja a determinadas personas en lugar de otras, sino en que escoja, de entre todas las condiciones posibles (incluidas las obras de la ley) o de entre todo el orden de las cosas, el acto de fe, intrínsecamente carente de mérito, así como la obediencia imperfecta de la fe, como condición de la salvación; y en que, por su gracia, quiera considerar esto como una obediencia perfecta y digno de la recompensa de la vida eterna.

Pues mediante este error pernicioso se priva de su eficacia al beneplácito de Dios y al mérito de Cristo, y se aparta a las personas, mediante indagaciones inútiles, de la verdad de la justificación inmerecida y de la sencillez de las Escrituras. También contradice estas palabras del apóstol: "Dios nos llamó con un llamamiento santo, no en virtud de las obras, sino en virtud de su propio propósito y de la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes del comienzo del tiempo" (2 Timoteo 1:9).

IV. Enseñan que una condición previa de la elección para la fe es que los seres humanos utilicen correctamente la luz de la naturaleza, sean rectos, modestos, humildes y estén dispuestos para la vida eterna, como si la elección dependiera en alguna medida de estos factores.

Pues esto tiene el sello de Pelagio y pone claramente en tela de juicio las palabras del apóstol: "En otro tiempo vivíamos en las pasiones de nuestra carne, siguiendo la voluntad de nuestra carne y de nuestros pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, como todos los demás. Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en transgresiones, nos dio vida con Cristo, por cuya gracia han sido salvados. Y Dios nos resucitó con él y nos sentó con él en el cielo en Cristo Jesús, para que en los siglos venideros pudiéramos mostrar las extraordinarias riquezas de su gracia, conforme a su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Pues por gracia han sido salvados, mediante la fe (y esto no procede de ustedes mismos; es el don de Dios), no por obras, para que nadie pueda jactarse" (Efesios 2:3–9).

V. Enseñan que la elección incompleta y condicional de determinadas personas para la salvación tuvo lugar sobre la base de una fe, un arrepentimiento, una santidad y una piedad previstos, que apenas habían comenzado o habían continuado durante algún tiempo; pero que la elección completa e incondicional tuvo lugar sobre la base de una perseverancia prevista hasta el fin en la fe, el arrepentimiento, la santidad y la piedad. Enseñan también que esto constituye la dignidad propia de la gracia y del evangelio, por la cual quien es elegido es más digno que quien no lo es. Por tanto, enseñan que la fe, la obediencia de la fe, la santidad, la piedad y la perseverancia no son frutos ni efectos de una elección inmutable para la gloria, sino condiciones y causas indispensables que deben estar presentes de antemano en quienes han de ser escogidos en la elección completa, y cuyo cumplimiento en ellos se prevé.

Esto se opone a toda la Escritura, que una y otra vez graba en nuestros oídos y corazones, entre otras, estas afirmaciones: "La elección no es por obras, sino por aquel que llama" (Romanos 9:11–12); "Todos los que habían sido destinados a la vida eterna creyeron" (Hechos 13:48); "Nos escogió en él para que fuéramos santos" (Efesios 1:4); "Ustedes no me escogieron a mí, sino que yo los escogí a ustedes" (Juan 15:16); "Si es por gracia, no es por obras" (Romanos 11:6); "En esto consiste el amor: no en que nosotros amamos a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo" (1 Juan 4:10).

VI. Enseñan que no toda elección para la salvación es inmutable, sino que algunos de los elegidos pueden perecer y de hecho perecen eternamente, sin que haya una decisión de Dios que lo impida.

Mediante este grave error hacen que Dios sea mudable, destruyen el consuelo de los piadosos acerca de la firmeza de su elección y contradicen las Sagradas Escrituras, que enseñan que "los elegidos no pueden ser extraviados" (Mateo 24:24), que "Cristo no pierde a quienes el Padre le ha dado" (Juan 6:39), y que "a quienes Dios predestinó, llamó y justificó, también los glorifica" (Romanos 8:30).

VII. Enseñan que en esta vida no hay fruto, conciencia ni certeza de la propia elección inmutable para la gloria, salvo cuando dependen de algo cambiante y contingente.

Pues no solo es absurdo hablar de una certeza incierta, sino que estas afirmaciones también se oponen a la experiencia de los santos, quienes, junto con el apóstol, se regocijan al ser conscientes de su elección y alaban este don de Dios; quienes, como Cristo exhortó, "se regocijan" junto con sus discípulos "de que sus nombres han sido escritos en el cielo" (Lucas 10:20); y quienes, finalmente, ante las flechas encendidas de las tentaciones del diablo, oponen la conciencia de su elección con la pregunta: "¿Quién presentará alguna acusación contra los que Dios ha escogido?" (Romanos 8:33).

VIII. Enseñan que no fue únicamente sobre la base de su justa voluntad que Dios decidió dejar a alguien en la caída de Adán y en el estado común de pecado y condenación, o pasar por alto a alguien al conceder la gracia necesaria para la fe y la conversión.

Pues estas palabras permanecen firmes: "Tiene misericordia de quien quiere y endurece a quien quiere" (Romanos 9:18). Y también: "A ustedes se les ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos, pero a ellos no se les ha concedido" (Mateo 13:11). Asimismo: "Te glorifico, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a los niños pequeños; sí, Padre, porque ese fue tu beneplácito" (Mateo 11:25–26).

IX. Enseñan que la causa por la que Dios envía el evangelio a un pueblo en lugar de a otro no es única y exclusivamente su beneplácito, sino que un pueblo es mejor y más digno que el otro al que no se comunica el evangelio.

Pues Moisés contradice esto cuando se dirige al pueblo de Israel de la siguiente manera: "Mira, a Jehová tu Dios pertenecen los cielos y los cielos más altos, la tierra y todo lo que hay en ella. Pero Jehová se inclinó con afecto a amar únicamente a tus antepasados, y escogió después de ellos a sus descendientes, a ustedes por encima de todos los pueblos, como sucede hoy" (Deuteronomio 10:14–15). También lo contradice Cristo: "¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y Sidón se hubieran realizado las obras poderosas que se hicieron entre ustedes, hace mucho tiempo se habrían arrepentido con ropa de cilicio y ceniza" (Mateo 11:21).

Segundo punto principal de doctrina

De la muerte de Cristo y la redención de los hombres por ella

Artículo 1 El castigo que exige la justicia de Dios

Dios no solo es supremamente misericordioso, sino también supremamente justo. Esta justicia exige, como Dios ha revelado en su Palabra, que los pecados que hemos cometido contra su majestad infinita sean castigados con penas tanto temporales como eternas, tanto del alma como del cuerpo. No podemos escapar de estas penas a menos que se satisfaga la justicia de Dios.

Artículo 2 La satisfacción realizada por Cristo

Sin embargo, puesto que nosotros mismos no podemos dar esta satisfacción ni librarnos de la ira de Dios, Dios, en su misericordia sin límites, nos ha dado como garante a su Hijo unigénito, quien fue hecho pecado y maldición por nosotros, en nuestro lugar, en la cruz, para dar satisfacción por nosotros.

Artículo 3 El valor infinito de la muerte de Cristo

Esta muerte del Hijo de Dios es el único y plenamente completo sacrificio y satisfacción por los pecados; tiene un valor y una dignidad infinitos, más que suficientes para expiar los pecados del mundo entero.

Artículo 4 Las razones de este valor infinito

Esta muerte tiene un valor y una dignidad tan grandes porque la persona que la sufrió es, como era necesario para ser nuestro Salvador, no solo un ser humano verdadero y perfectamente santo, sino también el Hijo unigénito de Dios, de la misma esencia eterna e infinita que el Padre y el Espíritu Santo. Otra razón es que esta muerte estuvo acompañada de la experiencia de la ira y la maldición de Dios, que nosotros, por nuestros pecados, habíamos merecido plenamente.

Artículo 5 El mandato de proclamar el evangelio a todos

Además, la promesa del evangelio es que todo aquel que cree en Cristo crucificado no perecerá, sino que tendrá vida eterna. Esta promesa, junto con el mandato de arrepentirse y creer, debe ser anunciada y proclamada sin distinción ni discriminación a todas las naciones y personas a quienes Dios, según su beneplácito, envía el evangelio.

Artículo 6 La incredulidad, una responsabilidad humana

Sin embargo, el hecho de que muchos que han sido llamados por medio del evangelio no se arrepientan ni crean en Cristo, sino que perezcan en la incredulidad, no se debe a que el sacrificio de Cristo ofrecido en la cruz sea deficiente o insuficiente, sino a que ellos mismos son culpables.

Artículo 7 La fe, don de Dios

Pero todos los que creen verdaderamente y son librados y salvados de sus pecados y de la perdición por la muerte de Cristo reciben este favor únicamente por la gracia de Dios, que él no debe a nadie y que les fue concedida en Cristo desde la eternidad.

Artículo 8 La eficacia salvadora de la muerte de Cristo

Pues fue el designio enteramente libre y la voluntad e intención llenas de gracia de Dios el Padre que la eficacia vivificadora y salvadora de la preciosa muerte de su Hijo obrara en todos los elegidos, para conceder únicamente a ellos la fe justificadora y conducirlos por medio de ella, sin falta, a la salvación. Es decir, fue la voluntad de Dios que Cristo, por medio de la sangre de la cruz, con la cual confirmó el nuevo pacto, redimiera eficazmente de todo pueblo, tribu, nación y lengua a todos aquellos, y únicamente a aquellos, que fueron escogidos desde la eternidad para la salvación y que el Padre le dio; y que Cristo les concediera la fe, la cual, al igual que los demás dones salvadores del Espíritu Santo, adquirió para ellos mediante su muerte. También fue la voluntad de Dios que Cristo los limpiara con su sangre de todos sus pecados, tanto del pecado original como de los pecados cometidos, ya fueran anteriores o posteriores a su llegada a la fe; que los preservara fielmente hasta el fin; y que finalmente los presentara ante sí como un pueblo glorioso, sin mancha ni arruga.

Artículo 9 El cumplimiento del designio de Dios

Este designio, que procede del amor eterno de Dios por los elegidos, se ha llevado a cabo poderosamente desde el principio del mundo hasta el presente y también se llevará a cabo en el futuro, mientras las puertas del infierno intentan en vano prevalecer contra él. Como resultado, los elegidos son reunidos en uno, cada cual a su debido tiempo, y siempre hay una iglesia de creyentes fundada sobre la sangre de Cristo, una iglesia que lo ama con firmeza, lo adora con perseverancia y, tanto aquí como por toda la eternidad, lo alaba como su Salvador, quien dio su vida por ella en la cruz, como un esposo por su esposa.

Rechazo de los errores

Habiendo expuesto la enseñanza ortodoxa, el Sínodo rechaza los errores de quienes:

I. Enseñan que Dios el Padre destinó a su Hijo a morir en la cruz sin un designio firme y definido de salvar a ninguna persona en particular, de modo que la necesidad, la utilidad y el valor de lo obtenido por la muerte de Cristo podrían haber permanecido intactos y enteramente perfectos, completos e íntegros, aunque la redención obtenida nunca se hubiera aplicado de hecho a persona alguna.

Pues esta afirmación constituye una afrenta a la sabiduría de Dios el Padre y al mérito de Jesucristo, y es contraria a la Escritura. Porque el Salvador dice: "Doy mi vida por las ovejas, y las conozco" (Juan 10:15, 27). Y el profeta Isaías dice acerca del Salvador: "Cuando se ofrezca a sí mismo como ofrenda por el pecado, verá su descendencia, prolongará sus días y la voluntad de Jehová prosperará en su mano" (Isaías 53:10). Finalmente, esto socava el artículo del credo en el que confesamos lo que creemos acerca de la Iglesia.

II. Enseñan que el propósito de la muerte de Cristo no fue establecer realmente un nuevo pacto de gracia mediante su sangre, sino únicamente adquirir para el Padre el mero derecho de entrar nuevamente en un pacto con la humanidad, ya fuera de gracia o de obras.

Pues esto se opone a la Escritura, que enseña que Cristo "se ha convertido en el garante y mediador" de un pacto mejor, es decir, de un nuevo pacto (Hebreos 7:22; 9:15), "y que un testamento solo entra en vigor cuando alguien ha muerto" (Hebreos 9:17).

III. Enseñan que Cristo, mediante la satisfacción que dio, no mereció con certeza para nadie la salvación misma ni la fe por la cual esta satisfacción de Cristo se aplica eficazmente para la salvación, sino que únicamente adquirió para el Padre la autoridad o la plena libertad de su voluntad para relacionarse de una nueva manera con la humanidad e imponer las nuevas condiciones que quisiera; y que el cumplimiento de estas condiciones depende del libre albedrío humano, de modo que era posible que todos las cumplieran o que ninguno lo hiciera.

Pues tienen una opinión demasiado baja de la muerte de Cristo, no reconocen en absoluto el principal fruto o beneficio que esta produce y hacen volver del infierno el error pelagiano.

IV. Enseñan que el nuevo pacto de gracia que Dios el Padre hizo con la humanidad mediante la intervención de la muerte de Cristo no consiste en que somos justificados ante Dios y salvados por medio de la fe, en cuanto esta acepta el mérito de Cristo, sino en que Dios, habiendo retirado su exigencia de una obediencia perfecta a la ley, considera la fe misma y la obediencia imperfecta de la fe como una obediencia perfecta a la ley, y por su gracia las considera dignas de la recompensa de la vida eterna.

Pues contradicen la Escritura: "Son justificados gratuitamente por su gracia mediante la redención que vino por Jesucristo, a quien Dios presentó como sacrificio de expiación, mediante la fe en su sangre" (Romanos 3:24–25). Y, junto con el impío Socino, introducen una justificación de la humanidad ante Dios nueva y ajena, contraria al consenso de toda la iglesia.

V. Enseñan que todos los seres humanos han sido recibidos en el estado de reconciliación y en la gracia del pacto, de modo que nadie está sujeto a condenación ni ha de ser condenado por causa del pecado original, sino que todos están libres de la culpa de este pecado.

Pues esta opinión se opone a la Escritura, que afirma que somos por naturaleza hijos de ira.

VI. Utilizan la distinción entre obtener y aplicar para inculcar en los incautos e inexpertos la opinión de que Dios, por su parte, quiso conceder por igual a todos los seres humanos los beneficios obtenidos por la muerte de Cristo; pero que la diferencia por la cual unos, en lugar de otros, llegan a participar del perdón de los pecados y de la vida eterna depende de su propio libre albedrío, que se aplica a la gracia ofrecida sin distinción, y no del don singular de misericordia que obra eficazmente en ellos, de modo que sean ellos, en lugar de otros, quienes se apliquen esa gracia.

Pues, mientras aparentan exponer esta distinción en un sentido aceptable, intentan dar al pueblo el veneno mortal del pelagianismo.

VII. Enseñan que Cristo no podía morir, ni tenía que morir, ni murió por aquellos a quienes Dios amó tan entrañablemente y escogió para la vida eterna, puesto que tales personas no necesitan la muerte de Cristo.

Pues contradicen al apóstol, quien dice: "Cristo me amó y se entregó por mí" (Gálatas 2:20), y asimismo: "¿Quién presentará alguna acusación contra los que Dios ha escogido? Dios es quien justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo es quien murió", es decir, por ellos (Romanos 8:33–34). También contradicen al Salvador, quien afirma: "Doy mi vida por las ovejas" (Juan 10:15), y "Este es mi mandamiento: Ámense unos a otros como yo los he amado. Nadie tiene mayor amor que este: dar su vida por sus amigos" (Juan 15:12–13).

Tercer y cuarto puntos principales de doctrina

De la corrupción del hombre, su conversión a Dios y la manera en que esta se realiza

Artículo 1 El efecto de la caída sobre la naturaleza humana

Los seres humanos fueron creados originalmente a imagen de Dios y dotados, en su mente, de un conocimiento verdadero y correcto del Creador y de las cosas espirituales; en su voluntad y corazón, de justicia; y en todos sus afectos, de pureza. En efecto, todo el ser humano era santo. Sin embargo, al rebelarse contra Dios por instigación del diablo y por su propio libre albedrío, se privaron de estos excelentes dones. En su lugar, trajeron sobre sí ceguera, terribles tinieblas, vanidad y distorsión del juicio en su mente; perversidad, rebeldía y dureza en su corazón y voluntad; y, finalmente, impureza en todos sus afectos.

Artículo 2 La propagación de la corrupción

Después de la caída, los seres humanos engendraron hijos de la misma naturaleza que ellos. Es decir, siendo corruptos, engendraron hijos corruptos. Por el justo juicio de Dios, la corrupción se propagó de Adán y Eva a todos sus descendientes, con la única excepción de Cristo, no por imitación, como sostenían antiguamente los pelagianos, sino por la transmisión de su naturaleza pervertida.

Artículo 3 La incapacidad total

Por tanto, todos los seres humanos son concebidos en pecado y nacen como hijos de ira, incapaces de cualquier bien que conduzca a la salvación, inclinados al mal, muertos en sus pecados y esclavos del pecado. Sin la gracia del Espíritu Santo regenerador, no quieren ni pueden volver a Dios, reformar su naturaleza distorsionada ni siquiera disponerse a tal reforma.

Artículo 4 La insuficiencia de la luz de la naturaleza

Ciertamente, después de la caída permanece en todos los seres humanos cierta luz de la naturaleza, en virtud de la cual conservan algunas nociones acerca de Dios, de las cosas naturales y de la diferencia entre lo moral y lo inmoral, y muestran cierto afán por la virtud y por una buena conducta externa. Pero esta luz de la naturaleza está lejos de permitirles llegar a un conocimiento salvador de Dios y a la conversión a él; tan lejos, de hecho, que ni siquiera la utilizan correctamente en los asuntos de la naturaleza y de la sociedad. Por el contrario, de diversas maneras distorsionan por completo esta luz, cualquiera que sea su carácter preciso, y la suprimen con injusticia. Al hacerlo, todos los seres humanos quedan sin excusa ante Dios.

Artículo 5 La insuficiencia de la ley

En este sentido, lo que es cierto de la luz de la naturaleza también lo es de los Diez Mandamientos que Dios dio por medio de Moisés específicamente a los judíos. Pues los seres humanos no pueden obtener la gracia salvadora por medio del Decálogo, porque, aunque este pone de manifiesto la magnitud de su pecado y los convence cada vez más de su culpa, no ofrece un remedio ni les permite escapar de la miseria humana. Más aún, debilitado como está por la carne, deja al transgresor bajo la maldición.

Artículo 6 El poder salvador del evangelio

Por tanto, lo que ni la luz de la naturaleza ni la ley pueden hacer, Dios lo realiza por el poder del Espíritu Santo, mediante la Palabra o el ministerio de la reconciliación. Este es el evangelio acerca del Mesías, por medio del cual Dios ha tenido a bien salvar a los creyentes, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

Artículo 7 La libertad de Dios al revelar el evangelio

En el Antiguo Testamento, Dios reveló este secreto de su voluntad a un pequeño número de personas; en el Nuevo Testamento, ahora sin distinción entre los pueblos, lo da a conocer a un gran número. La razón de esta diferencia no debe atribuirse a que una nación sea más digna que otra, ni a un mejor uso de la luz de la naturaleza, sino al libre beneplácito y al amor inmerecido de Dios. Por tanto, quienes reciben tanta gracia, más allá y a pesar de todo lo que merecen, deben reconocerla con corazones humildes y agradecidos. Por otra parte, junto con el apóstol, deben adorar la severidad y la justicia de los juicios de Dios sobre los demás, quienes no reciben esta gracia, pero ciertamente no indagar en ellos con curiosidad.

Artículo 8 El llamamiento sincero del evangelio

Sin embargo, todos los que son llamados por medio del evangelio son llamados sinceramente. Pues Dios da a conocer en su Palabra, de manera apremiante y con plena sinceridad, lo que le agrada: que quienes son llamados acudan a él. Dios también promete sinceramente descanso para sus almas y vida eterna a todos los que acuden y creen.

Artículo 9 La responsabilidad humana por rechazar el evangelio

El hecho de que muchos que son llamados por medio del ministerio del evangelio no acudan ni sean llevados a la conversión no debe atribuirse al evangelio, ni a Cristo, quien es ofrecido por medio del evangelio, ni a Dios, quien los llama por medio del evangelio e incluso les concede diversos dones, sino a las propias personas que son llamadas. Algunos, confiados en sí mismos, ni siquiera dan cabida a la Palabra de vida; otros le dan cabida, pero no la toman a pecho y, por esa razón, después del gozo pasajero de una fe temporal, recaen; otros ahogan la semilla de la Palabra con las espinas de los afanes de la vida y con los placeres del mundo, y no producen frutos. Esto enseña nuestro Salvador en la parábola del sembrador (Mateo 13).

Artículo 10 La conversión como obra de Dios

El hecho de que otros que son llamados por medio del ministerio del evangelio sí acudan y sean llevados a la conversión no debe atribuirse al esfuerzo humano, como si alguien se distinguiera por su libre albedrío de otros que reciben una gracia igual o suficiente para la fe y la conversión, como sostiene la orgullosa herejía de Pelagio. Por el contrario, debe atribuirse a Dios: así como desde la eternidad Dios escogió a los suyos en Cristo, también en el transcurso del tiempo los llama eficazmente, les concede fe y arrepentimiento y, después de rescatarlos del dominio de las tinieblas, los introduce en el reino de su Hijo, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a esta luz admirable, y se gloríen no en sí mismos, sino en el Señor, como lo atestiguan frecuentemente las palabras apostólicas en la Escritura.

Artículo 11 La obra del Espíritu Santo en la conversión

Además, cuando Dios lleva a cabo este beneplácito en los elegidos, o produce en ellos la verdadera conversión, no solo dispone que el evangelio les sea proclamado externamente e ilumina poderosamente su mente por el Espíritu Santo, para que comprendan y disciernan correctamente las cosas del Espíritu de Dios, sino que, mediante la acción eficaz del mismo Espíritu regenerador, también penetra hasta lo más íntimo de su ser, abre el corazón cerrado, ablanda el corazón duro y circuncida el corazón incircunciso. Dios infunde nuevas cualidades en la voluntad, dando vida a la voluntad muerta, haciendo buena la mala, dispuesta la que no quería y dócil la obstinada. Dios activa y fortalece la voluntad para que, como un buen árbol, pueda producir los frutos de las buenas obras.

Artículo 12 La regeneración, una obra sobrenatural

Esta es la regeneración, la nueva creación, la resurrección de los muertos y la vivificación tan claramente proclamadas en las Escrituras, que Dios obra en nosotros sin nuestra ayuda. Pero esto ciertamente no ocurre solo mediante la enseñanza externa, la persuasión moral o una manera de obrar que, una vez realizada la obra de Dios, deje en poder del ser humano el renacer o convertirse, o no hacerlo. Por el contrario, es una obra enteramente sobrenatural, a la vez sumamente poderosa y sumamente agradable; una obra maravillosa, oculta e inexpresable, que no es menor ni inferior en poder a la creación o a la resurrección de los muertos, como enseña la Escritura, inspirada por el autor de esta obra. Como resultado, todos aquellos en cuyos corazones Dios obra de esta manera maravillosa renacen con certeza, infalible y eficazmente, y de hecho creen. Entonces la voluntad, ya renovada, no solo es activada e impulsada por Dios, sino que, al ser activada por Dios, también actúa ella misma. Por esta razón, también se dice correctamente que las personas mismas, por la gracia que han recibido, creen y se arrepienten.

Artículo 13 La manera incomprensible en que ocurre la regeneración

En esta vida, los creyentes no pueden comprender plenamente la manera en que ocurre esta obra; entretanto, se contentan con saber y experimentar que, por esta gracia de Dios, creen de corazón y aman a su Salvador.

Artículo 14 La manera en que Dios concede la fe

Por tanto, la fe es un don de Dios de esta manera: no en el sentido de que Dios la ofrece para que las personas la elijan, sino de que realmente les es concedida, insuflada e infundida. Tampoco es un don en el sentido de que Dios concede únicamente la capacidad de creer y luego espera el asentimiento, es decir, el acto de creer, por elección humana. Por el contrario, es un don en el sentido de que Dios, quien obra tanto el querer como el actuar y, en efecto, obra todas las cosas en todos, produce en ellos tanto la voluntad de creer como la fe misma.

Artículo 15 Las respuestas a la gracia de Dios

Dios no debe esta gracia a nadie. Pues ¿qué podría deber Dios a quienes no tienen nada que dar que pueda serles retribuido? En efecto, ¿qué podría deber Dios a quienes no tienen nada propio que dar, salvo pecado y falsedad? Por tanto, quienes reciben esta gracia deben y dan gracias eternamente a Dios solo; quienes no la reciben, o bien no se interesan en absoluto por estas cosas espirituales y están satisfechos consigo mismos en su condición, o bien, confiados en sí mismos, se jactan neciamente de tener algo de lo que carecen. Además, siguiendo el ejemplo de los apóstoles, debemos pensar y hablar de la manera más favorable acerca de quienes profesan externamente su fe y mejoran su vida, pues nos son desconocidos los rincones más íntimos del corazón. Pero por los demás, que todavía no han sido llamados, debemos orar al Dios que llama a las cosas que no existen como si existieran. Sin embargo, de ningún modo debemos enorgullecernos de ser mejores que ellos, como si nosotros mismos nos hubiéramos distinguido de ellos.

Artículo 16 El efecto de la regeneración

Sin embargo, así como por la caída los seres humanos no dejaron de ser humanos, dotados de entendimiento y voluntad, y así como el pecado, que se ha extendido por todo el género humano, no abolió la naturaleza humana, sino que la distorsionó y le dio muerte espiritual, tampoco esta gracia divina de la regeneración actúa en las personas como si fueran troncos y piedras. Tampoco abole la voluntad y sus propiedades ni fuerza una voluntad renuente, sino que la revive espiritualmente, la sana, la reforma y, de una manera a la vez agradable y poderosa, la vuelve a encauzar.

Como resultado, una obediencia pronta y sincera al Espíritu comienza ahora a prevalecer donde antes dominaban por completo la rebelión y la resistencia de la carne. En esto consisten la verdadera restauración espiritual y la libertad de nuestra voluntad. Por tanto, si el maravilloso Hacedor de todo bien no obrara en nosotros, no tendríamos esperanza alguna de levantarnos de nuestra caída por nuestro propio libre albedrío, mediante el cual nos precipitamos en la ruina cuando todavía estábamos en pie.

Artículo 17 El uso de medios por parte de Dios en la regeneración

Así como la obra todopoderosa por la cual Dios produce y sostiene nuestra vida natural no excluye, sino que requiere el uso de medios, mediante los cuales Dios, conforme a su infinita sabiduría y bondad, ha querido ejercer ese poder divino, tampoco la mencionada obra sobrenatural por la cual Dios nos regenera excluye ni anula en modo alguno el uso del evangelio, que Dios, en su gran sabiduría, ha dispuesto como semilla de la regeneración y alimento del alma. Por esta razón, los apóstoles y los maestros que los siguieron enseñaron al pueblo de manera piadosa acerca de esta gracia de Dios, para darle a Dios la gloria y humillar todo orgullo; pero, al mismo tiempo, no descuidaron mantener al pueblo, mediante las santas exhortaciones del evangelio, bajo la administración de la Palabra, los sacramentos y la disciplina. Por tanto, tampoco hoy deben los maestros ni quienes reciben enseñanza en la iglesia atreverse a tentar a Dios separando lo que él, en su beneplácito, ha querido mantener estrechamente unido. Pues la gracia se concede mediante las exhortaciones, y cuanto más prontamente cumplimos nuestro deber, tanto más resplandece, por lo general, el beneficio de la obra de Dios en nosotros y tanto mejor avanza esa obra. Solo a Dios, tanto por los medios como por su fruto y eficacia salvadores, se debe toda la gloria por siempre. Amén.

Rechazo de los errores

Habiendo expuesto la enseñanza ortodoxa, el Sínodo rechaza los errores de quienes:

I. Enseñan que, hablando con propiedad, no puede decirse que el pecado original sea por sí mismo suficiente para condenar a todo el género humano o para justificar penas temporales y eternas.

Pues contradicen al apóstol cuando dice: "El pecado entró en el mundo por un hombre, y la muerte por el pecado, y de esta manera la muerte pasó a todos los seres humanos, porque todos pecaron" (Romanos 5:12); también: "La culpa siguió a un solo pecado y trajo condenación" (Romanos 5:16); y asimismo: "La paga del pecado es la muerte" (Romanos 6:23).

II. Enseñan que los dones espirituales o las buenas disposiciones y virtudes, tales como la bondad, la santidad y la justicia, no pudieron haber residido en la voluntad humana en la creación y, por tanto, no pudieron haber sido separados de ella en la caída.

Pues esto se opone a la descripción que el apóstol hace de la imagen de Dios en Efesios 4:24, donde la presenta en términos de justicia y santidad, las cuales ciertamente residen en la voluntad.

III. Enseñan que, en la muerte espiritual, los dones espirituales no han sido separados de la voluntad humana, puesto que la voluntad en sí misma nunca ha sido corrompida, sino solo obstaculizada por las tinieblas de la mente y el desorden de los afectos; y que, una vez eliminados estos obstáculos, la voluntad puede ejercer su capacidad innata de elegir libremente, es decir, puede por sí misma querer o escoger cualquier bien que se le presente, o bien no quererlo ni escogerlo.

Esta es una idea novedosa y errónea, cuyo efecto es exaltar el poder del libre albedrío, en contra de las palabras del profeta Jeremías: "El corazón mismo es engañoso por encima de todas las cosas y malvado" (Jeremías 17:9); y de las palabras del apóstol: "Todos nosotros también vivimos entre ellos" (los hijos de desobediencia) "en otro tiempo, en las pasiones de nuestra carne, siguiendo la voluntad de nuestra carne y de nuestros pensamientos" (Efesios 2:3).

IV. Enseñan que la humanidad no regenerada no está, en sentido estricto, totalmente muerta en el pecado ni privada de toda capacidad para el bien espiritual, sino que puede tener hambre y sed de justicia o de vida, y ofrecer el sacrificio de un espíritu quebrantado y contrito que agrada a Dios.

Pues estas opiniones se oponen a los claros testimonios de la Escritura: "Estaban muertos en sus transgresiones y pecados" (Efesios 2:1, 5); "Los pensamientos que concibe el corazón humano son únicamente malos en todo momento" (Génesis 6:5; 8:21). Además, tener hambre y sed de ser librados de la miseria y de alcanzar la vida, y ofrecer a Dios el sacrificio de un espíritu quebrantado, es propio únicamente de los regenerados y de aquellos a quienes se llama bienaventurados (Salmo 51:17; Mateo 5:6).

V. Enseñan que la humanidad corrupta y natural puede hacer tan buen uso de la gracia común, con la cual se refieren a la luz de la naturaleza, o de los dones que permanecen después de la caída, que por medio de ellos puede obtener gradualmente una gracia mayor, la gracia del evangelio o la gracia salvadora, así como la salvación misma; y que, de esta manera, Dios, por su parte, se muestra dispuesto a revelar a Cristo a todos los seres humanos, puesto que proporciona a todos, en medida suficiente y de manera eficaz, los medios necesarios para la revelación de Cristo, la fe y el arrepentimiento.

Pues la Escritura, por no mencionar la experiencia de todas las épocas, da testimonio de que esto es falso: "Da a conocer sus palabras a Jacob, sus estatutos y sus leyes a Israel; no ha hecho esto con ninguna otra nación, y ellas no conocen sus leyes" (Salmo 147:19–20); "En el pasado, Dios dejó que todas las naciones siguieran su propio camino" (Hechos 14:16); "Ellos" (Pablo y sus compañeros) "fueron impedidos por el Espíritu Santo de anunciar la palabra de Dios en Asia"; y "Cuando llegaron a Misia, intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu no se lo permitió" (Hechos 16:6–7).

VI. Enseñan que, en la verdadera conversión de hombres y mujeres, Dios no puede infundir ni derramar en su voluntad nuevas cualidades, disposiciones o dones; y, en efecto, que la fe [o el creer] por la cual llegamos inicialmente a la conversión y de la cual recibimos el nombre de "creyentes" no es una cualidad o un don infundido por Dios, sino únicamente un acto humano, y que solo puede llamarse don en lo que respecta a la capacidad de alcanzar la fe.

Pues estas opiniones contradicen las Sagradas Escrituras, que dan testimonio de que Dios sí infunde o derrama en nuestros corazones las nuevas cualidades de la fe, la obediencia y la experiencia de su amor: "Pondré mi ley en sus mentes y la escribiré en sus corazones" (Jeremías 31:33); "Derramaré agua sobre la tierra sedienta y corrientes sobre el suelo seco; derramaré mi Espíritu sobre tu descendencia" (Isaías 44:3); "El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado" (Romanos 5:5). También se oponen a la práctica constante de la Iglesia, que ora con el profeta: "Conviérteme, Señor, y seré convertido" (Jeremías 31:18).

VII. Enseñan que la gracia por la cual somos convertidos a Dios no es más que una persuasión suave; o, como otros lo explican, que la manera en que Dios actúa en la conversión que es más noble y adecuada a la naturaleza humana es la que se realiza mediante la persuasión, y que nada impide que esta gracia de persuasión moral, incluso por sí sola, haga espiritual a la persona natural. En efecto, enseñan que Dios no produce el asentimiento de la voluntad sino mediante esta persuasión moral, y que la eficacia de la obra de Dios, por la cual supera la obra de Satanás, consiste en que Dios promete beneficios eternos, mientras que Satanás promete beneficios temporales.

Pues esta enseñanza es enteramente pelagiana y contraria a toda la Escritura, que reconoce, además de esta persuasión, otra manera mucho más eficaz y divina en que el Espíritu Santo actúa en la conversión humana. Como dice Ezequiel 36:26: "Les daré un corazón nuevo y pondré un espíritu nuevo en ustedes; quitaré su corazón de piedra y les daré un corazón de carne…".

VIII. Enseñan que Dios, al regenerar a las personas, no ejerce el poder de su omnipotencia por el cual puede inclinar poderosa e infaliblemente la voluntad humana a la fe y a la conversión; sino que, aun cuando Dios haya realizado todas las obras de gracia que utiliza para su conversión, ellas pueden, y de hecho a menudo lo hacen, resistir de tal manera a Dios y al Espíritu en su intención y voluntad de regenerarlas, que frustran por completo su propio nuevo nacimiento. En efecto, enseñan que permanece en su propio poder el renacer o no hacerlo.

Pues esto elimina toda acción eficaz de la gracia de Dios en nuestra conversión y somete la actividad del Dios todopoderoso a la voluntad humana. Es contrario a los apóstoles, quienes enseñan que "creemos en virtud de la acción eficaz de la poderosa fuerza de Dios" (Efesios 1:19), que "Dios cumple con poder en nosotros la buena voluntad inmerecida de su bondad y la obra de la fe" (2 Tesalonicenses 1:11), y asimismo que "su poder divino nos ha dado todo lo que necesitamos para la vida y la piedad" (2 Pedro 1:3).

IX. Enseñan que la gracia y el libre albedrío son causas parciales concurrentes que cooperan para iniciar la conversión, y que la gracia no precede, en el orden de la causalidad, a la influencia eficaz de la voluntad; es decir, que Dios no ayuda eficazmente a la voluntad humana a llegar a la conversión antes de que esa misma voluntad se impulse y se determine por sí misma.

Pues la iglesia antigua ya condenó hace mucho tiempo esta doctrina en los pelagianos, basándose en las palabras del apóstol: "No depende del querer ni del correr humanos, sino de la misericordia de Dios" (Romanos 9:16); también: "¿Quién te hace diferente de los demás?" y "¿Qué tienes que no hayas recibido?" (1 Corintios 4:7); y asimismo: "Dios es quien obra en ustedes el querer y el actuar según su beneplácito" (Filipenses 2:13).

Quinto punto principal de doctrina

De la perseverancia de los santos

Artículo 1 Los regenerados no están enteramente libres del pecado

A quienes Dios, conforme a su propósito, llama a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor y regenera por el Espíritu Santo, también los libera del dominio y de la esclavitud del pecado, aunque no enteramente de la carne ni del cuerpo de pecado mientras permanezcan en esta vida.

Artículo 2 La reacción del creyente ante los pecados de debilidad

De ahí surgen los pecados diarios de debilidad, y las imperfecciones se adhieren incluso a las mejores obras de los santos. Esto les da motivos constantes para humillarse ante Dios, buscar refugio en Cristo crucificado, dar muerte cada vez más a la carne mediante el Espíritu de súplica y los santos ejercicios de piedad, y esforzarse por alcanzar la meta de la perfección, hasta que sean liberados de este cuerpo de muerte y reinen con el Cordero de Dios en el cielo.

Artículo 3 La preservación de los convertidos por parte de Dios

A causa de estos restos de pecado que habitan en ellos, y también de las tentaciones del mundo y de Satanás, quienes han sido convertidos no podrían permanecer firmes en esta gracia si fueran dejados a sus propios recursos. Pero Dios es fiel: en su misericordia los fortalece en la gracia que ya les ha concedido y los preserva poderosamente en ella hasta el fin.

Artículo 4 El peligro de que los verdaderos creyentes caigan en pecados graves

El poder de Dios, que fortalece y preserva a los verdaderos creyentes en la gracia, es más que suficiente para vencer a la carne. Sin embargo, los convertidos no siempre son activados e impulsados por Dios de tal manera que, en determinadas acciones concretas, no puedan, por su propia culpa, apartarse de la dirección de la gracia, ser extraviados por los deseos de la carne y ceder a ellos. Por esta razón, deben velar y orar constantemente para no caer en tentación. Cuando descuidan esto, no solo pueden ser arrastrados por la carne, el mundo y Satanás a cometer pecados, incluso graves y atroces, sino que, por el justo permiso de Dios, a veces son efectivamente arrastrados a ellos. Así lo atestiguan los tristes casos, descritos en la Escritura, de David, Pedro y otros santos que cayeron en pecado.

Artículo 5 Los efectos de estos pecados graves

Mediante estos pecados monstruosos, ofenden gravemente a Dios, merecen la sentencia de muerte, entristecen al Espíritu Santo, suspenden el ejercicio de la fe, hieren profundamente la conciencia y, a veces, pierden por un tiempo la conciencia de la gracia, hasta que, después de haber vuelto al camino recto mediante un arrepentimiento genuino, el rostro paternal de Dios vuelve a resplandecer sobre ellos.

Artículo 6 La intervención salvadora de Dios

Pues Dios, que es rico en misericordia, conforme al propósito inmutable de la elección, no retira por completo el Espíritu Santo de los suyos, aun cuando caigan gravemente. Tampoco permite que caigan hasta el punto de perder la gracia de la adopción y el estado de justificación, o de cometer el pecado que lleva a la muerte, el pecado contra el Espíritu Santo, y precipitarse en la ruina eterna, enteramente abandonados por Dios.

Artículo 7 La renovación para el arrepentimiento

Pues, en primer lugar, cuando estos santos caen, Dios preserva en ellos la semilla imperecedera de la cual han nacido de nuevo, para que no perezca ni sea arrancada. En segundo lugar, mediante su Palabra y su Espíritu, Dios los renueva cierta y eficazmente para el arrepentimiento, de modo que sientan un dolor sincero y piadoso por los pecados que han cometido; busquen y obtengan, mediante la fe y con un corazón contrito, el perdón en la sangre del Mediador; experimenten nuevamente la gracia de un Dios reconciliado con ellos; adoren por la fe las misericordias de Dios; y, desde entonces, se ocupen con mayor diligencia de su propia salvación con temor y temblor.

Artículo 8 La certeza de esta preservación

Por tanto, no es por sus propios méritos o fuerzas, sino por la misericordia inmerecida de Dios, que no pierden totalmente la fe y la gracia, ni permanecen en sus caídas hasta el fin y se pierden. Si dependiera de ellos mismos, esto no solo podría suceder fácilmente, sino que sin duda sucedería; pero, en lo que respecta a Dios, es imposible que suceda. El designio de Dios no puede cambiar; su promesa no puede fallar; el llamamiento conforme a su propósito no puede ser revocado; el mérito de Cristo, así como su intercesión y preservación, no pueden ser anulados; y el sello del Espíritu Santo no puede ser invalidado ni borrado.

Artículo 9 La seguridad de esta preservación

En cuanto a esta preservación de los elegidos para la salvación y a la perseverancia de los verdaderos creyentes en la fe, los propios creyentes pueden alcanzar, y de hecho alcanzan, certeza conforme a la medida de su fe. Por esta fe creen firmemente que son y siempre permanecerán como miembros verdaderos y vivos de la iglesia, y que tienen el perdón de los pecados y la vida eterna.

Artículo 10 El fundamento de esta certeza

Por tanto, esta certeza no procede de alguna revelación privada más allá de la Palabra o fuera de ella, sino de la fe en las promesas de Dios, que han sido reveladas abundantemente en la Palabra para nuestro consuelo; del testimonio del "Espíritu Santo, que da testimonio con nuestro espíritu de que somos hijos y herederos de Dios" (Romanos 8:16–17); y, finalmente, de la búsqueda seria y santa de una conciencia limpia y de buenas obras. Si los elegidos de Dios no tuvieran en este mundo este consuelo bien fundado de que la victoria será suya y esta garantía segura de la gloria eterna, serían los más desdichados de todos los seres humanos.

Artículo 11 Las dudas acerca de esta certeza

Entretanto, la Escritura da testimonio de que los creyentes tienen que luchar en esta vida con diversas dudas de la carne, y que, bajo una tentación intensa, no siempre experimentan esta plena seguridad de la fe y certeza de la perseverancia. Pero Dios, el Padre de todo consuelo, "no permite que sean tentados más allá de lo que pueden soportar, sino que, junto con la tentación, también proporciona una salida" (1 Corintios 10:13), y por el Espíritu Santo reaviva en ellos la certeza de su perseverancia.

Artículo 12 Esta certeza como estímulo para la piedad

Sin embargo, esta certeza de la perseverancia, lejos de hacer que los verdaderos creyentes sean orgullosos y descansen en una seguridad carnal, es la verdadera raíz de la humildad, del respeto filial, de la piedad genuina, de la resistencia en toda lucha, de las oraciones fervientes, de la firmeza al llevar la cruz y confesar la verdad, y del gozo bien fundado en Dios. Reflexionar sobre este beneficio estimula la práctica seria y constante de la acción de gracias y de las buenas obras, como resulta evidente por los testimonios de la Escritura y los ejemplos de los santos.

Artículo 13 La certeza no induce al descuido

Tampoco la confianza renovada en la perseverancia produce inmoralidad ni despreocupación por la piedad en quienes han sido levantados después de una caída, sino un cuidado mucho mayor por seguir fielmente los caminos que el Señor preparó de antemano. Siguen estos caminos para que, al andar en ellos, puedan mantener la certeza de su perseverancia, no sea que, por abusar de la bondad paternal de Dios, el rostro del Dios de gracia vuelva a apartarse de ellos y, como resultado, caigan en una angustia espiritual aún mayor. Para los piadosos, contemplar ese rostro es más dulce que la vida, pero su retirada es más amarga que la muerte.

Artículo 14 El uso de medios por parte de Dios en la perseverancia

Así como Dios ha tenido a bien comenzar esta obra de gracia en nosotros mediante la proclamación del evangelio, también preserva, continúa y completa esta obra mediante la escucha y la lectura del evangelio, la meditación en él, sus exhortaciones, amenazas y promesas, y también mediante el uso de los sacramentos.

Artículo 15 Las distintas reacciones a la enseñanza de la perseverancia

Esta enseñanza acerca de la perseverancia de los verdaderos creyentes y santos, y de su certeza de ella, que Dios ha revelado con gran abundancia en la Palabra para la gloria de su nombre y el consuelo de los piadosos, y que imprime en los corazones de los creyentes, es algo que la carne no comprende, Satanás odia, el mundo ridiculiza, los ignorantes y los hipócritas usan indebidamente, y los espíritus del error atacan. La esposa de Cristo, por el contrario, siempre ha amado entrañablemente esta enseñanza y la ha defendido con firmeza como un tesoro de valor incalculable; y Dios, contra quien ningún designio puede tener éxito ni ninguna fuerza puede prevalecer, hará que la iglesia continúe haciéndolo. A este único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, sean el honor y la gloria por siempre. Amén.

Rechazo de los errores acerca de la enseñanza de la perseverancia de los santos

Habiendo expuesto la enseñanza ortodoxa, el Sínodo rechaza los errores de quienes:

I. Enseñan que la perseverancia de los verdaderos creyentes no es un efecto de la elección ni un don de Dios producido por la muerte de Cristo, sino una condición del nuevo pacto que las personas deben cumplir por su libre albedrío antes de lo que llaman su elección y justificación "definitivas".

Pues la Sagrada Escritura da testimonio de que la perseverancia procede de la elección y se concede a los elegidos en virtud de la muerte, la resurrección y la intercesión de Cristo: "Los elegidos lo obtuvieron; los demás fueron endurecidos" (Romanos 11:7). Asimismo: "El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos concederá también con él todas las cosas? ¿Quién presentará alguna acusación contra los que Dios ha escogido? Dios es quien justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo Jesús es quien murió; más aún, quien resucitó, quien también está sentado a la derecha de Dios e intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo?" (Romanos 8:32–35).

II. Enseñan que Dios sí proporciona a los creyentes fuerzas suficientes para perseverar y está dispuesto a conservar esas fuerzas en ellos si cumplen su deber; pero que, aun estando presentes todas las cosas necesarias para perseverar en la fe y que Dios tiene a bien utilizar para preservar la fe, siempre depende de la elección de la voluntad humana el perseverar o no hacerlo.

Pues esta opinión es claramente pelagiana y, aunque pretende hacer libres a las personas, las hace sacrílegas. Se opone al consenso constante de la enseñanza del evangelio, que quita a la humanidad todo motivo de jactancia y atribuye la alabanza por este beneficio únicamente a la gracia de Dios. También se opone al testimonio del apóstol: "Dios es quien nos mantiene firmes hasta el fin, para que seamos irreprochables en el día de nuestro Señor Jesucristo" (1 Corintios 1:8).

III. Enseñan que quienes creen verdaderamente y han nacido de nuevo no solo pueden perder la fe justificadora, así como la gracia y la salvación, totalmente y hasta el fin, sino que de hecho las pierden a menudo y se pierden para siempre.

Pues esta opinión anula la gracia misma de la justificación y de la regeneración, así como la preservación continua por parte de Cristo, en contra de las claras palabras del apóstol Pablo: "Si Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores, con mucha mayor razón seremos salvados de la ira de Dios por medio de él, puesto que ahora hemos sido justificados por su sangre" (Romanos 5:8–9). También se opone al apóstol Juan: "Ninguno que haya nacido de Dios se entrega al pecado, porque la semilla de Dios permanece en él; tampoco puede pecar, porque ha nacido de Dios" (1 Juan 3:9). Asimismo, se opone a las palabras de Jesucristo: "Doy vida eterna a mis ovejas, y nunca perecerán; nadie puede arrebatarlas de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, es mayor que todos; nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre" (Juan 10:28–29).

IV. Enseñan que quienes creen verdaderamente y han nacido de nuevo pueden cometer el pecado que lleva a la muerte, el pecado contra el Espíritu Santo.

Pues el mismo apóstol Juan, después de mencionar a quienes cometen el pecado que lleva a la muerte y prohibir que se ore por ellos (1 Juan 5:16–17), añade inmediatamente: "Sabemos que todo aquel que ha nacido de Dios no comete pecado" (es decir, esa clase de pecado), "sino que el que ha nacido de Dios se guarda a sí mismo, y el maligno no lo toca" (versículo 18).

V. Enseñan que, sin una revelación especial, nadie puede tener en esta vida la certeza de su perseverancia futura.

Pues mediante esta enseñanza se priva a los verdaderos creyentes de su consuelo bien fundado en esta vida y se reintroduce en la iglesia la duda de los romanistas. Sin embargo, la Sagrada Escritura deriva esta certeza, en muchos lugares, no de una revelación especial y extraordinaria, sino de las señales propias de los hijos de Dios y de las promesas plenamente fiables de Dios. Así lo hace especialmente el apóstol Pablo: "Nada en toda la creación puede separarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús nuestro Señor" (Romanos 8:39); y Juan: "Quienes obedecen sus mandamientos permanecen en él, y él en ellos. Y así sabemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio" (1 Juan 3:24).

VI. Enseñan que la enseñanza de la certeza de la perseverancia y de la salvación es, por su propia naturaleza y carácter, un narcótico para la carne y perjudicial para la piedad, la buena conducta, la oración y los demás ejercicios santos; pero que, por el contrario, dudar de ella es digno de alabanza.

Pues estas personas muestran que no conocen la acción eficaz de la gracia de Dios ni la obra del Espíritu Santo que habita en nosotros, y contradicen al apóstol Juan, quien afirma lo contrario con palabras claras: "Queridos amigos, ahora somos hijos de Dios, pero todavía no se ha dado a conocer lo que seremos. Sin embargo, sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como es. Todo aquel que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, así como él es puro" (1 Juan 3:2–3). Además, son refutados por los ejemplos de los santos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, quienes, aunque tenían certeza de su perseverancia y salvación, eran constantes en la oración y en los demás ejercicios de piedad.

VII. Enseñan que la fe de quienes creen solo temporalmente no difiere de la fe justificadora y salvadora sino únicamente en su duración.

Pues Cristo mismo, en Mateo 13:20 y siguientes y Lucas 8:13 y siguientes, señala claramente estas otras diferencias entre los creyentes temporales y los verdaderos: dice que los primeros reciben la semilla en terreno pedregoso, mientras que los segundos la reciben en buena tierra, es decir, en un buen corazón; los primeros no tienen raíz, mientras que los segundos están firmemente arraigados; los primeros no tienen fruto, mientras que los segundos producen fruto en distinta medida, con constancia o perseverancia.

VIII. Enseñan que no es absurdo que las personas, después de perder su regeneración anterior, nazcan de nuevo otra vez, e incluso muchas veces.

Pues mediante esta enseñanza niegan la naturaleza imperecedera de la semilla de Dios por la cual nacemos de nuevo, en contra del testimonio del apóstol Pedro: "Nacidos de nuevo, no de semilla perecedera, sino imperecedera" (1 Pedro 1:23).

IX. Enseñan que Cristo en ningún lugar oró por una perseverancia infalible de los creyentes en la fe.

Pues contradicen a Cristo mismo cuando dice: "He orado por ti, Pedro, para que tu fe no falle" (Lucas 22:32); y a Juan, el evangelista, cuando da testimonio en Juan 17 de que Cristo oró no solo por los apóstoles, sino también por todos los que habrían de creer mediante su mensaje: "Padre santo, presérvalos en tu nombre" (versículo 11); y "Mi oración no es que los saques del mundo, sino que los preserves del maligno" (versículo 15).

Conclusión

Rechazo de falsas acusaciones

Esta es, pues, la explicación clara, sencilla y directa de la enseñanza ortodoxa acerca de los cinco artículos en disputa en los Países Bajos, así como el rechazo de los errores que desde hace algún tiempo han perturbado a las iglesias neerlandesas. El Sínodo declara que esta explicación y este rechazo se derivan de la Palabra de Dios y concuerdan con las confesiones de las iglesias reformadas. Por tanto, resulta evidente que ciertas personas, de quienes difícilmente cabría esperar tal conducta, no han mostrado verdad, equidad ni caridad alguna al querer hacer creer al público:

  • que la enseñanza de las iglesias reformadas acerca de la predestinación y de los puntos relacionados con ella, por su propia naturaleza y tendencia, aparta la mente de las personas de toda piedad y religión, es un narcótico de la carne y del diablo, y constituye una fortaleza donde Satanás acecha a todos, hiere a la mayoría y atraviesa mortalmente a muchos con las flechas tanto de la desesperación como de la confianza en sí mismos;
  • que esta enseñanza hace de Dios el autor del pecado, un ser injusto, un tirano y un hipócrita; y que no es más que estoicismo, maniqueísmo, libertinismo y turquismo* renovados;
  • que esta enseñanza hace que las personas descansen en una seguridad carnal, pues las persuade de que nada pone en peligro la salvación de los elegidos, sin importar cómo vivan, de modo que pueden cometer los crímenes más atroces con plena confianza; y que, por otra parte, nada sirve a los réprobos para la salvación, aunque hayan realizado verdaderamente todas las obras de los santos;
  • que esta enseñanza significa que Dios predestinó y creó a la mayor parte del mundo para la condenación eterna por la mera elección incondicionada de su voluntad, sin tener en cuenta ni considerar pecado alguno; que, de la misma manera en que la elección es la fuente y causa de la fe y de las buenas obras, la reprobación es la causa de la incredulidad y de la impiedad; que muchos hijos pequeños de creyentes son arrancados en su inocencia del pecho de sus madres y arrojados cruelmente al infierno, de modo que ni la sangre de Cristo, ni su bautismo, ni las oraciones de la iglesia en su bautismo pueden serles de utilidad; y muchísimas otras acusaciones calumniosas de esta clase, que las iglesias reformadas no solo rechazan, sino que también denuncian de todo corazón.

Por tanto, este Sínodo de Dort, en el nombre del Señor, ruega a todos los que invocan devotamente el nombre de nuestro Salvador Jesucristo que formen su juicio acerca de la fe de las iglesias reformadas, no sobre la base de falsas acusaciones recogidas de aquí y de allá, ni siquiera sobre la base de afirmaciones personales de diversas autoridades antiguas y modernas, afirmaciones que también suelen citarse fuera de contexto o de manera incorrecta y tergiversarse para transmitir un sentido diferente, sino sobre la base de las propias confesiones oficiales de las iglesias y de la presente explicación de la enseñanza ortodoxa, aprobada por el consentimiento unánime de todos y cada uno de los miembros del Sínodo.

Además, el Sínodo advierte solemnemente a los propios acusadores que consideren cuán severo es el juicio de Dios que aguarda a quienes dan falso testimonio contra tantas iglesias y sus confesiones, perturban las conciencias de los débiles y procuran predisponer a muchos contra la comunión de los verdaderos creyentes.

Finalmente, este Sínodo exhorta a todos sus compañeros de ministerio en el evangelio de Cristo a tratar esta enseñanza de manera piadosa y reverente, tanto en las instituciones académicas como en las iglesias; a hacerlo, al hablar y al escribir, teniendo en vista la gloria del nombre de Dios, la santidad de vida y el consuelo de las almas angustiadas; a pensar y hablar conforme a la Escritura y según la analogía de la fe; y, finalmente, a abstenerse de todas las formas de expresión que excedan los límites que nos establece el sentido genuino de las Sagradas Escrituras y que puedan dar a sofistas impertinentes una ocasión legítima para burlarse de la enseñanza de las iglesias reformadas o incluso presentar falsas acusaciones contra ella.

Que el Hijo de Dios, Jesucristo, quien está sentado a la derecha de Dios y da dones a la humanidad, nos santifique en la verdad, conduzca a la verdad a quienes yerran, cierre la boca de quienes presentan falsas acusaciones contra la sana enseñanza y dote a los ministros fieles de la Palabra de Dios de un espíritu de sabiduría y discreción, para que todo lo que digan sea para la gloria de Dios y la edificación de sus oyentes. Amén.

*Término histórico utilizado aquí para referirse al islam.

Los Cánones de Dort fueron redactados por el Sínodo de Dordrecht, reunido en los Países Bajos entre noviembre de 1618 y mayo de 1619. El sínodo fue convocado para resolver la controversia surgida a partir de la enseñanza de Jacobo Arminio, profesor de teología en Leiden. Tras su muerte, sus seguidores presentaron en 1610 un documento conocido como la Remonstrancia, en el que proponían, entre otras cosas, una elección basada en la fe prevista, una expiación de alcance universal, una gracia que puede ser resistida y la posibilidad de que los verdaderos creyentes caigan de la gracia.


Además de los delegados de las iglesias neerlandesas, participaron representantes de iglesias reformadas de diversas naciones de Europa, entre ellas Gran Bretaña, el Palatinado y Suiza, lo que dio a sus decisiones un carácter verdaderamente internacional. Los Cánones responden punto por punto a los cinco artículos de la Remonstrancia; por eso el tercer y el cuarto puntos se tratan juntos. Cada punto expone primero la enseñanza bíblica en forma positiva y luego rechaza los errores correspondientes. Con el tiempo, estas enseñanzas llegaron a conocerse popularmente como los “cinco puntos del calvinismo”.


Junto con la Confesión Belga y el Catecismo de Heidelberg, los Cánones forman las Tres Formas de Unidad, los estándares doctrinales de las iglesias reformadas de tradición continental. Aunque nuestra congregación se adhiere a la Confesión de Fe de Westminster, reconoce en los Cánones una expresión fiel de la misma fe reformada, en plena armonía con Westminster en cuanto a las doctrinas de la gracia, y siempre subordinada a la autoridad suprema de la Escritura.


Lejos de ser una especulación fría, los Cánones tienen un tono profundamente pastoral. Enseñan que la doctrina de la elección, rectamente entendida, no produce orgullo ni descuido, sino humildad, gratitud y un consuelo que, en palabras del propio sínodo, “supera toda expresión”, pues la salvación del pecador descansa de principio a fin en la gracia soberana de Dios.